“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)

domingo, 2 de marzo de 2014

Una Teología Bíblica de la Paz

LA PAZ ESTÉ CON USTEDES






El término “paz” (en sus principales formas) aparece unas cien veces en el Nuevo Testamento. A juzgar por el lugar prominente que ocupa en las Escrituras, debe ser un concepto de importancia fundamental para la comprensión del Evangelio.


En su sermón en casa de Cornelio, Pedro señala que el contenido del mensaje de Dios a los hijos de Israel es “el Evangelio de la Paz por medio de Jesucristo”. Lo mismo dice Pablo en Romanos 5:1, “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Y varias veces más Pablo escribe de “las buenas nuevas” o del “Evangelio de Paz” (Ef. 2:17; 6:15; Rom. 10:15). En Efesios 2, señala la creación de una nueva Comunidad de Paz como obra fundamental de Jesucristo.

Las Escrituras nos dicen que Dios es un Dios de paz y que Cristo es Señor de paz. El profeta le llamaba al Mesías esperado el “Príincipe de paz”; el fruto del Espíritu de Dios es paz y vivir en el Espíritu es ... justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Resumiendo:

Dios es Dios de paz
Jesucristo es Señor de paz
Su Espíritu es Espíritu de paz
Su Reino es reinado de paz
Su Evangelio es la buena nueva de la paz
Sus hijos son hacedores de paz (pacificadores)

La paz está en el mismo corazón de la vida que vivimos y del mensaje que proclamos los cristianos. Pero, ¿en qué sentido puede llamarse las buenas nuevas de la obra salvadora de Dios el “Evangelio de Paz” como en efecto Pedro y Pablo lo hacen?

En nuestra búsqueda de una respuesta muy poca ayuda podemos hallar en la tradición de la iglesia de los últimos diecisiete siglos. Al pasar los años y los siglos han entrado tantos elementos extraños a la auténtica vida de la iglesia que nos resulta difícil entender que el Evangelio de Jesucristo en su esencia tiene que ver con la paz. En último caso podría verse como tranquilidad espiritual e interior de personas con tendencia mística, pero ¡no en las relaciones sociales entre hombres y mujeres de carne y hueso en una comunidad humana!

Como consecuencia de su interacción con las culturas que la han rodeado, la vida y el mensaje de la iglesia han tendido a sufrir modificaciones. Por eso, a fin de renovarse en forma auténtica, la iglesia se ve obligada constantemente a volver a sus raíces; tiene que saltar por encima des las deformaciones acumuladas, cuestionar tradiciones y volver a sus raíces en Jesucristo. Precisamente algunas de estas deformaciones más notables son las que se dan en torno al concepto de paz que tuvieron Jesús y sus discípulos en el Nuevo Testamento.



¿Qué significa paz en el sentido bíblico? El diccionario de la lengua española no nos ayuda. Sus deficiones son las tradicionales. Debe recordarse que Jesús y sus discípulos eran judíos del primer siglo. Aunque vivieron en una colonia oprimida bajo el Imperio Romano y aunque escribieron los Evangelios y las Epístolas en griego, eran hebreos en su forma de ser y pensar. Se hallaban dentro de la mejor tradición profética hebrea (Mt. 5:12).

De modo que cuando Jesús y Pedro y Pablo hablan de paz y de las buenas nuevas como Evangelio de la Paz, lo hacían en el sentido hebreo de “shalom” (que es el término hebreo que significa paz). El concepto de “shalom” era fundamental para el pueblo hebreo. Es un término de significado amplio. Quiere decir principalmente bienestar integral o salud plena en el sentido más amplio, material al igual que espiritual. Tiene que ver con una condición de bienestar que resulta de relaciones auténticamente sanas, tanto en las personas como con Dios.

Según los profetas, reinaba la paz en Israel cuando había justicia, bienestar común, igualdad de trato y de salud, de acuerdo con el orden establecido por Dios en el pacto que había hecho con su pueblo. “Shalom” es convivir según la intención de Dios expresado en su pacto. Por otra parte, cuando había desigualdad de oportunidades, injusticias, opresión, tanto social como económico, no había “shalom”.

Un ejemplo de esto lo vemos en la forma en que el profeta Jeremías se quejaba de los profetas falsos de su tiempo que, debido a la ausencia por el momento de conflicto armado, anunciaban por todas partes “paz, paz”. Pero, por su parte, Jeremías respondía “no hay paz” (Jer. 6:14). En el mismo contexto encontramos la razón detrás de la denuncia de Jeremías. “Como jaula llena de pájaros, así están sus casas llenas de engaño; así se hicieron grandes y ricos. Se engordaron y se pusieron lustrosos, y sobrepasaron los hechos del malo; no juzgaron la causa, la causa del huérfano; con todo se hicieron prósperos, y la causa de los pobres no juzgaron” (Jer. 5:27,28).

De manera que para los hebreos, paz no era meramente la ausencia de conflicto armado, sino la presencia de condiciones que conducen al bienestar de un pueblo en todas sus relaciones sociales y espirituales. No es meramente tranquilidad de espíritu o serenidad de mente, o paz en el alma, sino que tiene que ver con relaciones armoniosas entre Dios y Su pueblo y relaciones de justicia y concordia entre los miembros del pueblo. El “shalom” resultaba cuando se vivía según la intención de Dios para su pueblo, según su ley, justa, buena, santa.

De hecho las palabras paz, justicia y salvación con prácticamente sinónimas para el bienestar que resulta cuando los humanos viven en la armonía creada por relaciones rectas y justas. Y esta paz es nada menos que el don de Dios a su pueblo. Y sobre todo, “shalom” describe el reino mesiánico que Cristo vendría a inaugurar. El profeta Isaías decía:
“Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas,
del que anuncia la paz,
del que trae nuevas del bien,
del que publica salvación,
del que dice a Sión: ‘¡Tu Dios reina!’” (Is. 52:7)
(Son notables las cinco líneas paralelas que son prácticamente sinónimas en su significado).

Este es el sentido (shalom) en que Jesús, Pedro y Pablo usaban el vocablo “paz”. Cuando Jesús dijo a sus discípulos: “Mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da” (Jn. 14:27), anunciaba la vida de profundo bienestar y salvación en el “shalom” de la nueva comunidad del Espíritu. No se trata de algo interior que fortalece aunque por fuera haya conflicto, aunque esto también sería cierto. El miedo (v. 27) les puede sobrevenir como consecuencia de tener que seguir viviendo de acuerdo con estos valores sin contar con la presencia física del Mesías. El Espíritu Santo hace posible vivir de acuerdo con el nuevo pacto de Dios en justicia, comprensión, igualdad, amor y paz. Se trata de “shalom” que es un fruto que el Espíritu da, no principalmente ni meramente a individuos solos, sino a todos los miembros del cuerpo de Cristo, a fin de hacer posible una vida comunitaria más profunda, más auténtica, más de acuerdo con la intención de Dios.

Este concepto global de paz no hace inválido el hecho de la paz personal que proporciona confianza y seguridad interior a los individuos, pero sí, subraya el hecho de que la paz es mucho más que esto. Un auténtico “shalom” coloca al individuo dentro de la nueva comunidad del Espíritu donde se da todo el fruto del Espíritu, donde se ejercen los dones del Espíritu, y donde se experimenta la salvación que el Espíritu hace posible.



A este concepto hebreo de paz se agregan otros significados realmente paganos en su origen.

A. Griego: “Eirene”
La vitalidad de la iglesia primitiva la llevó al mundo greco-romano con su proclamación del Evangelio de Paz. Por su parte, los griegos tenían su propio término, “eirene”. Pero lo notable es que su significado era bastante distinto del “shalom” hebreo de Jesús y los apóstoles. Paz, para los griegos era un estado o una condición estática, más bien que el sentido dinámico de relaciones interpersonales tan característico del “shalom”. Podría significar un estado de descanso o la ausencia de conflicto. Para los estoicos principalmente significaba una condición mental y espiritual de armonía y orden interior. Se manifestaba en actitudes y sentimientos pacíficos y tranquilos, de recogimiento interior.
A pesar de representar un énfasis bastante extraño al pensamiento hebreo y bíblico, pronto notamos algunos de estos conceptos junto con sus prácticas correspondientes haciendo entrada en la iglesia. Ascetas y ermitaños cristianos se retiran a solas del bullicio mundano buscando recogimiento y armonía interior. Algunos de estos conceptos (tranquilidad interior, etc.) que son más griegos y paganos que hebreos han perdurado hasta nuestros tiempos en ciertas clases de espiritualidad.

B. Romano: “Pax”
La Pax romana era renombrada en el mundo antiguo y consistía en la ausencia de conflictos armados, siendo asegurada por la presencia del poderío militar romano. En realidad el centurión a quien Pedro se dirigía sus palabras en Hechos 10:36 era un “pacificador” según el modelo romano, oficial del ejército de ocupación, encargado de la seguridad y el orden a fin de que las riquezas de las colonias pudieran llegar a Roma. Esta paz consistía en el mantenimiento de la “ley y orden” en el imperio. Poetas romanos se referían a la época como la “edad de oro”. Pero entre las naciones subyugadas no era exactamente eso, pues la Pax romana estaba construída sobre la represión de todos los enemigos del Imperio. Eran oprimidos y exprimidos y sus recursos colocados al servicio de Roma. Fue a partir del emperador Constantino cuando esta forma de imponer la paz, tan contraria al espíritu de Jesús y al significado de “shalom” comenzó a recibir la bendición de la iglesia. Eusebio se convierte en su apologista.

Otro aporte romano al concepto de paz en la iglesia ha resultado de su tendencia a concebir la relación entre Dios y los humanos en términos forenses o jurídicos y legales, según la mentalidad romana. Con el paso de los siglos, sus conceptos de pecado como transgresión de la ley divina y de perdón en términos de castigo, satisfacción y declaración de absolución forense, contribuyeron al sistema penitencial romano. Luego el sistema sacramental de la iglesia (contrición, confesión, satisfacción, absolución) estaba diseñado para lograr “paz con Dios” de parte del pecador penitente en quien se ha creado una conciencia atribulada.

Luego en la Reforma protestante, aunque Martín Lutero reaccionó contra el legalismo en el sistema penitencial de la Iglesia Romana, él también luchaba dentro de sí mismo para encontrar seguridad de perdón (era monje agustino). En esta situación encontró consuelo en el texto paulino “justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1).

Pero esta “paz con Dios” ha tendido a comprenderse principalmente en términos de la seguridad interior que el individuo halla bajo el indulto de un Dios misericordioso. Este aspecto es importante pero no agota en ninguna manera el sentido bíblico de “paz”.

El concepto global de “shalom” no hace inválida la idea de una paz personal que le da a uno confianza y seguridad interior de reconciliación con Dios. Pero subraya el hecho de que la paz bíblica es mucho, muchísimo, más que esto. Tiene que ver con una nueva relación con Dios y también con nuestros semejantes en el contexto de la comunidad del Espíritu.

Por la gracia de Dios se abra la posiblidad de una comunidad de paz y justicia basada en el amor e inspirada por el Espíritu de Dios, en lugar de ser un mera agrupación de individuos guiados por intereses propios y preocupaciones egoístas y relaciones un tanto legalistas o jurídicas. Desgraciadamente, la dimensión comunitaria, social y espiritual de la “paz de Dios” se les escapa a muchos cristianos que conciben la “paz” en una forma casi netamente individualista e interiorizada. Debido a las distorciones y deformaciones griegas y romanas ocurridas en la tradición de la iglesia, no nos damos cuenta de la naturaleza fundamentalmente social y comunitaria del “Evangelio de paz”, e imaginamos que podemos tener paz con Dios aunque estemos en guerra con el semejante, porque lo uno es cuestión del alma y lo otro es exterior. Pero desde la perspectiva bíblica este dualismo no es aceptable. En la visión bíblica ser humano es lo que hace, y obra de acuerdo con lo que es.

La Biblia no contiene una teología intelectualmente elaborada de la paz, o de la justicia o de la salvación. Contiene, más bien, descripciones de vivencias de la paz, o exhortaciones a su vivencia cuando, por la infidelidad del pueblo, la visión cayó en el olvido. La teología es reflexión en torno a la actividad salvadora de Dios en su medio a fin de poder dar expresión a esas vivencias y comunicarlas en su testimonio misional. No se concibe de la paz sin experiencias reales de shalom. No se concibe de la justicia aunque reinen condiciones de obvia injusticia. No se concibe de una salvación auténtica sin su vivencia correspondiente.

A. Formas que Toma la Paz en la Comunidad Mesiánica Neotestamentaria

1) La comunidad cuyas vivencias hallamos en las páginas del Nuevo Testamento era una auténtica alternativa social al igual que espiritual. Efesios 2:13-19 describe algunos elementos que caracterizan esta nueva comunidad de la paz de Dios. Estar “en Cristo” (13) no es tanto una mera experiencia espiritual interior y mística, como una participación concreta en la nueva humanidad creada por Dios en Jesucristo.

El Evangelio de la paz abre la posibilidad de una nueva relación con Dios que se convierte en realidad en la medida en que vivamos en una nueva relación con nuestros semejantes. En esta comunidad las diferencias y las barreras que separan a los humanos son superadas: nacionalismos (eso de “todo por la patria” es una idolatría), racismos, prejuicios basados en diferencia de sexo, espíritu de competitividad social y económica, diferencias culturales, religiosas y sociales que contribuyen a actitudes de superioridad de parte de unos y de inferioridad de parte de otros.

Estar “en Cristo” ofrece la posibilidad viva de realizar la comunión entre personas muy diversas, humanamente hablando. Se trata de vida compartida en todos los niveles de convivencia humana: social, espiritual, económica, etc. El Evangelio de la paz derrumbó la barrera más formidable de la antiguedad: la muralla que separaba a judíos y gentiles.

Según el Nuevo Testamento, en esta comunidad de paz los enemigos son reconciliados de tal forma que la violencia queda fuera de lugar en las relaciones interpersonales; personas de diferentes razas y nacionalidades se convierten en hermanos/as, en una confraternidad que no es meramente mística e invisible, sino que toma formas sociales concretas; los pobres son socorridos, los enfermos son sanados, pecadores rebeldes son reconciliados con Dios y con sus semejantes, etc. En fin, la función del Evangelio de la paz en Jesucristo consiste en restaurar esa comunidad de amor y paz y justicia que responde a la intención de Dios para la humanidad. En realidad se trata de la vida del reino de Dios que Jesús vino a inaugurar y que, en el poder de su Espíritu Santo, comenzamos ya aquí a vivir.

2) Otro ejemplo de los alcances del Evangelio de la paz lo encontramos en la formación de la comunidad primitiva en Jerusalén. A raíz de la obra del Espíritu en Pentecostés la iglesia naciente tomó forma de “koinonía”, o vida compartida (cf. 1 Jn. 1:1-4, “comunión”). Donde el Evangelio de la paz es oído y obedecido el Espíritu Santo crea un nuevo sentido de comunidad caracterizado por una profunda preocupación mutua y una apertura de unos para con otros. De esta comunidad leemos en Hechos 4:32: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”. Aquí se descubren dos espíritus muy distintos que están en conflicto:

a) Uno es el espíritu egoísta (“suyo propio”). Se enfatiza lo que es de uno mismo; lo “propio”; el individualismo; los intereses propios; predomina el concepto de lo privado. Esta orientación concentrada en lo propio, en propiedad, es fundamentalmente idólatra (Ef. 5:5, “avaro, que es idólatra”), pues se coloca a uno mismo, el ”yo”, en el centro, como elemento de mayor importancia. Este espíritu fue rechazado por la comunidad de Jerusalén.
En realidad las sociedades modernas generalmente se basan en este principio bajo alguna forma de contrato social que regula la competitividad egoísta y los intereses propios en un equilibrio de poderes. El concepto de la “propiedad privada” es ajeno al espíritu de “shalom”. Pero lo trágico, no es tanto que las sociedades democráticas seculares se rigen por este principio, sino que la iglesia de Jesucristo muchas veces se organiza bajo estos principios democráticos de equilibrio de poderes y mutuo respeto de derechos. Este es el concepto romano de paz mas bien que el “shalom” que proclamó Jesús y los apóstoles.

b) El otro espíritu, y éste es el que caracterizaba a la iglesia de Jerusalén, es el espíritu de comunión; de vida en común; de comunidad. Predomina la disposición a compartir generosamente para el bien común en todo nivel de la vida. Es en esta comunidad de paz donde el individuo halla una realización más plena.

En esta comunidad son librados de la tentación a la idolatría, pues Dios está en el centro de las relaciones humanas y la vida se comparte por el poder de su Espíritu. Bajo la dirección del Espíritu Santo, la congregación empezó a poner en práctica en su medio las condiciones del “año del jubileo”, o “de remisión”, el año de nuevos comienzos que Jesús mismo había pregonado al comenzar su ministerio. “El Espíritu del Señor está sobre mí … me ha ungido … para predicar el año agradable del Señor” (Lc. 4:18). Según el jubileo, la tierra y su plenitud son de Dios y por lo tanto sus recursos han de utilizarse según las necesidades y para el bienestar de su pueblo. A fin de corregir injusticias que surgían con el paso de los años se debía declarar periódicamente el “año de remisión” en que las deudas eran perdonadas, los esclavos eran liberados, los patrimonios familiares que se habían perdido por apremio económico eran devueltos. La iglesia de Jerusalén, en su deseo de realizar en forma concreta el Evangelio de la paz anunciado por Jesús, fue llevada por el Espíritu Santo a renovar en su medio las provisiones del “año de remisión”, a fin de dar expresión a la comunión que experimentaban. Y como los escritos de Pablo nos indican, este espíritu de compartir continuó en la iglesias primitivas (2 Cor. 8:13,14).

No será necesario organizar la iglesia del siglo XXI en todas partes según el plano exacto de la comunidad de Jerusalén. Pero sí, debemos tomar con toda seriedad el espíritu y la forma fundamentalmente comunitarios que surgen del “shalom” de Dios que Jesús proclamó. Debemos escoger entre comunión y egoísmo como principios de vida.

3) Finalmente debemos recordar que, en cuanto somos los hijos de Dios, seremos hacedores de la paz (pacificadores, Mt. 5:9). Nos asemejaremos a Dios en la medida en que vivamos y obremos para que la paz prevalezca entre los seres humanos. Los hijos de Dios, a fin de cuentas, son los que se parecen a Dios en su actuar.
Como pacificadores estamos llamados a solidarizarnos con los pobres y los oprimidos; a obrar por la sanidad de los enfermos y los afligidos; a dar de comer a los hambrientos; a cuidar de los rechazados y de los solitarios en la sociedad; a proclamar un mensaje de libertad y paz a los esclavizados, rogándoles en nombre de Cristo que sean reconciliados entre sí, y con Dios.

La persona que ha sido alcanzada por el Evangelio de la paz y transformada por el poder del Espíritu de Dios difícilmente puede admitir que se practique con conciencia limpia el egoísmo, la competitividad desenfrenada, la ambición desorbitada, el deseo de renombre, la acumulación egoísta de bienes, la violencia, los prejuicios raciales y étnicos, la discriminación, la injusticia, y la falta de piedad sincera y auténtica. ¡Y menos todavía puede hacerlo en nombre de la fe!

El cristiano que es motivado por el Espíritu de su Señor no practica esta forma de vida aunque la gran mayoría de la sociedad secular lo haga. El pacificador, en el estilo de Jesús, no se deja colocar en el molde del mundo. Es realmente notable que en el primer siglo de la era cristiana el término “pacificador”, tal como aparece en Mateo 5:9, designaba a dos clases de personas muy distintas. El término aparecía en las monedas del Imperio Romano designando al emperador. Y según este uso, significaba su actividad, y hasta la fuerza violenta, que se creía necesaria para asegurar la continuidad del Imperio. (“Si quieres la paz, prepara la guerra”, es la expresión tradicional que refleja esta actitud.)

Por otra parte, Jesús dio esta designación a sus seguidores, a aquellos que, en su servicio compasivo y sacrificial hacia sus semejantes, y aún hacia sus enemigos, comunican el amor de Dios; a aquellos que son agentes del reinado de Dios en el mundo. La actividad de éstos es determinada, no por lo que hace el emperador, sino por la forma de ser y actuar de su Señor, Jesús de Nazaret, el Mesías, Príncipe de Paz.

Jesús ha de ser la norma para determinar nuestro estilo de vida. Su camino de paz y justicia determina la forma de nuestra presencia, proclama y actuar en el mundo. Jesús nos invita a entrar y a participar en su nueva Comunidad de Paz, renovados en el poder de su Espíritu, y a vivir la paz anticipando la venida de su reino de paz en toda su plenitud.


En Jesús el Mesías, se cumple la visión profética del shalom mesiánico, la paz esperada en el Antiguo Testamento. Por eso el mensaje de Dios por medio de Jesucristo se llama “El Evangelio de Paz” (Hech. 10:36).
Así, desde la caída cuando comenzó a reinar la rebeldía y la desobediencia hacia Dios y la violencia hacia los semejantes, ha sido la intención de Dios reconciliar a los seres humanos consigo mismo y entre sí. Pero no hay fuerza ni poder humanos ni divinos capaces de “imponer” una reconciliación, ni con Dios ni entre los humanos, ya que la reconciliación tiene que ser libre y voluntaria. Pero en esto Dios ha tomado la iniciativa dando su vida por nosotros y ofreciendo una demostración costosa de su amor en la cruz, aún cuando éramos sus enemigos (2 Cor. 5:17-21; 1 Jn. 3:16; 4:9-10). La cruz de Cristo es la estrategia de Dios para responder a sus enemigos, venciéndoles con el amor.

En la cruz Dios nos ofrece 1) su perdón, 2) la posibilidad de una nueva relación con él de amor y obediencia, y 3) la posibilidad de relaciones reconciliadas con nuestros adversarios. Generalmente se han reconocido los primeros dos resultados de la cruz: el perdón y la reconciliación con Dios. Pero el tercero, la posibilidad de relaciones reconciliadas con nuestros enemigos, se le ha escapado a la mayor parte de la cristiandad.

El ejemplo más claro de esta paz es la reconciliación que se produjo entre judíos y gentiles en el primer siglo por medio de Jesús (Ef. 2:13-15). La muerte de Jesús era para todos igualmente, eliminando así las enemistades con Dios y entre ellos, y creando una comunidad de paz. De modo que, por medio de la cruz, Cristo reconcilió a los que eran enemigos superando así la hostilidad más notable del mundo antiguo. Así que esta paz es parte integral del Evangelio. Es una buena noticia saber que la guerra contra Dios, al igual que la guerra contra nuestros enemigos, ha terminado y que ahora puede haber paz. Pero también la cruz de Cristo ha sido el modelo para otras áreas de conflicto que nos afectan hasta el día de hoy. La cruz de Cristo elimina, en principio, (y también en realidad si se lo permitimos) todas las barreras entre los sexos, las clases sociales, económicas, políticas y raciales entre los pueblos.

En la cruz de Cristo, Dios nos dice que ama a sus enemigos hasta el punto de sufrir y sacrificar su vida a favor de ellos. Y ahora nos invita a nosotros a imitar a su Hijo en la cruz con la misma clase de amor sacrificial hacia otros en todos los niveles de nuestra vida: familia, iglesia, trabajo, relaciones públicas, etc. En este mundo violento y egoísta se nos invita a creer que en Cristo una nueva era ha comenzado y que podemos imitarle a Jesús en su amor desinteresado. Para Dios todo es posible. Y todo es posible para los que creemos en verdad que el Mesías de Dios ha venido. La era mesiánica ha llegado en Cristo. La resurrección y Pentecostés son pruebas de ello. En el poder del Espíritu es posible vivir el camino de la cruz. Precisamente en este mundo caído y en todas las áreas de nuestra vida seguimos a Cristo en el camino costoso de la paz y la no-violencia, sabiendo que tendremos que sacrificar nuestros egoísmos y nuestras violencias y que bien puede costar nuestra vida por amor al enemigo. Pero estamos convencidos de que la única forma de ser hijos auténticos de Dios es ser pacificadores, tal como El lo es.

Aunque esta visión del significado de la muerte de Cristo goza de autoridad neotestamentaria, y aunque contribuyó poderosamente a la auto comprensión de la iglesia primitiva, en el transcurso de la historia de la iglesia ha caído en desuso. Tan es así que esta visión parece ser una innovación para la mayoría de los cristianos ortodoxos, tanto Católicos como Protestantes, en nuestros tiempos. Pero no es difícil adivinar la razón por el extraño silencio de esta visión del significado de la cruz de Cristo en la iglesia de los últimos diecisiete siglos.

Desde el siglo IV, se ha venido pensando que la violencia es justificable, y aún necesaria en la Iglesia. Agustín hablaba por muchos de su época, y hasta el día de hoy, cuando dijo que la paz, tal como Jesús lo hizo a costa de su propia vida, no era una posibilidad realista para los cristianos de su tiempo. Por lo tanto esta manera de comprender la muerte de Jesús que cuestiona tan frontalmente las prácticas violentas de los cristianos estaba destinada a caer en el abandono. Otras imágenes para comprender la cruz fueron enfatizadas, e incluso en algunos casos deformadas, de modo que la muerte de Jesús podía ser comprendida en forma totalmente “ortodoxa” sin cuestionar radicalmente las enemistades que separaban a la humanidad y las violencias con que esta situación de alienación humana se ha perpetuado.

En cambio, la muerte de Jesús (al igual que su vida) fue un poderoso componente de la visión que condujo a la Iglesia apostólica a rechazar la violencia en las relaciones humanas y aún a responder a sus enemigos con un amor semejante al amor de Dios, encarnado en Jesús. Y desde entonces y dondequiera que cristianos se han dispuesto a seguir a Cristo radicalmente, la muerte de Jesús les ha servido como inspiración y fundamento para su no-violencia hacia sus enemigos.

A la luz de esta visión bíblica de la paz, ¿qué podemos decir  para nuestros tiempos?

Vislumbrar una salvación comunitaria, o social (relacional), más que meramente interior e individualista, es tal vez la base para conseguir la paz. Salvación Personal, sí; Individualizante, no.

El bautismo es fundamentalmente un compromiso asumido ante la comunidad creyente. Y en esto se basaba su vida de fidelidad en el seguimiento de Jesucristo. Es señal exterior de una transformación y compromiso interior. Su “obediencia de fe” incluye, no solo el testimonio interior del Espíritu, sino también un testimonio exterior y un compromiso a una vida nueva en comunidad, conjuntamente con otros que habían hecho los mismos votos.

La iglesia por definición es esa comunidad que nace del bautismo. ¿Y cómo es esa iglesia que surge del bautismo, tal como éste se entiende en el Nuevo Testamento? “La Iglesia tiene que ser en el mundo y en la sociedad la comunidad de los que libre y conscientemente han asumido un destino en la vida: el sufrir y morir por los demás. O sea, la Iglesia es la comunidad de los que existen para los demás. Y es también la comunidad de los que se han revestido de Cristo, es decir, de los que reproducen en su vida lo que fue la vida de Jesús, el Mesías. Y además la comunidad de hombres y mujeres a quienes guía y lleva el Espíritu. Finalmente, es la comunidad de la libertad liberadora.”

A lo largo de la historia de la iglesia, las palabras “esto es mi cuerpo” han despertado intensas y amargas discusiones entre cristianos de las diversas tradiciones. Generalmente, estos debates han girado en torno a cuestiones metafísicas en relación con la manera de entender la presencia de Cristo en el pan y el vino. Tanto Protestantes como Católicos han entrado en estos debates bajo estas condiciones. Unos han concentrado en las definiciones doctrinales correctas y los otros han enfatizado el carácter sacramental de los símbolos como medios de gracia. 

Hubmaier decía que la Cena del Señor es “una señal pública y un testimonio del amor, con el cual un hermano se brinda a otro ante la iglesia. Tal como en este momento parten el pan y comen juntos, y reparten la copa, así también cada uno ofrecerá su cuerpo y sangre para el otro. Confiando en el poder de nuestro Señor Jesucristo, recuerdan sus sufrimientos cuando parten el pan y reparten la copa y la Cena, y conmemoran su muerte hasta que él venga. Esta es la bondadosa obligación de la Cena del Señor que cada cristiano cumple hacia el otro, para que cada hermano puede saber que bien puede esperar del otro.”

De la manera en que el bautismo  da testimonio que uno toma con seriedad el mandato a amar a Dios por encima de todas las cosas y que uno ha muerto para si mismo y resucitado a novedad de vida en Cristo, así también la cena da testimonio que uno toma en serio su compromiso a amar a su prójimo como a si mismo. 


Concluimos con palabras de Juan Mateos, reconocido teólogo católico español. “Jesús no propone ideologías. … A lo que él se pone es a formar un grupo donde ese ideal se viva. Mientras no existan comunidades así, no hay salvación, el objetivo de Jesús está anulado y su doctrina y ejemplo se convierten en una ideología más. Por supuesto, para fundar esas comunidades no se puede usar la violencia, si el ser persona libre es esencial al grupo, la adhesión tiene que darse por convicción propia. … De allí el empeño que deben poner los que creen en Jesús por formar comunidades que vivan plenamente el mensaje.


Ponencia del Hno Juan Driver (Anabaptista) en el Encuentro de Iglesias Históricas de Paz en Santo Domingo, República Dominicana (del 27 noviembre al 2 de diciembre del 2010)


lunes, 3 de febrero de 2014

Vestido y en su sano juicio.

CUARTA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO 2014

Lectura del segundo libro de Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13a
Salmo responsorial Sal 3, 2-3, 4-5. 6-7
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 5, 1-20


Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los 
cerdos. 
Ellos le rogaban que se marchase de su país. 


La vida tiene cosas curiosas.
Y los hombres somos desconcertantes.
Un hombre que sufre de malos espíritus no preocupa demasiado.
Pero unos cerdos que se ahogan en el Lago, esos sí son importantes.
Ya está bien que los cerdos sean más importantes que las personas.
Que un hombre esté poseído y haya perdido el juicio, carece de interés.
Pero que unos cerdos se ahoguen eso sí es una tragedia.

Para estos gerasenos los cerdos eran más importantes que el hombre que sufre.
Para estos gerasenos los cerdos eran más importantes que el mismo Jesús.
Llegan a tal punto que terminan “rogándole que se marchase de aquel país”.
Con Jesús sanando enfermos corrían el riesgo de quedarse sin cerdos.
Que hubiese enfermos eso que cada cual se las vea, aunque tenga que vivir en los cementerios.
Pero quedarse sin cerdos es toda una tragedia.

En su pueblo quisieron desbarrancarlo monte abajo.
En Gerasa no son tan brutos, pero delicadamente le piden que se “marche del país”.
Su presencia resulta no liberadora sino peligrosa.
Su presencia en su pueblo es un estorbo porque se niegan a aceptarle como profeta.
Su presencia en Gerasa es un peligro para los cerdos.

Señor: es cierto que tu presencia, muchas veces nos complica la vida. Pero prefiero que nos compliques la vida a que nos dejes por imposibles. Echa al lago todos los malos espíritus que llevamos dentro, pero a nosotros sánanos.

Sananos Señor porque ya no nos entienden; porque asi ya no nos entendemos.

Sananos porque el Endemoniado de Gerasa ya no es mas aquel a quien podiamos señalar con el dedo.

(o tal vez sananos -y sanalos- porque ya no queremos ser más como el Endemoniado de Gerasa y queremos al fin ser libres de tantas ataduras, etiquetas y señalamientos digitales)

Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, 
vestido y en su juicio. 
Se quedaron espantados. 

Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los 
cerdos. 
Ellos le rogaban que se marchase de su país. 

Ellos le rogaban que se marchara de su país. Así de simple. Algo estaba cambiando. Alguien estaba cambiando. Alguien había cambiado ..... y eso les daba miedo.

Lo que les chocó fue verle sentado. Lo que les chocó fue verle vestido. Lo que les chocó fue verle en su sano juicio ........ porque ANTES eran "ellos" los que estaban en su sano juicio. Y de echo lo que les habia mantenido en sus cabales era que habia una persona que no lo estaba. 

Probablemente los habitantes de Gerasa no tienen idea de por que tienen miedo.  Sea lo que fuera aquella fuerza extraña que ha sacado al endemoniado de las reglas de juego que les permite sobrevivir, se trata de una fuerza muy amenazante, y así lo sienten. De modo que le piden a Jesus que se vaya.

De modo que Jesus se va ... pero deja plantada una semilla.

Mientras se embarcaba, el endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía. 
Pero no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que 
el Señor ha hecho contigo por su misericordia. 
El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había 
hecho con él; todos se admiraban. 

Contrario a todas las peticiones al mismisimo Jesus por parte de seguidores y discipulos (Ven y Sigueme) , ésta vez Jesus le pide al ex-endemoniado que se quede con los suyos y comparta su historia. Tarea mucho más audaz.

"Vete a tu casa con los tuyos" ¡ Su casa! ¡ Los suyos ! Son realidades tan extrañas para el ex-endemoniado.

La lógica del razonamiento no parece ser "Es mejor que un hombre sea expulsado para que no se perturbe la nacion entera " . Por el contrario, lo que sostiene parece ser · Es mejor que un hombre sea humanizado y que la nacion entera aprenda a vivir de forma humanizada ". 

Muchos (gays) hemos sido tratados por diversos grupos cristianos como si estuviéramos con un espíritu inmundo. En la forma de exorcismos, para echar ‘el espíritu de la homosexualidad’, muchos hemos conocido de primera mano lo que es encontrarse supino a la aniquilación del ser que ha producido para nosotros todo el lenguaje sobre lo demoníaco.

Nosotros tenemos que aprender a distinguir entre la lógica de la Gracia y la lógica de la expulsión., revestidas ambas de las mismas palabras.

Poco a poco debemos darnos cuenta de esa violencia en la que estamos metidos; en la que estuvimos metidos, y ser capaces de descubrir la Gracia que nos rodea.

En este discurso sobre lo demoníaco hay, en primer lugar, una lógica según la cual Dios, el don del ser y el don de pertenecer dependen enteramente del grupo de los “buenos”, quienes “saben” lo que es cierto.


“Si fue posible para el endemoniado de Gerasa entrar en su recto juicio; si nosotros, como gente gay, estamos a pesar de todos los pesares a la puerta de poder hablar entre amigos, en casa, en nuestro cabal juicio, es porque el endemoniado ha sido de verdad, y por fin genuinamente, poseído por el Espíritu”.

Con los primeros balbuceos del sano juicio ya podremos seguir al Señor entre los nuestros sin violencias ni busqueda de falsas imagenes propias.

 Levántate, Señor, sálvame. 
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos 
dicen de mí: Ya no lo protege Dios.
Pero tú, Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. 
Si grito, invocando al Señor, él me escucha desde su monte santo. 
Puedo acostarme y dormir y despertar: el Señor me sostiene. 
No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor, sálvame. 

Fuente: Juan Jauregui :  Un Dios Bombero  
            James Alison:   Una fe más allá del resentimiento 


sábado, 18 de enero de 2014

Recuperar lo humano, revisar lo histórico, redescubrir lo evangélico.

El bioético jesuita responde al cuestionario papal sobre la familia

Juan Masiá: "Recuperar lo humano, revisar lo histórico, redescubrir lo evangélico"

"Hay que revisar y corregir la manera estrecha de entender la llamada ley natural"


(Juan Masiá).- En vez de responder directamente a las preguntas enviadas por el secretariado del Sínodo (que parecen formuladas para inducir y condicionar la respuesta), es preferible expresar para conocimiento de los obispos sinodales una opinión sobre cada uno de los nueve temas indicados en el título de cada bloque de preguntas. En el marco de una reunión con profesionales y matrimonios católicos que asisten a cursos de formación permanente en teología, redacto mi propia opinión incorporando las aportaciones recibidas por los participantes.

1. Sobre Biblia y magisterio eclesiástico acerca de la familia.
En vez de preguntar si se difunden y cómo se aceptan las enseñanzas de la Iglesia sobre matrimonio, familia y sexualidad, hay que plantear la revisión radical del modo de leer, interpretar y aplicar los textos bíblicos, tal como se los usa en Humanae vitae de Pablo VI, en Familiaris consortio de Juan Pablo II y en el Catecismo de 1992.
2. Sobre matrimonio y ley natural.
En vez de preguntar por el matrimonio según la ley natural, hay que revisar y corregir la manera estrecha de entender la llamada ley natural y la pretension de que la Iglesia se arrogue el monopolio de su interpretación. Es necesario clarificar el modo de entender la enseñanza de la Iglesia en el campo moral. Se refiere más a una enseñanza parenética o exhortativa, que pretende ayudar  a las personas a evitar el mal y hacer el bien. El papel de la Iglesia, como explicaba el cardenal Martini, no es el de multiplicar definiciones y condenaciones, sino el de ayudar a las personas a vivir más humanamente y con esperanza. La confusión entre estas exhortaciones y la doctrina moral es dañosa, porque provoca el malentendido de considerar herético lo que es meramente un disentir responsable con relación a una determinada recomendación que no tiene por qué ser considerada como una afirmación doctrinal.
3. Sobre pastoral familiar y evangelización.
*No es sólo cuestión de flexibilizar la práctica pastoral sin tocar la enseñanza sobre la supuesta "doctrina" de la Iglesia. De hecho, hace décadas que muchas personas creyentes y obispos y sacerdotes que están en el seno de la iglesia se sienten con toda libertad para disentir de las exageraciones de la llamada "doctrina de la Iglesia". Pero esta no cambia abierta y oficialmente y hay una brecha abierta de separación entre esta práctica pastoral evangélica y las posturas oficales de la Iglesia, con las que pierde credibilidad dentro y fuera de ella. Por ejemplo, hay creyentes que piensan que usar un preservativo está prohibido, y hay no creyentes que piensan que el uso del preservativo está condenado. Pero en el consultorio y en clase de teología moral decimos claramente, con frase del Cardenal Martini, que "ni le corresponde a la iglesia condenarlo ni es su misión recomendarlo". Sin embargo las jerarquías eclesiásticas no se han atrevido a decir esto y por eso han perdido tanta credibilidad durante los tres últimos pontificados.
*Tanto en la práctica de la pastoral familiar como en los documentos y exhortaciones de la Iglesia sobre matrimonio y familia hay que corregir tres fallos graves :
1) Hay que evitar la falta de distinción entre las enseñanzas principales (que son pocas y muy básicas, p. e., la paternidad responsable) y las cuestiones secundarias y discutibles (que pueden ser muy variadas, p.e., las recomendaciones que hicieron los Papas Pablo VI y Juan Pablo II acerca de los anticonceptivos.
2) Hay que evitar que se junte el olvido de las enseñanzas principales con el empeño en convertir en señal de identidad católica el asentimiento ciego a esas otras recomendaciones secundarias.
3) Hay que evitar que personas creyentes poco formadas como adultas en su fe crean equivocadamente que no se puede disentir de la iglesia en estas cuestiones secundarias y confundan la discrepancia razonable y responsable con la disidencia e infidelidad (Por ejemplo, disentir de la Humanae vitae no es cuestión de pecado, ni de obediencia, ni de fe. Esto hay que enseñarlo claramente y no sólo decirlo en voz baja en el consultorio o en el confesionario).
4. Sobre la actitud pastoral ante las situaciones difíciles de parejas y matrimonios.
*Hay que revisar el criterio acerca de las relaciones sexuales fuera del marco jurídicamenrte formalizado como matrimonio. Una buena referencia es el triple criterio propuesto por el episcopado japonés en su Carta sobre la Vida (1983): Criterio de fidelidad consigo mismo: ¿Cómo actuar en el terreno de la sexualidad y el amor, de modo que se respete uno a sí mismo? Criterio de sinceridad y autenticidad para con la pareja: ¿Cómo actuar en el terreno de la sexualidad y el amor de modo que se respete a la pareja? Criterio de responsabilidad social. ¿Cómo actuar de modo que se tome en serio la responsabilidad para con la vida que nace como fruto del amor?
*Hay que revisar la opinión expresada en los documentos oficiales de los tres últimos pontificados acerca de la inseparabilidad de lo unitivo y lo procreativo en la relación sexual y en cada uno de sus actos.
*La propuesta de una ética de máximos como ideal, por ejemplo, acerca del matrimonio indisoluble, debe hacerse compatible con la aceptación y apoyo pastoral y sacramental de las personas tras la ruptura de una relación matrimonial, y en el proceso de rehacer la vida con o sin otra nueva relación.
5. Sobre las relaciones de pareja homosexuales.
No basta afirmar con el catecismo que las personas con una orientación homosexual no deberían ser discriminadas ni en la sociedad ni en la Iglesia (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2358). No basta afirmar que la orientación homosexual en sí misma no es un mal moral (Véase la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre el cuidado pastoral de personas homosexuales, 1986, n. 3).
No basta explicar que algunos textos de la Escritura en que se alude a prácticas homosexuales deben ser leídos en el contexto de denuncia de las costumbres sociales de la época; no deberían ser utilizados nunca para emitir un juicio de culpabilidad contra quienes sufren a causa de su orientación sexual (Véase la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la fe, Persona humana, 1975, n. 8). Hay que dar un paso más y, en vez de concentrarse en cuestionar la relación sexual, la Iglesia debería confrontar el problema inherente a las reacciones negativas, tanto religiosas como sociales, con que se confronta este tema en la Iglesia y en la sociedad. Y dar también el paso de la acogida comunitaria, sacramental y pastoral de estas parejas y de la educación de su prole.

6. Sobre la educación de los hijos-as de parejas "no formalizadas" según el llamado "modelo tradicional" de familia.
Sin renunciar a lo ideal, hay que ser realista. Sin dejar de recomendar el ideal de la indisolubilidad, hay que asumir el hecho inevitable de las rupturas y la necesidad de sanación humana, espiritual y sacramental. Como escribe el epsicopado japonés en su Carta del Milenio, "Reconocemos que muchos hombres y mujeres no son capaces de cumplir la promesa de amor que hicieron al casarse... Hay situaciones en las que por diversas razones la ruptura es inevitable... Estas personas necesitan consuelo y ánimo. Lamentamos que la Iglesia haya sido a menudo un juez para ellas... Cuando el vínculo matrimonial, lamentablemente, se ha roto, la Iglesia debería mostrar una comprensión cálida hacia esas personas, tratarlas como Cristo las trataría y ayudarlas en los pasos que están dando para rehacer su vida... Esperamos que quienes han pasado por el trance penoso del divorcio y han encontrado a otra persona como compañera en el camino de la vida serán apoyados por la Iglesia con un amor materno y acogedor".
7. Sobre la acogida de la vida naciente.
*No ha de extrañar que una gran mayoría de esposos católicos apoyados por el ministerio pastoral vengan disintiendo de las orientaciones eclesiásticas sobre la regulación de la natalidad. No es un problema de moral, sino de eclesialogía mal entendida. No es problema de desobediencia, sino de responsabilidad.
*La violación es un acto que, con su violencia hiere la dignidad de la persona en su mismo centro. Es evidente que el embarazo no debe ser el resultado de una violencia. Esto se aplica no solamente a los casos de violación en el sentido más estricto de la palabra, sino también a otros casos de violencia más o menos disimulada. Hay que responder que, en muchos casos, interrumpir ese proceso en sus primeros estadios constitutivos no es solamente lícito, sino hasta obligatorio. De lo contrario, la persona correría el riesgo de verse ante el dilema de asumir irresponsablemente la maternidad o recurrir a la interrupción del embarazo en el sentido estricto y moralmente negativo de la palabra aborto. La prevención de la implantación ayudaría a evitar ese dilema; la "intercepción" (que se lleva a cabo durante las dos primeras semanas) sería la alternativa razonable y responsable frente al dilema entre contracepción y aborto.
*Al defender la vida nascitura hay que evitar los malentendidos a que da lugar la definición del concebir como un momento,en vez de como un proceso; también evitar la confusión entre las interrupciones excepcionales de la gestación antes de la constitución del feto y la terminación abortiva injusta de la vida naciente.
Optamos por la acogida responsable del proceso de vida emergente y nascente, que implica la exigencia de que, si y cuando se plantee su interrupción excepcional sea de modo responsable, justo, justificado, y en conciencia. Por tanto, deberíamos presuponer, ante todo, una actitud básica de respetar el proceso de concebir iniciado en la fecundación; acoger la vida naciente desde el comienzo del proceso; favorecer el desarrollo saludable del proceso de gestación de cara al nacimiento; y protegerlo, haciendo todo lo posible para que no se malogre y para que no se interrumpa el proceso, ni accidentadamente, ni intencionadamente de modo injustificado.
Esta acogida y protección debe llevarse a cabo de modo responsable. Pero esta postura en favor de la acogida de la vida no significa que esa vida sea absolutamente intocable.La acogida ha de ser responsable y podrán presentarse casos conflictivos que justifiquen moralmente la interrupción de ese proceso. Si no se va a poder asumir la responsabilidad de acoger, dar a luz y criar esa nueva vida, hay que prevenirlo a tiempo mediante los oportunos recursos anticonceptivos (antes del inicio de la fertilización) o interceptivos (antes de la implantación).
Habrá casos límite en los que pueda darse incluso la obligación (no el derecho) de interrumpir en sus primeras fases el proceso embrional de constitución de una nueva individualidad antes de que sea demasiado tarde. Ejemplos de estos casos de conflicto de valores serían: cuando la continuación de ese proceso entra en serio y grave conflicto con la salud de la madre o el bien mismo de la futura criatura, todavía no constituída.
En estos conflictos, a la hora de sopesar los valores en juego y jerarquizarlos, el criterio del reconocimiento y respeto a la persona deberá presidir la deliberación. Cuando, como consecuencia de esta deliberación, se haya de tomar la decisión de interrumpir el proceso, esta decisión corresponderá a la gestante y deberá realizarse, no arbitrariamente, sino responsablemente y en conciencia.

Finalmente, estas decisiones de interrupción del proceso deberían tener en cuenta el momento de evolución en que se encuentra esa vida en esas fases anteriores al nacimiento. Esa vida sería menos intocable en las primerísimas fases y el umbral de intocabilidad, en principio, no debería estar más allá del paso de embrión a feto en torno a la novena semana. Pasado este umbral, si se presentan razones serias que obliguen a una interrupción del proceso, no debería llevarse a cabo como un pretendido derecho de la gestante, sino por razón de una justificación grave a causa de los conflictos de valores que plantearía la continuación del proceso hacia el nacimiento. Cuanto más avanzado fuera el estado de ese proceso, se exigirían razones más serias para que fuera responsable moralmente la decisión de interrumpirlo.
8. Sobre la dignidad de la persona en la familia.
El respeto a la dignidad de las personas en la familia es más importante que la defensa de la supuesta indisolubilidad incondicional del vínculo matrimonial. Hay que evitar la violencia doméstica mediante el respeto mutuo de los esposos, el respeto de la autonomia de los hijos-as, sin impedir posesivamente su crecimiento, y el respeto a los progenitores y cuidado en ancianidad deberían preocupar a la pastoral familiar, más que las discusiones sobre la procreación médicamente asistida o el recurso a los anticonceptivos.

(aclaro que el articulo es opinion personal del autor y que -a pesar de ello- puede ayudarnos a repensar o a seguir el camino en que andamos ..... y a sacar nuestras propias conclusiones, de hacer falta)


Fte: Religion Digital

jueves, 16 de enero de 2014

JESÚS ELIMINÓ LA OPRESIÓN DEL MUNDO

2º domingo del Tiempo Ordinario -Ciclo A-

Isaías 49:3, 5-6    I Corintios 1:1-3     Juan 1:29-34

Es curioso que en este segundo domingo del tiempo ordinario, se nos propone en los tres ciclos un evangelio de Juan. La liturgia quiere que sigamos pensando en el bautismo de Jesús. Este texto nos da una teología muy elaborada sobre el tema. Esta teología es lo que nos interesa a nosotros.

Como hacen los sinópticos, pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad a finales del s. I, como base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su evangelio. Esto no quiere decir que el Bautista tuviera una idea clara de quién era Jesús. Ni siquiera sus discípulos más íntimos supieron quién era, después de vivir con él tres años; menos podía saberlo el Bautista, antes de comenzar su predicación.

Debió durar mucho tiempo la controversia con los seguidores de Juan sobre quién era mayor: Jesús o Juan Bautista. Juan quiere dejar claro que no hay rivalidad ninguna entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un Bautista totalmente integrado en el plan de salvación de Dios. Su tarea es la de precursor, es decir preparar el camino al verdadero Mesías.

Fijaros que Juan no narra el bautismo en sí; va directamente al grano y nos habla del Espíritu, que es lo verdaderamente importante en todos los relatos del bautismo de Jesús.

En el relato queda clara la intención del evangelista de considerar al Bautista como el primer testigo de lo que Jesús era. Confiesa a Jesús: como cordero de Dios, preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios. No se puede decir más con menos palabras.

Está claro que se está reflejando aquí, no solo la experiencia pascual, sino setenta años de evolución cristológica en la comunidad de Juan. Es una pena que después, hayamos interpretado tan mal esa experiencia. Hemos reducido la presencia de Dios en Jesús, a una realidad extrínseca, estática y dogmática, quitándole todo lo que tiene de proceso dinámico y humano, para él y para nuestra vida de cristianos.

"El cordero de Dios". Es muy difícil precisar lo que este título significaba para aquella comunidad.
Podían entenderlo en sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no con las de Jesús.

Podían entenderlo como el Siervo doliente. No hay pruebas de que se hubiera identificado al Mesías con el siervo doliente de Isaías, antes del cristianismo. Juan sí interpretó la figura del Siervo, aplicada a Jesús, pero nunca con el sentido expiatorio de pagar un rescate por nosotros.

Probablemente haría referencia al cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto. No tiene connotación sacrificial. Juan quiere decir que por Cristo somos liberados de la esclavitud.

..."que quita el pecado del mundo". Es una frase que manifiesta una cristología muy elaborada. En ningún caso la pudo pronunciar Juan Bautista. Para nosotros es una frase muy interesante, que nos puede llevar a un descubrimiento de lo que aquellos primeros cristianos pensaban de Jesús como salvador. Esta idea no tiene nada que ver con la idea de rescate en la que después se deformó, siguiendo el AT.

El concepto de pecado en el AT debe ser el punto de partida para entender su significado en el NT. Los profetas arremeten contra el pecado de los dirigentes, que olvidándose de la Alianza se erigen en señores que oprimen impunemente al pueblo y le obligan a servirlos a ellos en vez de servir a Dios. Al pecar los poderosos, hacen responsable a todo el pueblo de ese pecado.

Ni en el AT ni en el NT se había desarrollado el concepto de pecado individual que manejamos nosotros. Hoy estamos en el otro extremo del péndulo; no tenemos conciencia de pecado al mantener una injusticia colectiva que clama al cielo.

En la frase que estamos comentando, "pecado", tanto en griego como en latín, está en singular. No se refiere a los "pecados" individuales, tal como los entendemos hoy. En el evangelio de Juan, "pecado del mundo" tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que las fuerzas del mal causan al ser humano. Es lo único que impide al hombre desarrollarse como persona.

Se trata de la injusticia, la humillación, la esclavitud en el doble sentido moral y físico. Todos los demás pecados se reducen a este: hacer daño al hombre de cualquier forma.

El modo de "quitar" este pecado, no es una muerte expiatoria. Esta idea nos ha despistado durante siglos y nos ha impedido entrar en la verdadera dinámica de la salvación que Jesús ofrece. Jesús quita el pecado del mundo destruyendo la opresión, activa y pasiva, no pagando a Dios una deuda que nosotros habíamos contraído.

Esta manera de entender la salvación de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. En ella recuperamos el mito ancestral del Dios ofendido que exige la muerte del Hijo para satisfacer sus ansias de justicia. Estamos ante la idea de un Dios externo, soberano y justiciero que se porta con Jesús y con nosotros como un tirano. Nada que ver con la experiencia del Abba que Jesús vivió.

Podríamos decir que Jesús, para luchar contra el mal, emprende el camino del cordero, no del toro que embiste con toda su fuerza... El "pecado del mundo" (opresión) no tiene que ser expiado, sino eliminado.

Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del servicio, de la humildad, de la pobreza, de la entrega hasta la muerte. Esa actitud anula toda forma de dominio, por eso consigue la salvación total. Es el único camino para llegar a ser hombre auténtico.

Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva y total del hombre. Jesús nos abrió el camino de la verdadera salvación, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión. Cogiéndoles por la solapa y diciéndoles: Eres libre, sé tú mismo, no dejes que nadie te destroce como ser humano; en tu verdadero ser, nadie podrá someterte si tú no te dejas.

En tiempo de Jesús, esta opresión inhumana y deshumanizadora era ejercida no solo por Roma, la potencia ocupante, sino por la casta sacerdotal y los letrados.

Jesús vivió esta libertad durante su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por los guardianes de las Escrituras (letrados), ni por los guardianes de la Ley (fariseos). Tampoco se dejó manipular por sus amigos que tenían objetivos muy distintos a los suyos (los Zebedeo, Pedro).

Esta perspectiva no nos interesa porque nos obliga a estar en el mundo con la misma actitud que él estuvo; a vivir con la misma tensión que él vivió.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Jesús quitó el pecado del mundo. Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla.

La religiosidad intimista, la perfección individualista, que se nos han propuesto como meta del camino espiritual, es una tergiversación del evangelio si no hacemos todo lo posible para que nadie sea oprimido.

El presentarse como cordero no vende en nuestros días. En el mundo en que vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los demás te pisotearán.

Este sentimiento es instintivo y mueve a la mayoría de las personas a defenderse con violencia, incluso antes de que el atraco se cometa. Pero hay que tener en cuenta que esta postura obedece al puro instinto de conservación. Es un sentimiento que está al servicio de la individualidad, del falso yo. Es precisamente ese egoísmo el que tenemos que superar si queremos entrar en la dinámica del amor, es decir, de la verdadera realización humana.

Es el oprimir al otro, no que me opriman, lo que me destroza como ser humano. Jesús prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestra conducta.


Meditación- contemplación

Jesús es el cordero que eliminó del mundo la opresión.
Es el mejor resumen de toda la actuación de Jesús.
Solo actuando como cordero, se puede conseguir ese objetivo.
Arremetiendo contra los demás, se aumenta la violencia.

Ser cristiano significa repetir las actitudes y manera de actuar de Jesús.
Por más que nos empeñemos no existe otro camino.
Ser libre, ser fuerte, no dejarse dominar, sin emplear la violencia,
he ahí el secreto del que quiera ser cristiano de verdad.
La fuerza que necesito, la tengo dentro de mí.
Ni instituciones ni ritos ni ceremonias ni doctrinas te darán seguridad.
Si descubro dentro de mí a Dios Espíritu, nada puede hacerme daño.
Esa fuerza ya está en mí, no tengo que esperar a que me la den.

Fray Marcos               
       
                  


NOTA: Fray Marcos Rodríguez Robles, sacerdote de la orden dominica (Orden de los Predicadores) nació en León (España) en 1938 y ejerce su labor pastoral desde el año 1974 en Parquelagos, La Navata, a 36 km. de Madrid. Ha hecho estudios de filosofía, teología y de bellas artes. Ha escrito innumerables obras de divulgación bíblica y es un hábil restaurador de imágenes y pinturas religiosas. En Parquelagos –dice Fray Marcos-, “se ha ido formando una comunidad que no deja que me duerma.”

sábado, 21 de diciembre de 2013

Vivir una Navidad políticamente incorrecta.






La reflexión de  hoy es una de esas que incomoda, porque  “falta a lo políticamente correcto”. Sí, y la colocamos justo en medio de estos días cuando lo único que queremos es un poco tranquilidad. ¿Por qué? ¿por qué poner esta lluvia de críticas -que son algo así como una ducha de agua fría- que nos confrontan, nos perturban y nos cuestionan, amenazando nuestra paz justo ahora? ¿No parece acaso fuera de lugar? .

En realidad  lo hacemos porque son estas agudas e incomodas correcciones las que, paradojalmente, se vuelven convenientes, eficaces y seguras para ayudarnos a conseguir esa paz que tanto anhelamos. Porque sacudiéndonos un poco nos permiten mirar más allá de lo rutinario, para volver a lo esencial. Nos despiertan, por así decir, del sueño de lo superficial, de lo mundano, o incluso de lo bueno, pero a fin de cuentas accesorio. Estas críticas nos ayudan a replantear de nuevo el único motivo que puede traernos una auténica “noche de paz y de amor” en estas fiestas. Ese motivo que en realidad funda y da sentido a la fiesta que celebramos. Ya muchos siglos atrás el mismo San Agustín utilizó este método, cuando en uno de sus sermones decía:
«Despierta hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre. Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo.» (Sermón 185: PL 38, 997-999)
Esto es lo que de alguna  manera  decimos hoy: “Despierta tú que solo piensas en los regalos que vas a recibir o a regalar” “Despierta tú que solo te preocupas de que ropa vas a vestir y de lo que pensarán los demás” “Despierta tú que solo esperas un momento de paz y de fiesta pasajeros, o incluso de diversión mundana”… Despierta,  por ti Dios se hizo hombre. Y también para aquellos que se encuentran en el lado opuesto: “Despierta tú que vives sin un sentido y no crees ya en nada ni nadie” “Despierta tú que no tienes ningún motivo para levantarte esta Navidad a celebrar” “Despierta tú que vives en profunda soledad, tú que sufres en el silencio y la incomprensión”  … Despierta, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará.
He aquí la gran y única verdad que resiste toda prueba y que por ende puede traernos una felicidad auténtica: existe Alguien que nos ama con locura, incondicionalmente, sin medidas, y viene a nuestros encuentro en estos días. Es algo que nos recordaba el entonces Papa Benedicto XVI en una bonita homilía del 24 de diciembre del 2011 en la noche, cuando comentando la lectura del profeta Isaías decía: «Nos encontramos ante una visión que va, mucho más allá del momento histórico, hacia algo misterioso que pertenece al futuro. Un niño, en toda su debilidad, es Dios poderoso. Un niño, en toda su indigencia y dependencia, es Padre perpetuo. Y la paz será “sin límites”». En estos días de fiestas, viene Aquel que nos promete una paz sin límites. Viene un niño que quiere despertarnos del sueño, del sopor de lo demasiado terreno, de lo demasiado humano, para hacernos mirar como el profeta hacia el futuro. Pero no ya un futuro lejano y oculto, algo así como una promesa que vendrá, mas no todavía. No. Se trata más bien de mirar un futuro que se ha hecho presente, que se ha hecho tangible, que se ha condensado en un punto especifico de la historia, en el nacimiento de un pequeño.
Dios hace algo realmente impensable, toma ese futuro que tanto aguardamos y lo inserta en el presente. Esa vida eterna que tanto anhelamos, es decir, el Amor infinito de Dios, se ha hecho carne y ha venido a habitar en medio de nosotros, en medio de la Historia…de nuestras historias ( de nuestra historia personal; la mía, la tuya). Podemos así desde este momento tocar, ver y abrazar la eternidad. El Amor infinito se ha puesto al alcance de la mano.
He aquí el verdadero motivo de nuestra alegría y de nuestra fiesta: Dios ha tocado con su Amor la historia y el tiempo, abrazando de forma plena e incondicional todo lo nuestro (nuestros dolores, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestras esperanzas…). San Agustín que entendió bien la magnitud de esto, nos exhortaba en el mismo Sermón antes citado: «Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal».

Por Daniel Prieto

“El Circo de la Mariposa”





El Circo de la Mariposa es un corto protagonizado por Eduardo Verástegui y Nick Vujicic que ha sabido condensar en apenas 20 minutos una profunda historia de aceptación, reconciliación y esperanza. La trama gira en torno al Sr. Mendez, quien dirige el Circo de la Mariposa, y Will, un hombre sin extremidades, principal atracción de una feria donde abundan personas con alguna anormalidad física. Cuesta entender el atractivo que tiene para tanta gente el mal y la desgracia ajena que, lamentablemente, no es solo cuestión de ficción, sino que se observa de muchos modos en la sociedad de hoy.
 «Eres magnífico», exclama Mendez al conocer a Will, y este último entiende mal sus palabras y le escupe. No se ofende el director del circo, capaz de valorar a Will por ser quién es y no por sus capacidades o discapacidades. Su actitud será un primer cuestionamiento para Will, que resultará en éste último uniéndose al Circo de la Mariposa, sin comprender realmente lo que está detrás de esta peculiar agrupación de personas.
¡Qué diferencia hay entre el Circo de la Mariposa y las ferias a las que Will estaba acostumbrado! Nada de realmente inspirador había en estas últimas, habituadas a entretener con el morbo y la degradación ajena. Algo empezará a vislumbrar Will al tomar contacto con un mundo nuevo lleno de color y amistad, donde las habilidades están al servicio de la alegría, donde los talentos son desplegados para llevar una sonrisa y despertar el asombro.
 En este punto la obra nos muestra la futilidad de compararnos con los demás, que en tantas ocasiones no es sino fruto de una mirada absurdamente cerrada sobre uno mismo. Es, precisamente, lo que le sucede a Will, lleno de autocompasión al constatar las habilidades de los demás y dar por descontado que no posee ninguna. Mendez tendrá razón al señalarle que su principal problema es haber creído lo que los demás le han dicho. Lo encara, de modo directo, señalándole sin miramientos, pero con gran paciencia y caridad,las ideas irracionales que lo atan. No están los problemas en carecer de extremidades u otras supuestas dificultades, sino en aquellas invisibles cadenas interiores que atan con mayor fuerza que cualquier obstáculo externo.
 Will comprenderá que no es el único en tener problemas ni enfrentar dificultades. Ha sido, por el contrario, la experiencia de todos los integrantes del Circo de la Mariposa. Todos y cada uno han pasado por el capullo de la prueba y el dolor por la propia debilidad o insuficiencia para, transformados, alzar vuelo con belleza y armonía. «¡Mientras más grande el desafío —le explicará Mendez en una frase clave— más grande la gloria!».
 Le costará a Will entender la fuerza y la belleza que brotan del interior de un corazón reconciliado, capaz de convertir la monotonía en espontaneidad, la debilidad en fortaleza, la tristeza en alegría. La clave residirá en no sentir lástima de uno mismo, no pensar que la propia situación es la más miserable de todas —tentación tan frecuente—, ni mirar tanto el talento ajeno para ser ciegos a los propios dones.
El camino para Will no será fácil, y se muestra en ese proceso una hermosa dimensión de la amistad: amigo no es el que procura que nos sintamos cómodos, sino el que nos alienta a vencer nuestros obstáculos, el que nos reta para ser mejores e invita a crecer. Will entonces hallará no solo un horizonte hasta entonces insospechado de autenticidad y libertad, sino también uno de los dones más grandes y hermosos: la posibilidad de llevar alegría y esperanza a otros desdichados de la tierra. 
Por Kenneth Pierce.

sábado, 7 de diciembre de 2013

El reino pacífico: el desafío del Adviento de Dios

8 de diciembre de 2013
Domingo 2º de Adviento. Año A.

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¿Cómo podemos crear un nuevo mundo de justicia para todos, sin tratar de destruir al enemigo?

Aunque Isaías utiliza imágenes de diferentes animales viviendo en armonía (el familiar reino pacífico del león junto al cordero) como una forma de hablar de un ideal de esperanza para el mundo, hoy podrían servirnos mejor ejemplos humanos para este tipo de cambio revolucionario. ¿Qué tal si el reino de Dios se parece a un hombre gay y a una mujer musulmana heterosexual partiendo juntos el pan? ¿O a un pastor heterosexual del Sínodo Luterano de Misuri [o a un cura navarro del Opus] y una lesbiana latina [o gitana] construyendo juntos una casa como hábitat para la humanidad? ¿O a una persona transexual encontrando ayuda para elegir un nuevo vestuario, en un vecino que antes la había mirado con desprecio? Nos anima una promesa de total transformación del mundo heterosexista y homófobo que ahora experimentamos, especialmente porque enemigos estructurales se convertirán en promotores del bienestar mutuo.

En los pasajes del Nuevo Testamento, el problema no es la fuerza opresora que destruye las vidas de la población indígena, sino que el problema más bien es el pueblo mismo. En Romanos 15, Pablo interpreta a Isaías como una justificación para atraer a los gentiles rechazando al propio pueblo de Dios. En Mateo 3, Juan el Bautista identifica a su propio pueblo, a los fariseos y saduceos, como la fuente del problema, y no a la opresión social ejercida por los romanos sobre los judíos colonizados.

Por una parte, uno puede ver a Juan el Bautista como ejemplo de cómo las personas LGBT y otras en los márgenes exigen arrepentimiento y cambio, pero con frecuencia son perseguidos y despedidos como maniáticos. Como Juan, la comunidad LGBT puede causar temor a otros, pero tenemos un mensaje poderoso y necesario: el mundo no es como debería ser, el cambio es posible.

Por otra parte, uno se pregunta si Juan también sirve de ejemplo de cómo la comunidad LGBT, entre otras, podría estar tentada a usar la amenaza contra aquellos que ellos juzgan indeseables o peligrosos. Juan llama a los que no se bautizan "generación de víboras" (Mateo 3: 7), y esto podría sonar igual que un hombre gay privilegiado quejándose: "vosotras tortilleras y drag queens, nos lo ponéis difícil a los demás"; o que un predicador negro diciendo: "vosotros raperos, estáis creando malas dinámicas en la comunidad".

Asumir la responsabilidad mutua incluye reconocer nuestra opresión interiorizada al luchar por crear un mundo donde la opresión no sea ya la norma y donde los oprimidos no inflijamos violencia "justa" sobre los que consideramos nuestros enemigos.

Este Adviento, ¿qué se requiere de las personas heterosexuales para convertirse en aliados leales de las personas LGBT y su movimiento de justicia? Y no menos importante: ¿Qué se requiere de las personas LGBT para hacer avanzar el reino de justicia de Dios?.

Santo Dios, que vienes a estar con nosotros
en nuestras luchas y en nuestras esperanzas,
guíanos, te pedimos, para vivir con integridad y alegría.
Haznos capaces de resistir el impulso,
dentro de nosotros y a nuestro alrededor,
de crear enemigos.
Aumenta nuestro hambre y nuestra sed de relaciones justas
con todas las personas, nosotros mismos incluidos, y con la misma tierra.
Amén.

Que en esta búsqueda sepamos ver la estrella de Belen que nos ilumina en el camino.