“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)
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miércoles, 1 de junio de 2011

La Cuestión Gay

Puesto que James Alison es el teólogo católico que estableció el marco teórico para que yo me atreviera a crear este blog, es motivo de emoción e intensa alegría compartir con ustedes esta reflexión que él mismo realiza acerca del descubrimiento de la naturalidad de la cuestión gay y como viene esto a revolucionar totalmente nuestra forma de ver al mundo, comparándola solamente con los cambios que se dieron cuando los europeos descubrieron América.

Quiero compartirles una perspectiva de júbilo. Creo que ser católico es divertidísimo. Un gran paseo en la montaña rusa de la realidad que Dios, quien nos resguarda, impulsa; un viaje gestado por la amorosa entrega de Nuestro Señor en su crucifixión, sonrientemente observado por su Santa Madre; creo que ser católico es como la interpretación de la desconocida obra maestra de un virtuoso, traída a la sinfonía del Ser por la intrépida seducción del Espíritu Santo.

Hoy por hoy una de las mejores perspectivas para observar lo divertida que es esta aventura es mirar la incidencia de la cuestión gay en la vida de la Iglesia.

Me gustaría compartirles una aproximación coherente sobre este asunto. Empezaré por enfatizar que estamos en presencia de un descubrimiento. Luego, quiero dirigir la mirada a la manera en que hoy nos relacionamos con el mapamundi que existía antes que el descubrimiento se hiciera. Porque los descubrimientos se convierten en fulcros,1 fulcros que nos permiten entender el tránsito de la forma en que solíamos mirar las cosas hacia la forma en que las vemos ahora. Con ello quiero identificar y ponderar la forma del vacío que nos revela este descubrimiento, el hueco del que nada sabían quienes confeccionaron el mapamundi previo, y lo que esto nos enseña. Después, quiero empezar a sugerir, brevemente, algunas dimensiones de la vida católica en la tensión entre este descubrimiento y ese vacío.

Descubrimiento

En los últimos más o menos 50 años hemos sido testigos de un genuino descubrimiento humano, uno de los que como humanidad no hacemos a menudo. Se trata de un auténtico descubrimiento antropológico cuya naturaleza no pertenece a la moda o al capricho ni es el resultado de una decadencia de la moral o del colapso de los valores familiares. Ahora sabemos algo objetivamente verdadero sobre los seres humanos, algo que no sabíamos antes: que existe una variante minoritaria de la condición humana cuya aparición es constante, no patológica e independiente de la cultura, el entorno, la religión, la educación o las costumbres, una variante que ahora designamos con la expresión “ser gay”. Esta variante minoritaria se vive, sin embargo, desde las condiciones de una cultura, un entorno, una religión, una educación y ciertas costumbres determinadas, es decir: de una manera que está por completo cargada de cultura. Por ello, en el pasado fue tan fácil tomarla, equivocadamente, por una mera variable de la cultura, la psicología, la religión o la moral y creer que la homosexualidad era algo que debía escandalizarnos y no algo que simplemente estaba ahí.

Todavía nos queda mucho por aprender sobre esta variante minoritaria de la condición humana, cuya existencia es constante. Comoquiera, sabemos de ella lo suficiente como para entender que al hablar de la homosexualidad –o de la heterosexualidad– se utilizan categorías erróneas como si habláramos de alternativas del deseo. Parece más acertado hablar de ellas en términos de configuraciones particulares del deseo humano –una configuración mayoritaria y otra minoritaria–. Sólo desde allí tiene sentido hablar de distintas formas de vivir, de relacionarse y de amar que pueden o no ser saludables o patológicas. Sólo desde allí también la cuestión ética se coloca en otro plano: no en el de la configuración, sino, por un lado, en el de “cómo” vivirla y, por otro, en el de los desafíos que toda minoría, al enfrentar la incomprensión, la indiferencia y la hostilidad de la mayoría, asume para realizar plenamente su potencial.

Nos parece fácil concebir el descubrimiento de continentes desconocidos o especies animales de las que no sabíamos nada. Más difícil es concebir un descubrimiento de orden antropológico, ya que las cosas que pertenecen a esta esfera se nos manifiestan a través y desde patrones de convivencia humana preexistentes. Esto, sin embargo, no hace que tal descubrimiento sea menos real ni sus consecuencias menos sorprendentes.
No obstante, ¿han observado lo difícil que es ser coherente con la verdad cuando se ha descubierto? Permítanme reflexionar un momento sobre esto y llamar su atención sobre lo sorprendente de esta situación. Parece, ante todo, que tendemos a relacionarnos con nuestros descubrimientos en términos utilitarios, aprovechándonos de ellos en el corto plazo y confiados, en cierta forma, en que con el tiempo acabarán imponiendo su verdad y su significado.

Pondré tres ejemplos. En 2009, el “bloguero” Mike Rogers hizo público que el vicegobernador de Carolina del Sur, André Brauer, era homosexual. Al parecer, Brauer es un político (¡uno de tantos!) que hace adeptos atacando públicamente lo que ama en privado. Al margen del impresionante rango de acierto que Rogers suele tener en este terreno, al margen también de que Brauer no haya rechazado del todo la acusación, zafándose con una “negación por la no negación”,2 lo que asombra es la rapidez con la que la discusión se deslizó de la pregunta “¿es verdad lo que dice Rogers?” a la pregunta “¿cómo podemos sacarle provecho a esta polémica?”. En efecto, muy pronto el asunto derivó en una acusación contra los seguidores del controvertido gobernador Stanford –quien también había tenido que enfrentar un escándalo a consecuencia de su “escalada a los Apalaches”–.3 Se alegaba que quienes esperaban la reelección del gobernador se habían rebajado a desprestigiar a su potencial contendiente. El razonamiento de todo este embrollo era el siguiente: ¡qué más da si Brauer es homosexual: lo que importa es que en ello hay algo que puede usarse en una disputa preexistente!

El siguiente ejemplo tiene consecuencias más graves. Sabemos bastante sobre las reuniones que tuvieron lugar en la Casa Blanca inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, como para darnos cuenta de la asombrosa velocidad con la que las prioridades se movieron de la pregunta “¿qué ha pasado y por qué?” a la pregunta “¿cómo podemos usar lo que sucedió en favor de nuestros planes de guerra contra Irak?”. Allí, en un asunto cuyo significado quedaría claro con el tiempo, volvió a surgir esa inmediata habilidad para obtener ventajas de lo que se sabe.

El tercer ejemplo es más rico. Piensen en lo que sucedió cuando los europeos desembarcaron en América a finales del siglo xv. Tomó décadas, incluso siglos asumir la ilimitada alteridad de lo que habían encontrado al buscar una vía comercial rápida hacia Oriente. A la luz de la presencia geológica, antropológica, botánica, zoológica y cultural de algo que, por supuesto, había estado ahí desde siempre, pero de lo que los europeos no tenían ningún conocimiento previo, cada aspecto del modo en que ellos se concebían sufrió un radical cambio de perspectiva. Pero si ese cambio tomó siglos, lo que sucedió inmediatamente fue: “¿Dónde está el oro? ¿Cómo podemos usar este descubrimiento para el provecho de los intereses de la Corona Española, de la fe católica, de nuestras familias y amigos?”.

No quiero decir que, al margen del habitual “¿cómo podemos sacarle partido?”, no existieran algunos intentos por averiguar “¿qué había allí?”. Hubo, en medio del utilitarismo, un matiz autocrítico en la conquista española de América. Bartolomé de las Casas, Bernardino de Sahagún y algunos otros, menos célebres, llevaron a cabo lo que para las investigaciones modernas fue un recuento notablemente atinado, comprensivo y realista de las culturas que estaban desapareciendo a causa de la llegada de los españoles. Estos hombres tomaron el partido de los vulnerables contra la depredación de sus compatriotas. Semejantes elementos de autocrítica –ejercicios de genuino aprendizaje de una experiencia nueva– soportan la prueba del tiempo en su carácter de raros momentos de gloria en la historia del colonialismo europeo. Sin embargo, y a pesar de ello, en el abordaje de lo novedoso, verdadero y real que representó el descubrimiento de América, primaron los intereses y la capacidad de sacarle provecho a la oportunidad que se presentaba.

Lo mismo ocurre con la verdad antropológica de “la cuestión gay”. Para que asumamos sus verdaderas dimensiones y el estupor que provoca en nosotros, es preciso el paso del tiempo. Y, como siempre sucede con los descubrimientos, nuestras primeras reacciones se dirigen a sacarle provecho. Para algunos, el surgimiento del fenómeno gay es una maravillosa oportunidad para recaudar fondos a favor de las causas conservadoras, difundiendo miedo y manteniendo viva la interminable cultura de la guerra. Para otros, es una oportunidad de tener relaciones sexuales más fácilmente y más a menudo. Para otros más, de asegurarse votos cautivos y relativamente poco exigentes. Hay quienes encuentran en ello un buen pretexto para atacar a la religión organizada. Y así podríamos seguir indefinidamente con el elenco de aproximaciones utilitarias al descubrimiento de lo gay.

Haciendo de lado nuestra habitual tendencia al oportunismo, me gustaría detenerme e intentar elaborar el boceto de la forma que tiene este descubrimiento. Ojalá pueda hacerles ver que éste –como cualquier otro relativo a la verdad sobre el ser humano– es una buena noticia para la humanidad. Luego, me gustaría mostrar por qué esa buena noticia es particularmente buena para quienes somos católicos.

No me extenderé demasiado exponiendo las evidentes razones por las que este descubrimiento es una buena noticia para quienes son gay y lesbianas. Baste decir que el descubrimiento de que la homosexualidad no es un error o una broma cruel, representa una enorme diferencia para la cordura de quienes lo son. Saberlo provoca un gran alivio en aquellos que están acostumbrados a escuchar que sus sentimientos son erróneos, enfermos, distorsionados; en aquellos que, cada vez que han intentado decir la verdad sobre su vida, se han encontrado con un sinfín de mentiras y desengaños. Hallar la verdad sobre ser gay trae un alivio que retrata muy bien el famoso cuento de Hans Christian Andersen, El patito feo y encontrará una honda resonancia con las siguientes palabras de la encíclica del Papa Benedicto XVI, Caritas in Veritate: “Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8, 32). Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad”.

Este descubrimiento también representa una buena noticia para los padres y las familias de quienes son gay o lesbianas, pues significa que pueden deshacerse de los falsos fardos de culpa que habían cargado. Su hijo no se volvió gay porque no se intervino cuando al pequeño le dio por jugar con una Barbie. No habría dejado de serlo si se le hubiera obligado a jugar, en cambio, con un muñeco que representara a Sandoval Iñiguez. No debería avergonzarnos que algún miembro de nuestra familia –hermano, hermana, madre o padre– sea gay. Descubrir que alguien de la familia –el hermano, la hermana, la madre o el padre–, es gay, no es algo de lo que tenemos que avergonzarnos, sino una oportunidad para descubrir en qué consiste la honra, en qué la forma de tu familia, etcétera.

He abordado algunas razones, más bien obvias, por las que esta cuestión es una buena noticia para quienes son gay o lesbianas y sus familias. Pero ahora quiero, más bien, atender a otra dimensión de esta buena noticia. Para ello, volvamos al ejemplo del descubrimiento de América. El encuentro entre Europa y América no sólo afectó a quienes hicieron el viaje y a los pobladores de la América prehispánica. Alteró también, y para siempre, todas las dimensiones de la vida de los que se quedaron en casa y de sus descendientes. Cambió la forma en que se concebían en el espacio, en el tiempo, en relación con otros seres humanos. Más allá de las plantas, los animales y los minerales que descubrieron, la existencia de un “afuera” previamente inimaginable para el mundo europeo significó que, a partir de ese instante, cada “desde” y cada “dentro” que los recibiera, serían vistos de manera distinta.

Del mismo modo, apenas ahora empezamos a entender algunas de las sorprendentes consecuencias de haber descubierto que lo que llamamos ser “buga”4 o “heterosexual” no es la condición humana normativa, sino una condición humana mayoritaria. Esto significa que si bien es cierto que la reproducción humana implica, intrínsecamente, a los dos sexos y que la vasta mayoría de los humanos tienen una orientación heterosexual, también es cierto que los humanos no son intrínsecamente heterosexuales. Esto tiene importantes consecuencias en la comprensión de la relación que existe entre la vida emocional, sexual y reproductiva de quienes son heterosexuales.

Porque la existencia de una minoría para la que, de forma no patológica y normal, las esferas sexual y emocional no están asociadas con la reproductiva, implica que la relación entre estas tres esferas, para quienes sí están ligadas a ellas, es muy distinta a la que habíamos imaginado. Lo que quiero decir es que surgió un continente que pertenece a la esfera de la libertad, de lo intencional y de lo deliberado al margen de lo mecánico y de lo que ocurre por necesidad y, en este sentido, cambió la relación entre lo que es meramente “biológico” y lo que es susceptible de ser humanizado.

En otras palabras, ser “buga” se volvió mucho más interesante, variado, arduo y fácil. Más interesante, porque los clichés y los estereotipos acostumbrados pueden ser depuestos de manera más fácil. Más variado, porque hace posible el florecimiento de todo un elenco de estilos personales y de formas de relacionarse con los demás sin temor a que se sospeche que se es “uno de ellos” –ser gay se volvió algo que simplemente se es o no se es, y, en cualquier caso, cualquier estilo está perfectamente bien–. Más arduo, porque dejó de haber una forma natural de ser, de cortejar, de casarse, de tener hijos; es decir, dejó de haber una forma que constituye “el modo de ser de las cosas”, algo que todos deban simplemente seguir. Las cosas que creíamos “naturales” –supuestas por un mundo en el que la heterosexualidad se asumió como normativa–, ahora tienen que ser aprendidas, negociadas, y eso exige el desarrollo de ciertos hábitos y habilidades. La humanización del deseo es una tarea ardua de la que nadie está exento. Por último, ser “buga” se volvió más fácil porque la variedad de formas del amor entre personas del mismo sexo –una parte muy significativa de la vida de todo mundo–, dejó de ser una esfera de miedo y suspicacia. Hay, como suelen manifestarlo con mayor facilidad las mujeres, todo un rango de formas saludables y apasionadas de amor, cariño, amistad y trato físico entre personas del mismo sexo, independientes de la orientación sexual. Un “buga” que siente una infatuación por otro hombre no está, por ello, a punto de convertirse en gay. Simplemente es un hombre infatuado por otro hombre. Los afectos hacia personas del mismo sexo son bloques constitutivos de la convivencia humana normal. Incluso alguien podría sufrir una infatuación por una persona que sí es gay: ambas partes pueden estar al tanto, serenamente, de que eso no implica connotaciones eróticas. Estas dimensiones del amor requieren de cierta vigilancia para no derivar en la omertá5 o en dinámicas ideológicas y, por supuesto, en el peligro de los celos y de la rivalidad que siempre están al asecho en cualquier relación amorosa. Se trata de cosas que no tienen que ver exclusivamente con ser gay, y tranquiliza mucho que puedan ser expresadas y analizadas sin miedo a malas interpretaciones.

Como puede verse, nos encontramos en las primeras etapas del descubrimiento de las impactantes consecuencias que nuestro nuevo conocimiento tendrá y no pretendo predecir mucho más. Quiero dirigirme ahora a otra cuestión verdaderamente interesante: cómo este descubrimiento está afectando y afectará a la Iglesia. Veamos qué modificaciones está produciendo en el mapamundi.

Mapamundi

Había una vez en Roma, en un pasado no muy lejano, fuertes voces que le decían a la gente como nosotros que la única discusión aceptable y cualquier trabajo pastoral posible con quienes somos gay debían permanecer en estricto acuerdo con una verdad que ya estaba propiamente dispuesta en las enseñanzas de la Curia Romana, es decir, que “la particular inclinación de la persona homosexual, aunque no es en sí un pecado, constituye, sin embargo, una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe considerarse como objetivamente desordenada”.6

Si fuéramos relativistas, gente que no creyera en la existencia de una verdad auténtica, sino sólo en cosas que son “verdaderas” para cada persona, podríamos dejar las cosas así. Podríamos decir: “Muy bien, la definición actual de la Curia Romana es la verdad de la Iglesia. Si no te gusta, adhiérete a una Iglesia cuya verdad te siente mejor”. Pero, curiosamente, la misma Iglesia enseña en esta materia –con mucha fuerza, por cierto– que el relativismo es falso, que existe algo verdadero y que la verdad se nos impone por sí misma. En otras palabras, las mismas autoridades que nos dijeron que debemos seguir sus enseñanzas sobre las inclinaciones homosexuales, porque son verdaderas, son también, gracias a Dios, las que insisten en que la verdad sobre esta cuestión no depende de ellas y que sus enseñanzas están abiertas a descubrimientos objetivamente verdaderos, surjan de donde surjan.

Si fuéramos relativistas, entonces podríamos tomar la definición de la Curia Romana como una floritura retórica, es decir, podríamos decir que cuando define “la inclinación [homosexual] [...] como objetivamente desordenada”, la Curia no pretende postular una verdad capaz de incidir, aunque sea un poco, en lo que ahora sabemos sobre lo gay. Si fuéramos relativistas, dicha definición no podría ser falseada por ningún conocimiento científico sobre la naturaleza no-desordenada de la inclinación homosexual. Sería una mera anotación “filosófica”, una forma de subrayar tres veces con un marcador indeleble lo que en verdad desea hacer: denunciar todo comportamiento homosexual como intrínsecamente malvado.

Pero si somos fieles a las enseñanzas de la Iglesia y rechazamos el relativismo, entonces debemos leer la definición como si fuera objetivamente verdadera, como si sus pretensiones de verdad fueran tales que suscitaran la defensa de cierto orden subyacente. Después de todo, la pretensión de que algo es objetivamente desordenado sugiere que hay algo objetivamente ordenado que nos permite detectar un desorden. La pretendida verdad que subyace a esta definición es que todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, son intrínsecamente heterosexuales y que existe una única expresión propia del amor sexual: el matrimonio abierto a la posibilidad de la procreación. Sólo desde el supuesto de la heterosexualidad intrínseca de todos los seres humanos y la correspondiente bondad del amor sexual marital, puede deducirse propiamente que las inclinaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, que son heterosexualidades malogradas y que cualquier relación sexual entre personas homosexuales debe juzgarse como una realidad que se queda corta frente a las que mantienen personas heterosexuales casadas.

Lo que, sin embargo, se ha mostrado, más o menos a lo largo de los últimos 20 años, es que la pretensión que subyace a las enseñanzas de la Curia Romana en materia sexual, es falsa. No es verdad que todos los seres humanos sean intrínsecamente heterosexuales y que quienes son homosexuales sean, de hecho, heterosexuales malogrados. No existe evidencia científica de ninguna clase –psicológica, biológica, genética, médica o neurológica– que respalde esta pretensión. El descubrimiento del que he hablado antes, respaldado con abundantes evidencias, es que en todas las culturas hay una proporción pequeña, pero regular, de seres humanos –algo así como tres o cuatro por ciento– cuya condición estable es ser atraídos, principalmente, por miembros de su propio sexo. Aun más: no existe ninguna patología, psicológica, física u otra cualquiera, invariablemente asociada con esa determinación. No es un vicio ni una enfermedad. Es, simplemente, una variante regular, minoritaria, de la especie humana.

Para hacerle justicia a la Curia Romana es preciso decir que, al elaborar la definición que les referí, no hacían sino sancionar un estado de cosas con el que la vasta mayoría de las fuentes de la sabiduría humana a lo largo de los siglos estaba de acuerdo. Su definición no era más sorprendente que un mapamundi europeo elaborado en 1491 que mostrara el globo terráqueo sin nada más que algunas ballenas y monstruos marinos entre los confines más orientales de Europa y las orillas más extremas de Asia; un mapamundi que ignoraba la existencia de América y cuyos cartógrafos habrían acaso oído antiguos relatos de ciertos europeos del Norte que, ya fuera en barcazas o barcos vikingos, habían navegado hasta lo que hoy llamamos Canadá, mismos relatos que habrían descartado tomándolos por fanfarronadas de taberna imposibles de verificar.

Sin embargo, en 1526 –año en que la Corona Española fundó universidades en las ciudades de México y Lima–, un mapa donde América no apareciera habría sido extravagante: un signo de que alguien no se había enterado de lo ocurrido en los 35 años anteriores o de que alguien era lo bastante obstinado como para negar la realidad y privilegiar una privada. Las generaciones venideras estarán mejor situadas que nosotros para discernir si la definición de la Curia Romana que cité antes, escrita en 1986, se parece más a la concienzuda edición tardía de un mapa de 1941 o al intento mendaz de pretender que América no estaba ahí en 1526. Comoquiera, hoy, en 2011, tenemos bastante claridad: la vieja definición estaba equivocada. Intentar mantener vivo un error, mucho tiempo después de que se demostró su falsedad, es un signo de engaño o de mendacidad.

Si después de 1526 se hubiese creído seriamente que valía la pena navegar con un mapa de 1491, se habrían perdido muchas transformaciones en lo relativo a barcos, velas, corrientes, vientos, estrellas, distancias y demás, al grado de que hubiese sido mejor no alejarse demasiado de la orilla. Si entonces se hubiesen seguido mapas de 1491, los avances tecnológicos habrían hecho la navegación más peligrosa, ya que los barcos podían ir más lejos y los navegantes se hubiesen expuesto a las consecuencias de su ignorancia deliberada. No quiero decir con ello que a la luz de un mapa de 1526 haya que acusar a los cartógrafos de 1491 de ser mentirosos, estafadores o estúpidos. Digo simplemente que gracias al nuevo descubrimiento, el marco de referencias de lo que en ese momento existía y le era posible hacer a la gente, cambió por completo. El descubrimiento de algo nuevo trajo nuevas exigencias y se convirtió en un fulcro que puso en evidencia la insuficiencia de una serie de conocimientos. Se volvió posible el aprendizaje autocrítico de la navegación y de la cartografía, para fortalecimiento de ambas disciplinas.

El fulcro y el vacío

El nuevo descubrimiento de orden antropológico se ha convertido para nosotros en un fulcro que posibilita un aprendizaje enriquecedor en el ámbito de la fe. Nos permite profundizar en el conocimiento de cuáles son los elementos constitutivos de la identidad católica, porque nos permite describir un vacío en el mapamundi anterior.

Permítanme explicar este vacío.

Ya que todas las definiciones de la Iglesia católica en esta esfera se deducen de sus enseñanzas relativas al matrimonio –enseñanzas que se fundan, a su vez, en el supuesto de la heterosexualidad intrínseca de todos los seres humanos–, es bastante preciso el siguiente aserto: la Iglesia no tiene absolutamente nada que decir sobre una realidad que sus maestros ignoraban por completo. Estrictamente hablando, y en contra de lo que parece, la Iglesia católica no tiene ninguna enseñanza relativa a la homosexualidad.

Si esto parece improbable, permítanme ofrecerles una analogía que me ayudará a explicarme mejor: supongamos que los zoólogos del Norte saben, desde hace mucho, de la existencia de los caballos; saben también de su importancia y del valor de protegerlos. Supongamos que a sus oídos llegan ciertos relatos africanos sobre unos animales escurridizos muy semejantes a los caballos, pero con un cuerno en la frente. Su existencia, que parece mítica, los hace pronunciarse en contra de ellos y proclamar que los unicornios no existen y que cualquier animal que esté tentado a creerse unicornio deberá sobreponerse a semejante engaño y comportarse como un caballo. Supongamos que más tarde ciertos intrépidos exploradores descubren un gran mamífero de cuatro patas con un cuerno en la frente, es decir, descubren al rinoceronte. Los zoólogos que vivieron antes de que se hiciera este descubrimiento no tenían ninguna enseñanza relativa a los rinocerontes. Intentar meter a un rinoceronte en la categoría de los caballos a causa del unicornio, es poco menos impreciso que colocar en un mapamundi de 1491 monstruos marinos donde ahora está América.

Vean ahora lo divertido de todo esto: nos encontramos en los inicios del siglo xxi, y bien puede ser que, como lo apuntó el Papa Benedicto XVI al comienzo de su pontificado, nos encontremos todavía en las primeras etapas de la historia de la Iglesia y que el cristianismo sea todavía una religión joven. Sin embargo, en los mares de la antropología se descubrió un continente entero, inexplorado y desconocido para la Iglesia. Las enseñanzas sobre los unicornios que se derivan de la tradición de los caballos, por sólidas que puedan ser, nada nos dicen sobre los rinocerontes. Pero gracias al descubrimiento antropológico se nos ofrece una oportunidad espléndida y maravillosa de conocerlos. Podemos, entonces decir: “¡Yúju!, ¡a tiempo!”. Justo en el momento en que la visión oficial de la Iglesia sobre el ser humano ha entrado en crisis aparece un fulcro objetivo (y por objetivo quiero decir algo que simplemente está ahí, que es real, y que, una vez descubierto y difundido, no puede desecharse) que nos permite darnos a la tarea de averiguar en qué consista ser católico. Para ello, no podemos echar mano del método descendente de la teología que, para volver a nuestro ejemplo de la navegación, significaría, por ejemplo, el desarrollo paulatino de un equipo de navegación cada vez mejor, que permitiera a los marineros portugueses del siglo xv navegar con mayor seguridad más allá de las costas del Noreste africano, mientras permanecían en un universo sin América.

No, en lugar de eso, debemos enfrentarnos con el descubrimiento de algo objetivamente verdadero sobre el ser humano, algo que nos exige reescribir nuestros mapas de la misma forma en que el descubrimiento de América exigió nuevas explicaciones para las corrientes y los patrones climáticos de las costas atlánticas de África y Europa.

Lo divertido de todo esto reside en el reto que representa el descubrimiento que ha hecho la catolicidad a lo largo de este proceso de aprendizaje desde dentro. Más que imaginar a Dios como el creador de algo pequeño sobre cuyo caparazón, cada vez más frágil, debemos sostenernos si queremos beneficiarnos de Él, hay que confiarnos al descubrimiento de que en realidad Dios hizo y continúa haciendo algo enorme sobre cuyas olas, que continúan fluyendo de su creatividad, surfea.

Lo mejor de todo esto es que a pesar de que intentemos transformar ese descubrimiento en una zona de disputas, esa zona, en última instancia, está libre de rivalidad. Ninguna oposición hará la más mínima diferencia. No importa cuántas riñas ideológicas, movimientos estratégicos y enmiendas constitucionales orquesten los políticos mitrados que navegan en los mares políticos; no importa cuántos mapas de 1491 utilicen para salvar el matrimonio equino de la amenaza de los unicornios desobedientes, las cosas son como son y no conseguirán cambiarlas.

Quiero enfatizar con mucha firmeza lo siguiente: las posturas ideológicas –que a final de cuentas tratan de la autoridad y del prestigio de quien habla en favor de ellas– exigen que te involucres en debates y rivalidades para conseguir que prevalezca una u otra postura. Sin embargo, independientemente del prestigio o de la autoridad de quienes las esgrimen, la verdad, que no depende de nosotros y es maravillosamente liberadora, pone en evidencia que no vale la pena que entremos en rivalidades por ella.

Si no hubiéramos descubierto el carácter normal y no patológico de la homosexualidad, la oposición a la doctrina de las autoridades religiosas en relación con los matrimonios gay se reduciría a una disputa contra la autoridad de quienes la pronuncian. Pero ya que hemos descubierto que la homosexualidad sólo es una condición minoritaria y no inmoral, y que la verdad de este descubrimiento no depende de quién o cuándo la diga, podemos relacionarnos con la pretendida autoridad de ciertos púlpitos intimidantes de modo muy distinto. Esa verdad, en la claridad y libertad que nos otorga, nos libera de enzarzarnos en ciertas disputas. Quien se vale de su autoridad para enseñar algo falso o algo que está fundado en una falsedad, más que vulnerar a los otros se destruye a sí mismo y destruye su propia autoridad. Cada vez es más evidente para todos que la Curia se está comportando como si poseyera los derechos del Atlas Mundial de 1491: a la vez que intenta persuadirnos desesperadamente de algo que sólo promueve su propio prestigio, siente cómo ese prestigio decae desde que la gente descubrió que esos mapas ya no son adecuados. Si se atrevieran a afrontar la verdad, la única pregunta importante que deberían formularse sería: “Si vamos a ser fieles a nuestro mandato de hablar con autoridad y desde la verdad, ¿cómo vamos a ajustar nuestra posición con lo que se nos está manifestando como verdadero?”. Nadie enseña con autoridad si no ha sido capaz, él mismo, de dar testimonio de haber atravesado un proceso semejante.

Por ello, no debemos rivalizar con las autoridades eclesiásticas, sino mirarlas como personas que, frente a una verdad emergente, tienen un duro trabajo que realizar y ser comprensivos con ellas, sin seguir en sus falsedades. Después de todo, su vacío es muy real. Carecen de un mecanismo prefabricado para lidiar con un descubrimiento de esta clase, uno que altera su mundo y el nuestro. No poseen –y esto es bastante genuino– ninguna tradición firme de discusión o de enseñanza católica en torno al amor humano y a la pareja que no derive del supuesto de que la heterosexualidad y la bondad del matrimonio son universales. Habría, por lo tanto, que prestar atención a cualquier autoridad eclesiástica que decidiera abordar la cuestión gay reconociendo la bondad que puede emanar de ella, porque lo haría sin ningún soporte de las fuentes usuales –textos patrísticos, decretos conciliares, respaldo de obispos, pronunciamientos papales–. No hay precedente obvio. El fulcro de lo nuevo realmente revela el vacío de lo viejo.

La tensión

Nos enfrentamos, en consecuencia, a una situación para la que nuestras autoridades eclesiásticas no tienen precedentes ni categorías preconcebidas. Si podemos evitar la tentación de rivalizar con ellas y, más bien, las ayudamos, podremos entonces atender a lo divertido de ser católico. Es decir, atender a la advertencia de que serlo no consiste tanto –como nuestros representantes más asustados proclaman– en adherirse, contra viento y marea, a una serie de definiciones, cuanto en aprender una manera específicamente católica de navegar creativamente y explorar un mundo muy cambiante. El catolicismo es mucho más el “cómo” que el “qué”, una afirmación que la enseñanza del Papa Benedicto ha enfatizado recientemente en formas más o menos sutiles. Cuando, por ejemplo, en su encíclica Caritas in Veritate afirma la relación entre verdad y caridad,7 comprendemos que algo que pretende ser verdadero pero no es caritativo, no es realmente verdadero. Al mismo tiempo, algo que pretende ser amante, pero se funda en la falsedad, no es realmente amor. Así, el catolicismo se encuentra en la tensión entre la verdad y el amor, una tensión que nos conduce al descubrimiento simultáneo de lo que realmente es verdad y de lo que realmente es amar, una tensión que nos arrastra a convertirnos en algo más grande y más humano que nosotros mismos.

Otro aspecto de ese singular y específicamente católico “cómo” que Benedicto enfatiza con insistencia al hablar de la manera en que fe y razón se purifican una a otra implica que la fe, lejos de imponernos una lista de cosas que deben sostenerse como verdaderas, al margen de la realidad, nos permite evitar el miedo de haber sido traídos a un mundo más grande del que habíamos imaginado. La fe nos desafía a ejercitar nuestra razón porque nos permite confiar en que, con el tiempo, y a través del su uso, Dios nos mostrará la bondad que hay en la verdad. De hecho, Benedicto –más allá de lo que sus defensores y detractores permiten ver– parece estar silenciosamente persuadido de que su trabajo consiste en recordar a la gente que el catolicismo estriba en el estilo característico con que sobrellevamos juntos los cambios.

Este, creo, es el reto que tenemos ahora, un reto que, como a menudo digo, me parece divertido: ¿nos atreveremos a ser católicos, sin rivalizar con nuestras autoridades, agradecidos de que estén ahí, pendientes de sus limitaciones y a la vez encantados de que comiencen a hacerse cargo del nuevo descubrimiento que acompaña al término “gay”? ¿Nos daremos permiso de ponernos en condiciones de descubrir formas en las que Dios es mucho más para nosotros de lo que habíamos imaginado, de reconocer que Dios quiere que seamos realmente libres y felices, y que nos regocijemos en la verdad, mientras nos situamos entre los más débiles y los más vulnerables de nuestros hermanos y hermanas dondequiera que los encontremos? ¿Nos permitiremos descubrir, para el catolicismo, el potencial de riqueza que reluce en la pequeña palabra “gay”?

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1 Punto que sirve de apoyo a una palanca para transmitir una fuerza y un desplazamiento. [N. del T.].
2 La expresión non-denial denial se acuñó para el escándalo de Watergate. Se refiere a una negación equívoca y se utiliza para designar la declaración oficial de un político que rechaza el reportaje de un periodista de tal forma que deja abierta la posibilidad de que el contenido del reportaje sea verdadero.
3 El gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford, desapareció durante cinco días a finales de junio de 2009. El caso era singular porque ni siquiera su esposa sabía dónde estaba. Su gabinete difundió que la ausencia del gobernador se debía a que había ido a practicar senderismo en los montes Apalaches. El propio gobernador, a su regreso, confesó haber hecho algo “más exótico”: había ido a visitar a su amante argentina en Buenos Aires. La “escalada de los Apalaches” le costó la presidencia de la Asociación de Gobernadores Republicanos.
4 Así se llama a las personas heterosexuales en el argot gay.
5 La ley del silencio o el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre delitos considerados asuntos que incumben a las personas implicadas. [N. del T.].
6 Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales. Homosexualitatis problema, Congregación para la Doctrina de la Fe, 1 de octubre de 1986, parágrafo n. 3.
7 Caritas in veritate, Benedicto XVI, § 2-4.
Por James Alison
Traducción de Juan Manuel Escamilla

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Teología católica de la homosexualidad I

Hace casi un mes decidí empezar con este blog para recopilar y compartir material católico para homosexuales. Estoy seguro que no todo es homofobia al interior de la Iglesia, sólo creo que como ni la ciencia ni la fe han sabido explicar concretamente lo que es nuestra condición de hombres amando a otros hombres o mujeres amando a otras mujeres la mayoría de los sacerdotes, obíspos, teólogos y seglares al ser tan humanos como los demás sienten miedo por lo que no conocen y entonces empiezan los ataques que nos injurían y que sin darse cuenta también atentan contra la palabra del Dios que predican.

En el poco tiempo que llevo leyendo e investigando sobre esto me he encontrado cada vez más con más y más fuentes católicas romanas que avalan la homosexualidad y, como a los homófobos les gusta llamarlo, al homosexualismo, y lo legitiman desde la perspectiva de la Biblia y la Tradición. Voy a compartirles en las próximas entradas la biografía de tres teólogos católicos y abiertamente gays que han estudiado la Biblia desde una perspectiva gay y han encontrado noticias que podrían perturbar al mismo Papa en San Pedro.

El primero de ellos es James Alison, de quien ya tengo citada en este blog su carta a un joven católico gay. Esta es su biografía:

Teólogo inglés, convertido al catolicismo. Ha sido dominico, es presbítero. Ha venido realizando una intensa labor de catequesis y presencia cristiana en Inglaterra y América del Sur (Brasil, Chile) y entiende su tarea intelectual como un intento de elaborar, desde el evangelio y al interior de la iglesia, un tipo de teología que esté abierta a los diversos tipos de amor (entre ellos el amor gay), a la luz de la experiencia liberadora y gozosa de Cristo.Su primera obra traducida al castellano fue Conocer a Jesús. Cristología de la no-violencia (Salamanca 1994), y en ella desarrollaba una visión no-sacrificial de la religión, apoyada en R. Girard. Después ha publicado El retorno de Abel. Las huellas de la imaginación escatológica (Barcelona 1999), insistiendo en el mismo argumento, pero fijándose sobre todo en la experiencia pascual y en la superación de diversos tipos de imposición sacrificial, sobre todo aquella que se ejerce sobre personas que tienen orientaciones afectivas y sexuales distintas de las oficialmente establecidas. Ese argumento está en el centro de Una fe más allá del resentimiento. Fragmentos católicos en clave gay (Barcelona 2003). Alison ha desarrollado así una teología desestabilizadora para el orden oficial de la iglesia católica (más reservada ante el amor-gay), pero tranquilizadora para millones de personas.

La teología de Alison puede resultar desestabilizadora porque ha ido desmontando, desde el evangelio, los supuestos y bases culturales de un sistema de opresión, sobre el que se edifica una teología que pretende ser 'natural' (ser fiel a la naturaleza), pero que termina acusando a los gays de algún tipo de malformación o defecto (físico, psicológico o religioso). En contra de eso, Alison considera a los gays y lesbianas como personas normales y especiales, en un mundo donde todos somos especiales y distintos, debiendo trazar nuestra identidad desde la diferencia personal. A fin de poner de relieve la dignidad y el valor personal de los gays, Alison ha estudiado el tema de otros colectivos que han sido marginados a lo largo de la historia cristiana, desde la perspectiva de algunos textos muy significativos de la Biblia: el ciego de nacimiento de Jn 9, Jonás en Nínive, las 'diferencias' de Ezequiel, las polémicas de Jesús en Jn 8, etc. Este ejercicio teológico le sirve para superar las bases de un cristianismo y de una iglesia edificada sobre estructuras clasistas, impositivas y moralistas, situándose en el lugar donde el evangelio vincula a todos los hombres y mujeres ante la gracia creadora de Dios.

La obra de Alison es, al mismo tiempo, muy tranquilizadora, porque intenta y consigue superar el nivel del resentimiento y el desquite, es decir, del juicio y la revancha en que se sitúa una parte considerable de la tradición eclesiástica. No echa la culpa a otros, no se limita a invertir la situación, condenando a los antes condenadores y absolviendo a los antes culpables. Al contrario, ella ofrece para todos, gays y héteros, hombres y mujeres, clérigos y laicos, unos espacios de fraternidad abierta, desde los últimos de este mundo, en línea eucarística. En este contexto, ella puede presentarse como expresión de una experiencia ecuménica en el amplio sentido de la palabra, ella aparece como un testimonio de la dignidad personal de los gays y como una protesta contra todo tipo de discriminación sexual, matrimonial o ministerial que se establece en contra de ellos, desde el valor radical de la persona. De todas formas, a pesar de su importancia, el conjunto de la obra de J. Alison deja abiertos algunos temas significativos, que deben seguir estudiándose en la línea que él ha iniciado, a partir del Evangelio de Jesús, leído con la ayuda del pensamiento no-sacrificial de R. Girard. Hay que estudiar mejor el sentido de la paternidad-maternidad en perspectiva no patriarcal, para expresar así el don de la vida.

La recuperación cristiana del amor gay puede y debe de ayudarnos a entender otras formas de amor, incluso heterosexual, desde la perspectiva del nacimiento y educación de los hijos. También es importante vincular el amor gay con la experiencia del enamoramiento místico, en la línea desarrollada, por ejemplo, por San Juan de la Cruz. En el momento actual de la Iglesia católica debe relacionarse el amor gay con los ministerios eclesiales. Alison no ha planteado de manera expresa el tema, aunque ese tema ha sido uno de los que ha marcado con más fuerza su vida en los últimos años (y la vida de la Iglesia). En el fondo de Alison hay una opción preferencial por los diversos tipos de “pobres”, pero él no ha explicitado todavía esa opción en un modo ecuménico, en diálogo con otras culturas y religiones; quizá la defensa del amor gay puede ser un camino de comunión y ecumenismo que se debe explorar en el futuro.

Otras obras: On Being Liked (London 2004); Undergoing God: Dispatches from the Scene of a Break-In (London 2006); Stricken by God? Nonviolent Identification and the Victory of Christ (edición de B. Jersak y M. Hardin, London 2007).

domingo, 8 de agosto de 2010

Carta a un joven católico gay

Carísimo:


¡Qué privilegio es tener la oportunidad de escribir una carta cuyo destinatario eres tú! Y lo es hasta el punto de que me gustaría saborear durante un instante la palabra “tú” y pedirte que consideres la novedad que entraña, lo abierta que es como forma de dirigirse a otro.

¿Con cuánta frecuencia se han dirigido a ti con la palabra “tú” en una publicación católica? No me refiero a la palabra “tú” en sentido débil, reducida a un verbo en segunda persona singular, como cuando en un anuncio se pregunta “¿Has considerado la posibilidad de seguir una vocación al sacerdocio o a la vida religiosa?”. Porque, en realidad, esos anuncios no quieren decir “tú”. Lo que en realidad quieren decir es “alguien que es como tú en todos los aspectos, pero que casualmente resulta que no es gay, o al menos sabe disimularlo muy bien”. Normalmente, cuando se plantea una discusión acerca de cuestiones gay en publicaciones católicas, el estilo rápidamente se vuelve poco espontáneo y aparece un misterioso “ellos”. Este “ellos” parece vivir en un planeta distinto de aquel en el que tú vives. Quienquiera que hable de “ellos” está, de hecho, en otro planeta, en un planeta donde una extraña falta de oxígeno hace imposible el uso de los pronombres “yo”, “tú”, “vosotros”, “nosotros”. Cuando alguien sí empieza a utilizar dichos pronombres, te das cuenta rápidamente de que lo único que le da la libertad para hacerlo es ser heterosexual y lo bastante sincero como para decir que en realidad no entiende de qué va todo este asunto.

Tal vez hayas intentado hablar informalmente con un sacerdote sobre lo que supone ser católico y gay, o incluso con un obispo, que, según tu olfato para detectar si alguien es gay, podría ser “familia”, y habrás notado cómo, pese a sus buenos deseos de ser amigables, ha aparecido en su voz un freno escondido. Una especie de orden interna de refrenarse entraña que, cuando dicen “tú”, puedes captar que el “yo” que está hablando ha pasado a modo de ocultamiento, ha pasado a ser oficial de algún modo, y el “tú” al que habla no está siendo llamado a ser, sino designado de algún modo con la etiqueta “Manéjese con extrema precaución”. Hay un “pero” flotando en el fondo de esa voz y que habla tan fuerte como cualquiera de las cosas que dicen, porque dicho “pero” dice “tú, pero no tal como eres”.

Y aquí estamos, leyendo una publicación católica, parte de esa enorme y fantástica red de comunicación mundial que es uno de los gozos de ser católico; y de algún modo se está permitiendo que suceda algo nuevo. Pues a ti, un católico que da la casualidad que eres gay (signifique esto lo que signifique), se te está dirigiendo como “tú” un católico que es capaz de decir “Yo soy un católico que da la casualidad que es gay, signifique esto lo que signifique”. Yo estoy recibiendo la autorización para hablarte a ti, que eres consciente de tener los comienzos de una biografía en la cual ser gay desempeña un papel. Y se me está ofreciendo la oportunidad de hablarte, no en razón de un cargo oficial, sino como un hermano, un hermano con cierta biografía que incluye ser un hombre abiertamente gay. Se me está dando la oportunidad de dirigirme a ti desde el mismo nivel en que tú estás, como uno que no sabe mejor que tú quién eres, y que ni siquiera sabe demasiado quién soy yo. Sin embargo, se ha producido algo novedoso. Se ha hecho posible que, en una publicación católica perfectamente normal que representa a la corriente mayoritaria, la palabra “tú” se pronuncie de manera abierta, de una manera que resonará creativamente (así lo espero) en tu ser, y que la pronuncie un “yo” cuyo tono se ha visto modulado y estirado por el hecho de vivir como hombre abiertamente gay dentro de la Iglesia católica.

Como todos los cobardes, cuando me vi enfrentado al privilegio de tomar parte en esta comunicación, mi primera reacción fue salir corriendo. Pues un privilegio es una responsabilidad. Y en este privilegio hay algo particularmente imponente, pues sólo hay Uno que puede dirigirse a ti como “tú” llamando a tu “yo” a ser sin reemplazarte ni avasallarte. Y ese Uno es nuestro Señor en persona. Y él obtuvo esa capacidad pasando por la muerte para ser capaz de hablarnos a ti y a mí haciéndonos ser, y de darnos a ambos un “yo” no regido ya por la muerte ni su temor. No hay nada facilón en ser capaz de hablar a otro como “tú” de una manera que llame a ser.

Cuando las autoridades doctrinales de nuestra Iglesia se acuerdan de sí mismos –lo cual suele suceder cuando están a la defensiva– señalan que lo que ellos llama el “magisterio” no puede sustituir nunca a la conciencia, sino que únicamente puede ser una voz junto a la tuya propia, al mismo nivel que la tuya propia, tan sujeta al aliento de nuestro Señor como la tuya propia. Una voz que te espolea, que te aconseja, que te ayuda a formar tu conciencia, y nunca una voz que ahogue tu voz para que aceptes la suya en lugar de pasar por la dura labor de permitirte a ti mismo recibir la tuya propia. En esto tienen mucha razón. Y yo no tengo derecho a ser en absoluto menos cuidadoso que el magisterio a la hora de hablarte.

¿Sabes?, la diferencia entre mi tentativa de dirigirme a ti como “tú” y la del sacerdote o el obispo con el “freno”, con el “pero” fruncido en el fondo de su voz, no es que él sea un hipócrita y yo no, que él se sienta sometido a presiones sociales y yo no. No, yo soy igual de hipócrita que él, y estoy igual de sometido a presiones sociales. También hay un “pero” en el fondo de mi voz, aunque no tiene que ver contigo. Sin embargo, sería poco sincero si fingiera que amar a la Iglesia como hombre gay no ha dejado algún desgaste en el fondo de mi voz. Las realidades que hacen que el sacerdote o el obispo te hablen de manera tensa y poco natural son las mismas realidades que me fuerzan a pensar larga e intensamente acerca del modo en que voy a hablarte. Y tengo miedo de pensar lo deficiente que me encontrarías si pudieras hablar conmigo cara a cara en lugar de encontrarte conmigo a través de esta máscara que estoy tejiendo con palabras, palabras que puedo corregir, revisar y cambiar antes de que lleguen a ti.

Si existe una diferencia entre el tono de voz con el que te estoy hablando yo y el que estás acostumbrado a oír, es en gran medida accidental, o providencial, dependiendo de cómo lo interpretes. Por- que sí: tú tendrás que interpretarlo, tú tendrás que decidir si yo, que me dirijo a ti como “tú”, puedo hacer tal cosa sólo debido a alguna metedura de pata, a alguna rendija dentro del sistema, o si hay algo del Pastor en esta voz desprovista de autoridad que te habla, algo del Pastor cuya voz conoces, y de la cual no tienes miedo. No puedo pretender en absoluto ser en mi persona un canal de dicha voz. Ninguno de nosotros puede pretenderlo. Podemos abrigar la esperanza de ser utilizados, o ir preparándonos para ser utilizados. Sin embargo, sólo aquellos a los que se dirige cada uno de nosotros puede percibir quién es, qué mezcla de voces es, la que llega cantando a través de nuestras ondas.

Si existe una diferencia, permíteme confesar que se debe a un acto de terquedad, de rebeldía, por mi parte. A una negativa a creer algo. Ése es el “pero” que está en el fondo de mi voz. “... Pero no cabe pensar que el Dios que nos es revelado en Jesús pueda tratar a esa pequeña porción de la humanidad que es gay y lesbiana mandándole mensajes contradictorios, de la manera que la Iglesia ha acabado por hacer. De ninguna manera podría decir: ‘Te amo, pero sólo si te conviertes en otra cosa’, o ‘Ama a tu prójimo, pero, en tu caso, no como a ti mismo, sino como si fueras otra persona’; o ‘Tu amor es demasiado peligroso y destructivo, busca otra cosa a la que dedicarte’”. Y para un católico, un acto de terquedad o rebeldía no parece un punto de partida muy bueno. Suena satánico. A menos, naturalmente, que esta negativa a creer algo esté potenciada por una sensación tan intensa de la bondad de alguien que, si llegaras a creerle capaz de actuar de la manera que se le imputa, le estarías ofendiendo gravemente.

Puedes imaginar, igual que yo, a una esposa que se niega a creer en la culpabilidad que un tribunal debidamente nombrado, y un jurado formado por sus iguales, le imputan a su marido en relación con un fraude financiero. Todas las pruebas parecen apuntar en la misma dirección, pero, pese a ello, la esposa se niega con terquedad y rebeldía a creer que su marido pueda haber hecho tal cosa, aun cuando él mismo vacila a veces en su propia defensa, tal vez para eximirla a ella de la presión de tener que apoyarle. En algunas historias, el caso terminará con nuevas pruebas, o con un cambio de circunstancias, que exculparán completamente al marido, y se pondrá de manifiesto que la esposa tenía razón al negarse a permitir que su fe en la bondad de su marido se viera contaminada por la calumnia pública. En otras historias no habrá desenlace feliz, y una generación de circunstantes considerará que la esposa es una figura patética, desconectada de la realidad, tan inmersa en la negación que es incapaz de aceptar que su marido fue un sinvergüenza.

¡Bueno, no quiero darte gato por liebre! Yo soy esa esposa terca y rebelde, y la historia no ha terminado todavía. Ni yo ni tú sabemos si mi negativa a creer que Dios pueda tratar a la gente gay y lesbiana de la manera que los ancianos de la aldea y el tribunal local dicen que la trata es una negativa nacida de la fe en un amor que resultará ser verdadero, o es simplemente un signo de mi ilusoria huida a la irrealidad. Quienes te hablan con un freno en la voz saben perfectamente que es una cosa u otra, y se están tomando en serio tu seguridad, al no desear embarcarte en un viaje tan arriesgado.

No, no quiero darte gato por liebre. Pues invitarte a que te pongas en el lugar de esa esposa rebelde, y por tanto en el lugar de la vulnerabilidad y la incertidumbre, hasta que la historia llegue a su conclusión, no es algo que me resulte fácil. Es un lugar aterrador. Pues no puedo ofrecerte una resolución. No sé si no es un acto de arrogancia por mi parte, que viene a decir: “Es mejor atreverse a pasar por el miedo a que ser gay sea simplemente una mentira, una forma de autoengaño que no lleva a ningún sitio, confiando en que el Espíritu de Dios disipará el temor, dejará patente que el temor es un espejismo, me posibilitará crecer como un niño haciéndole frente al temor; mejor eso que aferrarnos a la opinión de que el temor es por nuestra seguridad, para protegernos de un abismo de falta de sentido, y dejarnos guiar por el prudente ‘no’ de la tradición de la Iglesia”.

Como ves, ya no desprecio el “no” prudente. Solía hacerlo. Solía odiar la cobardía, la doblez y las mentiras. Pero ahora me doy cuenta del coste de salirse de eso, me doy cuenta también de lo cuidadoso que debo ser al dirigirme a ti. Pues, ¿quién de nosotros puede decir si lo que mueve nuestros hilos no será tal vez un deseo enfurruñado de heroísmo, y no el aliento del Señor que dice “Duc in altum!”, “¡Boga mar adentro!” (Lc 5,4)? Hacia allí donde los prudentes piensan que no hay peces que pescar, ni seres humanos dignos de amar con igualdad de corazón, sino sólo un torbellino de deseos confusos e irrecuperables. El coste de salirse del “no” protector, de creer que alguien pueda dirigirse a mí como “tú” sin ese temido “pero”, es encontrarme desnudo ante el Espíritu y más vulnerable que nunca a mi propio autoengaño. Y la única resolución tendrá lugar cuando la pesca empiece a llegar, y eso tal vez no sea durante mi vida, o la tuya.

No, no quiero fingir que ser un católico abiertamente gay sea algo fácil u obvio. No lo es. Para empezar, el mero hecho de que desees leer una carta como ésta es un signo de cuántos obstáculos has tenido que superar ya. Tal vez hayas afrontado el odio y la discriminación en tu propio país, por parte de miembros de tu familia, en el colegio, en manos de legisladores ávidos de votos fáciles, con titulares de periódico chillones que laceran tu alma y ante cuya mirada te quedas sin habla en tu propia defensa. Y probablemente hayas advertido que, en el mejor de los casos, la Iglesia que se llama, y es, tu Santa Madre ha guardado silencio acerca del odio y el miedo. Aunque con demasiada frecuencia sus portavoces se habrán rebajado a la categoría de políticos mediocres, prestando su voz al odio al tiempo que afirman defender el amor. El hecho mismo de que a través de todas estas voces llenas de odio, en medio de ellas y pese a ellas, hayas oído la voz del Pastor que te llama a ser de su rebaño es ya un milagro mucho mayor de lo que imaginas, y te prepara para una obra más sutil y delicada que lo que dichas voces podrían llegar a concebir.

Compartirás en todo el desprecio que el mundo moderno siente por la Iglesia católica por mantenerte firme en la fe que se te ha dado –se considerará que tienes poco que ofrecer que merezca la pena–. Y por ser católico estarás siempre a punto de ser considerado una especie de traidor a cualquier proyecto que tus contemporáneos intenten llevar a cabo. No hay en esto ninguna sorpresa: así son las cosas. Sin embargo, tú tendrás que afrontar algo más, pues también serás considerado una especie de traidor dentro de la Iglesia. “No es uno de nosotros más que a medias.” Y ciertamente no serás alguien que pueda representar públicamente a la Iglesia, ser parte visible del signo que conduce a la salvación. Y, ¿cómo podría ser de otro modo? Pues si ser gay es un defecto de creación, como se afirma, el único signo de gracia vinculado con ser gay sería la eliminación de tal condición de aquello que hace que tú o yo seamos.

No te sorprendas, pues, de que sean considerados leales y dignos de confianza quienes siguen toda pista psicológica falsa que imaginarse pueda con vistas a encontrar respaldo científico para la afirmación de que ser gay es una patología. Serán considerados “un signo de contradicción”, de no sucumbir al espíritu de la época. Tú, en cambio, serás considerado un mal católico, si es que se te llega a considerar católico en absoluto. Pues, mucho después de que los grupos evangélicos que dieron origen a la “terapia reparadora” y al movimiento “ex-gay” hayan dejado atrás estas posiciones, y sus dirigentes se hayan disculpado por descarriar a la gente, tales ideas encontrarán adeptos y partidarios católicos, puesto que halagan la actual doctrina de la Iglesia. Pero no tengas miedo a esas ideas ni odies a quienes las propagan. Son hermanos nuestros. El hecho mismo de que estos hermanos entiendan que, si la doctrina de la Iglesia es verdad, debe tener alguna base en el ámbito empírico de la naturaleza significa que, en última instancia, lo que nos hará libres será la prueba de lo que es verdad en ese ámbito. Ésta será mayor que lo que tú, yo o ellos podemos imaginar en este preciso momento, y nos liberará a todos.

Pero, ¿qué pasa con el largo “entretanto”? Para ti, llamado por tu nombre, lo mismo que para mí, que estoy aprendiendo a recibir un “yo”, ser católico implica una vocación a algún tipo de ministerio, a una especie de actuación creativa, a una especie de imitación pública de la vida y muerte de nuestro Señor. Así pues, no quiero fingir: te encontrarás desempeñando un ministerio, lo mismo que yo mismo me encuentro desempeñando uno, sin ningún respaldo público por parte de la autoridad eclesiástica. Será como si no existieses. Tendrás que aprender a vivir en el silencio de no ser objeto ni de aprobación ni de desaprobación. Caerás fuera del campo de visión de los hombres y, si te pareces en algo a mí, desesperado por conseguir una mirada aprobatoria, experimentarás esto como una forma de muerte. Pues a cada uno de nosotros se nos da ser quienes somos a través de la mirada de otros, y nosotros respondemos a dicha mirada permitiéndole que nos dé ser quienes hemos de ser, y nos comportamos en consonancia. Así, caer a través del suelo hasta un espacio donde no hay mirada, ni aprobación, ni siquiera desaprobación alguna, es una cosa aterradora y arriesgada.

Pues, naturalmente, tal vez yo haya caído a través del suelo hasta el espacio donde no hay mirada alguna porque me he encerrado en mi propio orgullo y autoengaño. En ese caso, no encontraré nunca una mirada, pero bailaré al ritmo de ese engaño, pensando hasta que llegue la muerte que soy muy santo y especial. Ahora bien, si estoy siendo conducido por el Espíritu de Dios, el lugar donde no hay mirada alguna puede convertirse en el espacio donde soy encontrado en la consideración de Dios. Y esto lo experimentaré como una “nada” que me rodea enteramente, y sólo los demás percibirán, tal vez, que hay un “yo” que está siendo llamado a ser por Uno cuyos ojos no puedo ver, pero que puede verme, cuyo aliento no puedo sentir, pero que me sostiene. Y, por supuesto, los demás no entenderán necesariamente más que yo eso que ven que está naciendo.

¿En qué podrías estar embarcándote? Permíteme ponerte una analogía. No sé si tienes los años suficientes para recordar la guerra fría. Ni tampoco si la guerra fría tuvo repercusión suficiente en la parte del mundo donde vives como para haber causado impresión en ti mientras crecías. Uno de los productos derivados de la guerra fría fue un género literario y cinematográfico de historias de espías, cuentos de intriga y vida clandestina protagonizados (en los casos peores) por buenos contra malos y, en los casos algo más raros, y mejores, por personas moralmente ambiguas a ambos lados de la divisoria OTAN-Bloque del Este.

Intenta imaginarte como un agente de uno u otro bando –desde mi perspectiva es muy fácil imaginarme como un agente occidental profundamente infiltrado en países comunistas–. Ahora imagina que hace mucho tiempo recibiste tus instrucciones de la dirección del organismo que iba a “llevarte”, y se te asignaron “adiestradores” para tu misión. Así, confiado en que ibas a estar respaldado por ellos, te zambulliste en tu trabajo, empezando a construir un círculo, pequeños signos del reino al que sirves, en medio del territorio enemigo. Luego imagina que sucede algo extraño, que se produce una especie de golpe dentro del organismo que te envió, un cambio de directrices, y que todas las personas que te habían “adiestrado”, conocido y preparado son retiradas discretamente. De manera que te encuentras sin línea directa con nadie del organismo en la retaguardia. Eres profundamente clandestino y de repente estás sin cobertura, sin respaldo, sin recursos, sin reconocimiento siquiera. Hasta el punto de que los nuevos agentes enviados por el organismo ni siquiera saben de tu existencia, y probablemente la desaprobarían categóricamente, puesto que, si eres quien dices ser, formas parte de una táctica pasada, y actualmente desacreditada, frente al “territorio enemigo” en el cual hace mucho tiempo que pasaste a la clandestinidad. Por supuesto, hay personas en el organismo que tal vez sepan de ti, pero que ya no pueden permitirse decirlo. Pues el hecho de manifestar que tienen contacto contigo pondría en peligro su propia posición dentro del organismo. Dicho en pocas palabras, te encontrarías con que te habías convertido en un ser inexistente. “No existe en nuestro registro, señora” es la respuesta dada a cualquier indagación llevada a cabo en el cuartel general por alguien lo bastante necio como para afirmar que te ha conocido. La “negabilidad creíble” es el aceite lubricante con el que la agencia funciona.

¿Qué puedes hacer? Tú sigues trabajando fielmente, enamorado del proyecto para el cual fuiste enviado al principio. Pero las comunicaciones se han vuelto gravemente incompletas. Puedes oír en la radio las declaraciones oficiales del organismo. Puedes leer entre líneas el “verdadero” significado de lo que en ellas se dice, pero tú no existes, no tienes línea de comunicación con el cuartel general, no eres nadie. Así las cosas, ¿permitirás que tu ira y resentimiento ante el trato que recibes del organismo te haga dejar de trabajar en el proyecto para el que al principio fuiste llamado y adiestrado? ¿O amas el proyecto de tal manera que estás dispuesto a amar al organismo que ahora te odia, confiando en que, al final, las cosas saldrán bien? Amar al organismo cuando éste te ama es bastante fácil, pero ¿y amarlo aun en el tiempo en que reniega de ti? ¡En ese momento está ahí el dedo de Dios!

Es en este punto donde te instaría, como me insto a mí mismo, a menudo con ánimo desfalleciente, a que veas el privilegio de lo que tenemos. Sí, hay una suspensión de la comunicación con un cuartel general que sólo sabe hablar de un “ellos” y nunca se dirige a un “tú”; sí, o no saben de nuestra existencia, o necesitan la negabilidad creíble para su propio beneficio; pero mientras tanto aquí, en medio de territorio enemigo, podemos seguir edificando, no sólo un pequeño rinconcito de una estructura defensiva, sino la Iglesia católica como tal –toda entera, completa–. Y curiosamente, con menos injerencias por parte de entrometidos que las que se producirían si las líneas de comunicación estuvieran abiertas. Así pues, ¿nos atrevemos a hacer que nuestro amor se extienda edificando sin aprobación, mientras esperamos con ansia el día en que caiga algún muro de Berlín, y la comunicación quede restablecida? ¿Eres capaz de asumir la responsabilidad de eso? ¿Eres capaz de perseverar?

“¡Esto va para largo...!” Éste fue el sabio consejo que me dio uno de mis formadores, uno de mis adiestradores, que además de ser gay es historiador. Él me decía, como yo te estoy diciendo a ti, que el proceso de ajuste a la verdad en este ámbito va a llevar un tiempo muy, muy largo. Y sólo se producirá si gente como tú y yo estamos dispuestos a amar el proyecto sin que nos importe la agitación producida dentro del organismo, si somos generosos en dar tiempo a los adiestradores para reunir la valentía para buscarnos y hablarnos como a colaboradores. Una de las cosas que nos mantendrán en marcha es que podemos seguir volviendo a esos extraños lugares de encuentro de la guerra fría, los buzones de comunicación entre espías, donde muy tranquilamente, a partir de textos antiguos y con pan y vino, nuestro formador original y primer adiestrador, Aquel que primero dio vida al proyecto para nosotros, infundirá en nosotros valentía, fuerza y perseverancia, mientras el actual sistema realiza maniobras de distracción, creando un ruido lleno de sinsentidos, pero sin conseguir a la postre acabar con el antiguo código.

¿Quién sabe, amigo mío, si esta oportunidad de comunicarnos se repetirá? ¿Quién sabe si esto no es más que una irregularidad momentánea en el éter, si los bloqueadores de las ondas de radio católicas conseguirán impedir otro diálogo abierto entre un “yo” católico y un “tú” católico, ambos casualmente gays? ¿O si no habrá algún deshielo en el permanentemente helado terreno eclesiástico, y la charla se hará mucho, mucho más fácil? De una manera u otra, déjame decirte lo que he descubierto en mis años como clandestino en territorio enemigo: no estás solo, y Sus promesas son ciertas.

Un gran abrazo de tu hermano,

James

Teólogo católico James Alison