“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)
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lunes, 15 de agosto de 2011

Carta abierta de un homosexual católico al Papa

Querido Padre:

Dentro de unos días estará en mi país encontrándose con jóvenes católicos de todo el mundo. Su venida no me deja indiferente. Yo, como cristiano católico reconozco en su persona “el fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión” (L. G. 18). Por eso, para mí como creyente y español, su venida es un motivo de gozo y de afianzamiento en la fe que hemos recibido de los apóstoles y que sigue anunciándose a todos los hombres a través de su Iglesia.

Perdone el atrevimiento en mis palabras, al querer hablarle con sinceridad y franqueza. Creo firmemente como dice el Concilio que “es función de la jerarquía eclesiástica apacentar al pueblo de Dios y llevarlo a los mejores pastos” (L. G. 45) y que, “es deber de los fieles, acoger con prontitud lo que los sagrados pastores, representantes de Cristo, decidan como maestros y jefes en la Iglesia” (L. G. 37). Pero de la misma manera no olvido otro párrafo que dice que los laicos “hemos de manifestarles nuestras necesidades y deseos con la libertad y confianza que deben tener los hijos de Dios y hermanos en Cristo… tienen el derecho e incluso algunas veces el deber de expresar sus opiniones en lo que se refiere al bien de la Iglesia… siempre con sinceridad, con valentía y prudencia, con respeto y amor, a aquellos que por su función sagrada representan a Cristo” (L. G. 37).

Querido padre, yo soy homosexual, se lo digo con franqueza pero sin vergüenza. Desde hace unos años, ningún debate después de los debates de la esclavitud en el siglo XIX se ha visto la Iglesia en una cuestión tan problemática, candente y divisoria como la orientación sexual. Usted mismo no ha cesado de pronunciarse siempre que tiene ocasión contra nuestros derechos, convirtiendo este tema, según muestras sus palabras en una de las preocupaciones más importantes de su pontificado. Yo he escuchado con dolor sus palabras y por eso voy a hablarle con sinceridad y valentía, porque me perece que en sus manifestaciones está representado todo el miedo eclesial hacia un cambio social, cultural casi me atrevería decir, al que la Iglesia actual no sabe como hacer frente. Durante siglos la Iglesia ha sido la principal institución que ha legitimado la discriminación contra las lesbianas, los gays y las personas bisexuales en la cultura occidental. Pero al mismo tiempo la Iglesia ha representado a través de la vida clerical y de la vida religiosa la alternativa “oficial” al matrimonio heterosexual impuesto como normativo y exclusivo en Occidente.

Usted, es un intelectual, y yo, que soy un aficionado, un creyente, que busca la voluntad de Dios quiero compartir algunos puntos de vista distintos. Creo que no me negará que las fuentes principales de la Revelación cristiana son la Escritura, la Tradición, la razón y la experiencia.

Respecto a la Biblia sólo hay que decir que la Biblia no podía conocer la orientación homosexual, sino simplemente los actos homosexuales, pues la orientación sexual es algo que se empieza a descubrir en el siglo XIX.

Pero la Escritura va más allá del ofrecimiento de normas de conducta específica, sino que nos empuja hacia la transformación de nuestras vidas sexuales de forma que respondan a la irrupción del Reino del Dios de la Gracia. Respóndame, padre, como teólogo, como papa, y como cristiano, ¿es pecado amar? ¿Porque entonces se me condena cuando no llevado por la lujuria, sino como respuesta a mi naturaleza que me lleva a buscar la complementariedad afectiva en un semejante, me abro a un amor puro, generoso y también fecundo? Sí, fecundo, porque la fecundidad no sólo está en la “producción”, sino también en los frutos espirituales del amor, pues el amor es siempre fecundo.

La tradición de la Iglesia, que supuestamente siempre nos ha condenado, ha de ser revisada desde una valoración positiva de la sexualidad. Los que no son célibes, saben muy bien, que la procreación no encierra la plenitud ni agota el significado cristiano del sexo genital. Eso sucede en los animales, pero no en la sexualidad humana, que es mucho más rica por deseo expreso del mismo Creador. Cuando se ve en el sexo tantas sospechas, el sexo no procreador se convierte en la cumbre de un instinto pecaminoso. Piensan los que así ven el sexo, entre ellos, usted, padre, que el sexo de los homosexuales es el incumplimiento deliberado del orden natural que, a su vez, socava la sociedad. Pero esto no es más que la expresión del miedo que los heterosexuales y la ética patriarcal, de la que la Iglesia es la mayor garante y la más beneficiada, tienen hacia las relaciones homosexuales, que son puramente gratuitas, basadas en el amor, y la entrega mutua, en la que dos varones o dos mujeres pueden entregarse sin los estereotipos de dominación- sumisión, sino como reciprocidad gratuita. Los nuevos conocimientos sobre la sexualidad humana, y concretamente sobre la orientación homosexual invitan a una revisión de los antiguos principios, a un mayor esfuerzo de coherencia en su aplicación y a un recurso más frecuente y creativo, a la virtud de la prudencia. A fin de cuentas, esta virtud moral ha de considerar los matices aplicables al juicio concreto de discernimiento sobre los valores que entran en conflicto en cada situación.

Usted es de la opinión que somos enfermos, personas que no han llegado a una madurez plena de su personalidad. Pero las ciencias humanas han clarificado de un modo significativo la naturaleza compleja de la orientación sexual. Llamarnos enfermos hoy día, es como seguir creyendo que la tierra no es redonda o que el sol gira alrededor de la Tierra, aunque la Biblia haga entenderlo así, y la Iglesia así lo defendió para ser, según creía, aunque erróneamente, fiel a la Palabra de Dios.

Mi propia experiencia personal me ha llevado a sentirme y saberme amado y querido por Dios en mi condición sexual. Y por otro lado, he tenido la suerte de acompañar a muchos hermanos míos, que después de haber durante años intentado vivir según la doctrina de la Iglesia en esta materia, han terminado destruidos, profundamente heridos, cuando no, aborreciendo de Dios e incluso intentado acabar con su propia vida. Seguir a Jesucristo siempre es fuente de vida, pero cuando un homosexual quiere vivir de acuerdo a la doctrina de la Iglesia termina en la muerte, la desesperación y el resentimiento. Esto, padre, no puede venir de Dios. Gracias a Dios, cada día más homosexuales católicos, pasan de la experiencia del infierno a la vida, cuando se descubren amados por Dios, y bendecidos por la Él en la realización de sus vidas como creyentes homosexuales y experimentan el poder amar a otra persona de su mismo sexo, sin remordimientos y sin angustias.

Yo soy hijo de la Iglesia, pero no puedo dejar de decirle esto. Le anuncio lo que he visto y oído, lo que he vivido. Soy homosexual, es mi natural, y estoy absolutamente feliz de serlo. Soy católico y sufro sus palabras, y creo que también sus equivocaciones. No nos tenga miedo, padre, con nosotros, viviendo nuestra sexualidad como un don de Dios puede entrar en la Iglesia un sano escepticismo frente a una interpretación rígida de la naturaleza y a favor del valor del sentimiento frente a esas mentes cuadriculadas que sólo ven al hombre de un color, secándoseles así el corazón, incapaces de reconocer la diversidad y la diferencia como un don del Dios Trinidad y diverso. NO siga, padre, cerrando la Iglesia a la maravillosa creatividad de Dios, Padre de todo lo que existe, también de nosotros, los homosexuales. Voy a ser duro, pero muchas veces el amor sano y puro, que Dios pone en el corazón de dos hombres y dos mujeres, es emponzoñado, ensuciado, y convertido en impuro por sus palabras. A cuantos jóvenes homosexuales, he tenido que anunciar el amor de Dios en sus vidas, y a cuantos he visto salir de la muerte cuando han podido amar a Dios y a sus parejas, sin sentirse culpables, sucios, manchados. No siga, Padre, manchando el amor; llamando pecado a lo que es don de Dios; extendiendo el miedo a los que quieren ser libres para amar.

Quiero ser hijo de la Iglesia; en ella he nacido y en ella quiero morir. En la carta que nos escribió a los jóvenes con motivo de la JMJ, nos dice algo muy bello: “Cuando comenzamos a tener una relación personal con ÉL (Jesucristo), nos revela nuestra identidad, y con su amistad la vida crece y se realiza en plenitud”. Así lo he vivo yo como homosexual. Cristo ha iluminad mi vida, me ha revelado mi identidad como un don de su amor, y va creciendo a su plenitud”. Seguir la doctrina de la Iglesia, la que usted nos propone, muchas veces es un camino más fácil; así no tenemos que sufrir las incomprensiones sociales, la discriminación ni el rechazo, ni soportar el dolor de nuestras familias, y así se cumplen sus mismas palabras cuando dice: “os presentarán caminos más fáciles, pero vosotros mismo os daréis cuenta de que se revelan como engañosos, no dan serenidad ni alegría”. Pues eso es lo que pasa, cuando un homosexual quiere vivir según la doctrina de la Iglesia. Su vida se convierte en un infierno, y Dios en un juez terrible que ha condenado a una persona a vivir siempre sola, sin amor, y sin realizar su vida al lado de otra, en una complementariedad auténtica de donación mutua.

Santo Padre, usted vive fascinado por el mundo de las ideas platónicas, de las esencias de un mundo ilusorio creado para evadirnos de nuestra propia realidad. Es hora de que baje de ahí y así pueda bajar la Iglesia dejando así de tener miedo a la modernidad. Podría así ayudar a evitar tantos prejuicios que se han ido acumulando en la religión cristiana acerca del hombre considerando en él sólo lo que la cultura o la religión han definido como su esencia, un hombre teórico, ideal, en vez de comprender al hombre natural, completo, con todas sus complejidades.

No es mi intención ofenderle, sino expresarle con respeto y confianza lo que siento. Y manifestarle desde la realidad que es muy fácil creer que hacemos el bien, cuando lo que hacemos es hacernos cooperadores del mal y enemigos del Reino de Dios. Así lo hicieron en su día los Sumos sacerdotes, auténticos ministros de Dios, que llevaron a la muerte al Hijo de Dios, creyendo que así cumplían y hacían cumplir la Ley del mismo Dios.

Los homosexuales católicos necesitamos y queremos seguir viviendo nuestra fe en la Iglesia. Queremos que sus pastores nos propongan un camino de vida, en la que viviendo nuestra realidad podamos llegar a la plenitud en Cristo. La experiencia, padre, nos ha enseñado que el camino propuesto hasta ahora, de renunciar a vivir el amor, en una castidad para la que muchos no son llamados, sólo engendra muerte, pero no sólo muerte espiritual, sino también el suicido o el sinsentido que a veces es peor. Necesitamos que la Iglesia nos proponga un camino de realización cristiana que nos lleve a una vida plena.

Beso su mano, santidad, y pido por los frutos espirituales de estos días, sin dejar también de pensar en tantos hermanos nuestros, que en África están viviendo una situación de muerte. Espero de corazón, que así como se compromete por activa y por pasiva en la negación de nuestros derechos, se comprometa de la misma forma en clamar contra esta injusticia que está sucediendo ante la pasividad de no sólo de tantos gobiernos, sino también de tantos cristianos.

miércoles, 27 de julio de 2011

La Iglesia y la homosexualidad: un nuevo "caso Galileo"

Con mucho gusto y agrado hemos recibido esta colaboración con la autoría de Juan Sánchez Núñez a través de nuestro hermano Víctor Eremita, administrador del blog "Católico libre". Muy ad hoc con una serie de correos electrónicos que hemos recibido y que poco vale la pena mencionar aquí. Un artículo de corte ecuménico, definitivamente, mas recordemos que uno solo es el Cristo, y una sola es su Iglesia, por lo que una sola es nuestra fe. Y no olvidemos que el Rin desembocó en el Tíber, y lo sigue haciendo.

Llevo mucho tiempo pensando en escribir este artículo, pero ha sido el extraordinario testimonio de una madre cristiana evangélica la que me ha terminado de convencer [Pág. 8 de Cristianismo Protestante Nº 55, Enero-Marzo 2010]. Su sufrimiento y, sobre todo, su esfuerzo por comprender y aceptar a su hijo, son extraordinarios, y nos muestran de lo que es capaz el amor.
 
Una madre de tres hijos, a los que ha educado en la misma fe, en los mismos valores, con el mismo amor, y que descubre asombrada el sufrimiento que durante años ha padecido uno de ellos por reconocerse y aceptarse homosexual. Exclama esa madre angustiada: evidentemente mi hijo no ha elegido ser homosexual, nadie elige el sufrimiento, nadie elige ser rechazado, despreciado, acusado de pecador, denigrado por ser un pervertido; nadie elige esta marginación y esta humillación.
 
Y tiene razón esta hermana nuestra. Nadie elige vivir siendo constantemente denigrado y despreciado; pero es más, querida hermana, y creo que esto es fundamental: nadie elige su condición sexual, ni el homosexual ni el heterosexual. Y esta afirmación es la que me gustaría desarrollar en este artículo, porque creo es clave para definirse en un sentido o en otro. Creo que el rechazo de esta afirmación es el que está haciendo que muchas iglesias sean miradas por gran parte de nuestra sociedad como atrasadas y sectarias, y consideradas como grupos de personas que ignoran los avances fundamentales de la ciencia.
 
Sí, y por ello he titulado así mi artículo, porque creo que lo que nos divide tan profundamente a las iglesias evangélicas en España en cuanto a la evaluación de la homosexualidad, no es lo que dice la Biblia, sino lo que dice la ciencia. Y en el fondo, nuestra postura a favor o en contra se define más por nuestro conocimiento científico que por nuestro conocimiento bíblico. De ahí que estemos, como indico en el título, ante un nuevo "caso Galileo".
 
Hoy en día nadie piensa que la tierra sea el centro del universo, y que el sol, los planetas y el resto de las estrellas giren a su alrededor. Quien afirma esto, simplemente es considerado un ignorante o un chalado. Y sin embargo, llegar hasta aquí ha costado muchísimo sufrimiento. Galileo fue condenado, no sólo por la inquisición de la iglesia católico-romana, sino también por las iglesias de la reforma, pues nadie estaba dispuesto a aceptar que la Biblia pudiera equivocarse, era la ciencia la que estaba en el error.
 
Ese conflicto nos ayudó a interpretar mejor la Biblia y a no ver en la ciencia a un enemigo de nuestra fe. Hoy en día nadie duda de que la tierra gira alrededor del sol; y nadie hace una lectura literal de los textos bíblicos que afirman lo contrario; se tiene en cuenta el género literario de los mismos y la naturaleza del lenguaje teológico, y se distingue muy bien el tipo de verdad que nos comunican, que es una verdad de salvación y no una verdad científica: no es cierto que el sol se detuviera [Josué 10, 13] para que Israel venciera a sus enemigos [en todo caso se tendría que haber detenido el movimiento de rotación de la tierra sobre su eje, cosa que ignoraba el autor del texto]; pero sí es cierto que Dios ha salvado a Israel y ha estado a su lado de manera extraordinaria en todas las circunstancias adversas de su historia.
 
Los Testigos de Jehová tienen otro "caso Galileo" con las transfusiones de sangre. Algunos hacen una lectura literal de los textos bíblicos referentes a la importancia de la sangre para la vida humana, en clara contradicción con lo que dice la ciencia actual: que la vida humana no está en ningún fluido corporal, sino en todo el cuerpo humano; una vida humana que es más que materia, es también y fundamentalmente espíritu. Y es que cuando se escribieron esos textos bíblicos, no se sabía que la sangre circulaba por el cuerpo, no se supo hasta muchos siglos después, y mucho menos se imaginaban los autores que podrían realizase transfusiones de sangre. Cuando salta a la sociedad una noticia en la que esa creencia ha puesto en riesgo alguna vida humana, genera un rechazo frontal y absoluto, y los testigos de Jehová son vistos como personas retrógradas, ignorantes y sectarias, con una visión de la vida totalmente desfasada y peligrosa.
 
Creo que con la homosexualidad estamos ante otro "caso Galileo". Y me explico. Hoy en día la ciencia médica, biológica, psiquiátrica, etc, nos dice que la homosexualidad es una condición sexual y no una opción sexual. Y esta distinción es fundamental. La homosexualidad no es una orientación sexual elegida por una persona, sino recibida por la misma, exactamente igual que la heterosexualidad. Hoy la ciencia nos dice que en la orientación sexual de una persona han intervenido factores genéticos, ambientales, sociales, educativos, etc. y que cuando esta orientación ha madurado, debe ser plenamente aceptada, sin ninguna reserva, para que sea posible un desarrollo equilibrado de la personalidad.
 
Esta visión de la homosexualidad es la que está detrás de las Leyes que distintos Estados han aprobado reconociendo igualdad de derechos a los homosexuales y permitiéndoles incluso el matrimonio. Leyes que ponen fin a una discriminación y a una persecución y desprecio que los homosexuales han soportado durante siglos. Hoy en día el homosexual es visto en nuestra sociedad como una persona, no como alguien que padece una enfermedad o ha hecho una opción sexual pervertida. Pensar así sólo es posible si ignoramos todo lo que la ciencia actual nos ha ayudado a entender de la homosexualidad.
 
La homosexualidad empieza a ser estudiada por la ciencia médica a finales del siglo XIX, y claro está, es vista como una patología, como una enfermedad, como una opción del individuo en contra de su naturaleza [Permitidme abrir un paréntesis. Hoy en día la ciencia nos dice que la homosexualidad es tan natural como la heterosexualidad, y que no sólo se da entre humanos, sino entre una gran diversidad de animales: delfines, ciervos, chimpancés, elefantes, aves, insectos, etc.].
 
Pues bien, la ciencia empezó estudiando la homosexualidad como una enfermedad, y han sido necesarios muchos estudios a favor y en contra, mucho debate científico, con amplia participación de todos los agentes sociales, de las iglesias, de distintas organizaciones de todo tipo, etc. para que cambiara radicalmente el modo de evaluar la homosexualidad. La primera asociación científica que eliminó a la homosexualidad de la lista de enfermedades, fue la prestigiosa Asociación de Psiquiatría Americana [APA]en 1974, y en su seno comenzó una "guerra" el sector minoritario para que volviera a incluirse en la lista de trastornos, patologías o enfermedades. No lo consiguió, al contrario, en 1986 fue ratificada esa decisión aprobada en 1974 por la mayoría de sus miembros.
 
A partir de los últimos años del siglo XX hemos asistido a declaraciones similares de diversas organizaciones científicas. La Organización Mundial de la Salud eliminó en 1990 a la homosexualidad de su lista de Enfermedades y otros Problemas de Salud; la Asociación Médica Norteamericana, la Asociación de Psicología Norteamericana, etc. han actuado de la misma manera. Pero no sólo los profesionales de la ciencia, sino que las leyes y los gobiernos de los países de nuestro entorno social y cultural, corroboran esta visión de la homosexualidad y adoptan las mismas medidas que la Organización Mundial de la Salud. Así lo hizo el Reino Unido en 1994, o la Sociedad China de Psiquiatría en 2001, etc.
 
En nuestra sociedad la homosexualidad es vista como una condición sexual, no como una opción sexual; y por lo tanto el homosexual tiene los mismos derechos y deberes que el heterosexual a la hora de vivir su sexualidad de una manera plena y enriquecedora. La condición sexual del homosexual no puede ser objeto de discriminación ni de menosprecio de ningún tipo, pues sería como discriminar o despreciar a alguien por el color de su piel o por su etnia. Creo que nuestra sociedad está horrorizada con la discriminación y la persecución que han sufrido los negros, los judíos, etc. por su condición étnica; al igual que todavía, en muchas sociedades, son menospreciados y marginados los homosexuales por su condición sexual.
 
Y ahora viene "la gran pregunta" de nuestras iglesias: ¿Y qué dice la Biblia?.
 
Y la respuesta es clara y rotunda: nada, absolutamente nada; la Biblia no dice nada de la homosexualidad, pues cuando se escribió desconocía que existiera. La Biblia no dice nada de la condición homosexual, como tampoco dice nada de la circulación de la sangre, ni dice que el sol gire alrededor de la tierra, a no ser en un lenguaje coloquial y no científico.
 
La Biblia no habla de la homosexualidad, la Biblia habla sólo de actos homosexuales, y además actos homosexuales vistos como manifestación y expresión de una actitud profunda del corazón, actos homosexuales que son fruto de la codicia y la lascivia del ser humano, no manifestación del amor y de la ternura entre dos personas. Cuando fueron escritos esos textos, ni siquiera podían imaginar sus autores que los actos homosexuales fueran, al igual que los heterosexuales, manifestación del amor y del compromiso entre dos personas.
 
Esto se ve claramente cuando los leemos en su contexto histórico; podemos comprobar entonces que en ellos se habla de los actos homosexuales, o bien como actos que transgreden las leyes de pureza del pueblo [Cf. Lv 15, 16-20 y Lv 20, 18 antes de leer Lv 20, 13, en donde se dicta pena de muerte, tanto al que tiene relaciones sexuales con mujer que tenga el periodo, como al que lo hace con otro hombre; la razón en el primer texto que cito, en el que se nos habla de la impureza del semen y de la sangre]; o bien como actos realizados en un contexto de egoísmo y autosuficiencia humana, de búsqueda de placeres extremos y de experiencias orgiásticas, de situaciones en las que los seres humanos desean transgredir todos los límites e ir más allá de lo conocido en una carrera desenfrenada tras el placer y la autosatisfacción.
 
Y este contexto bíblico hay que tenerlo muy presente a la hora de leer esos textos, pues resulta una gran injusticia utilizarlos para condenar los actos homosexuales de una pareja homosexual que se ama y se respeta; esa utilización sería equivalente a la de aquel que utilizara la condena bíblica de la promiscuidad y la prostitución para condenar los actos sexuales de una pareja heterosexual. Y no debe ser así, la Biblia tiene en gran estima los actos sexuales de aquellos que se aman y se respetan.
 
Me gustaría exponer brevemente lo que he dicho anteriormente, analizando el que considero más conocido, y el que de manera más amplia nos habla de los actos homosexuales en la sociedad greco-romana del siglo I, el texto de la carta de Pablo a los Romanos, en su capítulo 1.
 
Es claro el contexto en el que Pablo habla de estos actos: son manifestación de la arrogancia de los seres humanos, que en su rechazo del Creador han caído en la idolatría de sí mismos y en la adoración de sus propias obras, de sus cuerpos…, y «Dios los ha dejado a merced de sus bajos instintos, de modo que ellos se degradan a sí mismos. Este es el fruto de haber preferido la mentira a la verdad de Dios, de haber adorado a la criatura en vez de al Creador» [Vs. 24-25].
 
Los destinatarios de la carta sabían muy bien de qué hablaba Pablo. Tanto en Corinto, desde donde escribe Pablo, como en Roma, habían adquirido mucha fama los cultos de Mitra, Afrodita, Cibeles, etc. Contaban con muchos santuarios y un gran número de fieles que participaban en ritos orgiásticos con los sacerdotes y sacerdotisas de los mismos. En los actos de culto de estos santuarios era habitual mantener relaciones sexuales con los prostitutos sagrados y participar en actos tanto heterosexuales como homosexuales; es más, incluso era habitual que las sacerdotisas utilizaran elementos "fálicos" para penetrar a otras mujeres. Es este contexto el que tiene en mente Pablo cuando describe los actos homosexuales de sus contemporáneos.
 
Son manifestación de la idolatría, de un corazón entenebrecido que no ha reconocido a su Creador y «profesando ser sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» [Vs. 22-23]. Sí, los templos de estas divinidades estaban llenos de imágenes de dioses, diosas, gatos, chacales, cocodrilos, serpientes, Isis, Osiris, Anubis, etc.
 
Pablo está haciendo referencia a algo muy conocido en su medio ambiente, la polémica judía contra la idolatría y sus consecuencias. Algo que describe de manera muy similar el libro de Sabiduría en sus capítulos 13 y 14, libro que no está en las biblias protestantes pero si en las católicas, escrito unos siglos antes que la carta de Pablo y cuyo uso era habitual en aquella época.
 
Pues bien, es la idolatría la que genera todo tipo de perversiones humanas, dirá Pablo:
«Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza; y de la misma manera también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo correspondiente a su extravío» [Vs. 26-27].
Y no puedo dejar de mencionar algo que pone claramente de manifiesto las ideas preconcebidas con las que leemos los textos bíblicos. Estoy convencido que muchos de nosotros, cuando leemos la primera parte del texto que he citado anteriormente, pensamos que Pablo se está refiriendo al lesbianismo. Si leemos que «sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza», inmediatamente pensamos que está condenando actos homosexuales entre mujeres. Pues bien, parece que no es así. Al menos durante los primeros cuatro siglos del cristianismo, los que comentan este pasaje no lo interpretan así. Todos los comentarios que tenemos de este texto, de Clemente, de Orígenes, de Agustín, etc, dicen que Pablo no está hablando de lesbianismo, sino de mujeres que tienen relaciones anales con personas del sexo opuesto.
 
Es imprescindible para interpretar los textos bíblicos tener en cuenta la sociedad en la que están escritos, sus costumbres sexuales, sus ritos sagrados. Era habitual en la sociedad greco-romana que muchos hombres tuvieran relaciones sexuales con varones jóvenes y esbeltos que estaban al servicio de la casa, y descuidaran a sus esposas; algo tan incomprensible para nuestra sociedad como esos actos de prostitución sagrada de los que hemos hablado. Es imprescindible tener en cuenta todo esto para no hacer un uso injusto de los mismos y condenar a inocentes.
 
Hermanos, la Biblia no dice nada de la condición homosexual, pero sí tiene mucho que decir a las personas homosexuales, lo mismo que a las heterosexuales: que vivan plenamente su sexualidad, pues es un don divino al servicio de la comunicación humana en el amor, el compromiso y el cuidado mutuo.
 
Cuando en nuestra sociedad los homosexuales ocupan puestos de responsabilidad en la Administración de Justicia, en el Gobierno, en los ayuntamientos, etc. Cuando destacados artistas, actores, cantantes, etc. viven su condición homosexual con toda naturalidad y sin ninguna discriminación. Cuando nuestros gobiernos aprueban leyes para que incluso en el ejército sea reconocida la condición homosexual… Cuando todo esto sucede en nuestra sociedad, no podemos nosotros en las iglesias seguir hablando de opción homosexual y de perversión homosexual, en contra de lo que afirma la ciencia, y reconoce la mayoría de nuestra sociedad.
 
Y es que si nuestra sociedad actúa así, si nuestros políticos aprueban estas leyes, no es porque sean unos inmorales que no tienen en cuenta lo que es bueno y justo; sino porque han aceptado lo que la ciencia dice acerca de la homosexualidad y buscan superar la discriminación y la marginación que han sufrido durante siglos nuestros hermanos homosexuales.
 
Creo que también nosotros en las iglesias debemos aceptar lo que dice la ciencia sobre la homosexualidad; y más cuando, como hemos visto, la Biblia no dice absolutamente nada de ello. Bueno sí, nos anima a respetar y amar a todo aquel que es despreciado y marginado. Pero, por favor hermanos, no incluyamos a los homosexuales en el conjunto de los "pecadores" que debemos amar, NO; tal y como creo haber expuesto en este artículo, el homosexual es un ser humano que ha recibido de Dios su condición sexual y está llamado a aceptarla y vivirla en el amor, con sus riesgos y sus grandezas, exactamente igual que el heterosexual.
 
¿Cuánto tiempo le llevará a la iglesia reconocer lo que la ciencia nos dice acerca de la homosexualidad?. ¿Cuántos "Galileos" tendrán que arder en las hogueras de nuestras inquisiciones?. ¿Cuánto dolor nos llevará aceptar que la Biblia no puede ser utilizada como un arma arrojadiza, como un Código Penal?. Espero que no sea tanto como para que nuestra sociedad termine por considerarnos una secta, y no sea capaz de escuchar de nosotros el mensaje de vida plena que sólo la fe de Jesucristo hace posible.

lunes, 27 de junio de 2011

Orgullo y Dignidad LGBT

En el entorno del día del orgullo gay, las cristianas y los cristianos LGBT del mundo queremos reivindicar la palabra dignidad. Cualquiera de nosotras y de nosotros nos sentimos naturalmente orgullosos de nuestra identidad. Como creyentes en Jesucristo, vivimos nuestra realidad convencidos de que Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, prueba evidente de la riqueza de matices de su creación. Por tanto, el orgullo nos es dado y nada ni nadie puede arrebatárnoslo.

Sin embargo, manifestamos que parte de la sociedad mantiene abierta de forma premeditada la herida de la dignidad, robándonosla y rompiéndola hasta el punto de que siguen dándose numerosos casos de homofobia, pese a que los Derechos Humanos y la igualdad son inalienables para todo ser humano.

Un año más pedimos, exigimos, que nadie dude de que somos dignas y dignos de ejercer los mismos derechos y deberes que cualquier ciudadano. Manifestamos que somos dignos de expresar nuestra identidad, nuestros sentimientos, nuestra afectividad.

Como creyentes, rogamos a Dios que nos haga personas valientes. De nuevo, pedimos al Padre que nos envíe sacerdotes capaces de hacernos sentir hijas e hijos de una Iglesia que sea amor, donde nuestra dignidad no sea matizada.

martes, 31 de mayo de 2011

Gloria a Dios y Paz en la Tierra

mayo 26, 2011
Consejo Mundial de Iglesias
Mensaje de la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz

«Pido al Padre que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, porque estáis arraigados y cimentados en amor» (Efesios 3, 16-17).

Entendemos la paz y la pacificación como un aspecto indispensable de nuestra fe común. La paz está indisolublemente relacionada con el amor, la justicia y la libertad que Dios ha concedido a todos los seres humanos por medio de Cristo y la obra del Espíritu Santo como don y vocación. Constituye un modo de vida que refleja la participación humana en el amor de Dios por el mundo. La naturaleza dinámica de la paz como don y vocación no niega la existencia de tensiones, que forman parte integrante de las relaciones humanas, pero puede mitigar su fuerza destructiva aportando justicia y reconciliación.

Dios bendice a los pacificadores. Las iglesias miembros del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) y otros cristianos están unidos como nunca antes en la búsqueda de medios para hacer frente a la violencia y rechazar la guerra en pro de la “paz justa”: el establecimiento de paz con justicia mediante una respuesta en común al llamamiento de Dios. La paz justa nos invita a unirnos en una peregrinación común y a comprometernos a edificar una cultura de paz.

Nosotros, aproximadamente 1.000 participantes procedentes de 100 países, reunidos por el CMI, hemos compartido la experiencia de la Convocatoria Ecuménica Internacional por la Paz (CEIP), asamblea de iglesias y copartícipes de otras religiones dedicados a la consecución de la Paz en la comunidad, la Paz con la Tierra, la Paz en el mercado y la Paz entre los pueblos. Nos hemos reunido en el campus de la Universidad de la Indias Occidentales (Mona) cerca de Kingston (Jamaica) del 17 al 25 de mayo de 2011. Estamos profundamente agradecidos a nuestros anfitriones de Jamaica y de la región del Caribe que con gran generosidad nos han ofrecido un lugar espacioso para estar juntos y crecer en la gracia de Dios. Por el solo hecho de estar reunidos en el lugar de una antigua plantación de caña de azúcar, se nos han hecho patentes la injusticia y la violencia de la esclavitud y el colonialismo así como las formas de esclavitud que aún azotan el mundo de hoy. Se nos ha informado sobre los graves problemas de violencia que se viven en el contexto de este país así como acerca de la valiente participación de las iglesias a la hora de afrontar esos retos.

Hemos traído las preocupaciones de nuestras iglesias y regiones a Jamaica, hemos hablado unos con otros, y ahora tenemos algo que decir a las iglesias y al mundo. Hemos estado juntos mediante el estudio bíblico, el enriquecimiento espiritual de la oración en común, las inspiradoras expresiones de arte, las visitas a los ministerios locales y otros organismos de servicio, las reuniones plenarias, los seminarios, los talleres, los actos culturales, las sesiones de lectura, las amplias deliberaciones y las conversaciones conmovedoras con personas que han sido víctimas de la violencia, la injusticia y la guerra. Hemos celebrado los logros del Decenio Ecuménico para Superar la Violencia (2001-2010). Nuestros compromisos nos han dado aliento al mostrarnos que es posible erradicar la violencia. El Decenio para Superar la Violencia ha permitido conocer muchos ejemplos de cristianos que han marcado una diferencia.

Reunidos aquí en Jamaica, hemos seguido con interés los acontecimientos del mundo que nos rodea. Las historias que recibimos de nuestras iglesias nos recuerdan las responsabilidades locales, pastorales y sociales para con las personas que hacen frente diariamente a cada uno de los problemas que examinamos. Las consecuencias del terremoto y el tsunami en el Japón plantean cuestiones urgentes en relación con la energía nuclear y las amenazas a la naturaleza y la humanidad. Las instituciones gubernamentales y financieras se enfrentan con la necesidad de asumir su responsabilidad por el fracaso de sus políticas y sus devastadores efectos sobre personas vulnerables. Somos testigos con preocupación y compasión de los combates por libertad, justicia y derechos humanos en muchos países árabes y en otros contextos en los que gente valiente también lucha sin contar con la atención de la comunidad mundial. Nuestro amor por los pueblos de Palestina e Israel nos ha convencido de que la continua ocupación perjudica a uno y otro pueblos. Reiteramos nuestra solidaridad con la población de países divididos como es el caso de la península de Corea y Chipre, y con las personas que aspiran a la paz y al fin del sufrimiento en naciones como Colombia, Iraq, Afganistán y la región de los Grandes Lagos de África.

Somos conscientes de que los cristianos han sido a menudo cómplices de sistemas de violencia, injusticia, militarismo, racismo, intolerancia y discriminación por razones de casta o por otros motivos. Pedimos a Dios que perdone nuestros pecados, y nos transforme en agentes de rectitud y abogados de la Paz justa. Hacemos un llamamiento a los gobiernos y a otros grupos para que dejen de utilizar la religión como pretexto para justificar la violencia.

Junto con copartícipes de otras creencias, hemos reconocido que la paz es un valor central de todas las religiones, y la promesa de paz se extiende a todas las personas, independientemente de tradiciones y compromisos. Mediante la intensificación del diálogo interreligioso procuramos llegar a una convergencia con todas las religiones del mundo en relación con estas cuestiones

Estamos unidos en nuestro anhelo de que la guerra sea considerada ilegal. En nuestra lucha por la paz en la tiera tenemos que hacer frente a nuestros contextos e historias diferentes. Somos conscientes de que las diferentes iglesias y religiones aportan perspectivas distintas del camino hacia la paz. Algunos de entre nosotros comienzan desde el punto de vista de la conversión personal y la moralidad, considerando que la aceptación de la paz de Dios en nuestro corazón es la base de la paz en la familia, la comunidad, la economía, así como en toda la tierra y en el mundo de las nacirones. Otros destacan la necesidad de centrarse ante todo en el apoyo y la corrección recíprocos en el cuerpo de Cristo para que sea posible la paz. Otros más estimulan el compromiso de las iglesias con los amplios movimientos sociales y el testimonio público de la iglesia. Cada uno de estos enfoques tiene su fundamento y no son mutuamente excluyentes. De hecho, están estrechamente relacionados. Incluso en nuestra diversidad podemos hablar con una sola voz.
Paz en la comunidad

Las iglesias percibieron toda la complejidad de la paz justa a medida que escuchábamos hablar de las intersecciones de múltiples injusticias y opresiones que perjudican simultáneamente las vidas de muchas personas. Miembros de una familia o comunidad pueden estar oprimidos y, al mismo tiempo, ser opresores de otras personas. Las iglesias deben ayudar a determinar las decisiones cotidianas que permitan poner fin a los abusos y promover los derechos humanos, la justicia de género, la justicia climática, la justicia económica, la unidad y la paz. Las iglesias tienen que continuar haciendo frente al racismo y a la discriminación por razones de casta que son factores deshumanizadores en el mundo de hoy. Del mismo modo, la violencia contra las mujeres y los niños debe considerarse un pecado. Se necesitan esfuerzos conscientes para lograr la plena integración de las personas con capacidades diferentes. Las cuestiones de sexualidad dividen a las iglesias, por lo que pedimos al CMI que cree espacios seguros en los que se puedan abordar esas cuestiones que son causas de división. Las iglesias pueden desempeñar una función, a todos los niveles, a la hora de apoyar y proteger el derecho a la objeción de conciencia, de garantizar el asilo a quienes se oponen y resisten al militarismo y los conflictos armados. Las iglesias deben alzar su voz para proteger a nuestras hermanas y hermanos cristianos, así como a todos los seres humanos, que sean víctimas de discriminación y persecución por motivos de intolerancia religiosa. La educación para la paz debe ocupar un lugar central en todos los programas de las facultades, seminarios y universidades. Reconocemos la capacidad de establecer y consolidar la paz de los jóvenes y exhortamos a las iglesias a que creen y fortalezcan redes de ministerios de paz justa. La iglesia está llamada a salir a la luz pública para expresar sus preocupaciones, diciendo la verdad más allá de las paredes de su propio santuario.
Paz con la Tierra

La crisis medioambiental es una crisis ética y espiritual profunda de la humanidad. Reconociendo el daño causado a la Tierra por la actividad humana, afirmamos nuestro compromiso con la integridad de la creación y la forma de vida que exige. Nuestra preocupación por la Tierra y nuestra preocupación por la humanidad van unidas. Los recursos naturales y los bienes comunes como el agua deben compartirse de manera justa y sostenible. Hacemos nuestra la petición de la sociedad civil global por la que se insta a los gobiernos a que reorienten de forma radical todas nuestras actividades económicas teniendo como objetivo una economía ecológicamente sostenible. El uso intensivo de los combustibles fósiles y las emisiones de CO2 deben reducirse urgentemente a niveles que permitan limitar los efectos del cambio climático. La deuda ecológica de los países industrializados que es causa del cambio climático deberá tenerse en cuenta cuando se negocian los derechos de emisión de CO2 y los planes de costos de adaptación. La catástrofe nuclear de Fukushima ha puesto en evidencia una vez más que ya no se debe recurrir a la tecnología nuclear como fuente de energía. Rechazamos las estrategias como el aumento de la producción de agrocombustibles que perjudican a los pobres por su competencia con la producción alimentaria.
Paz en el mercado

La economía global proporciona muchos ejemplos de violencia estructural que causa daño no ya mediante el uso directo de armas o de la fuerza física sino mediante la aceptación pasiva de la pobreza generalizada, las disparidades del comercio y la desigualdad entre las clases y las naciones. Contrariamente al crecimiento económico ilimitado que previó el sistema neoliberal, la Biblia nos presenta una visión de vida en abundancia para todos. Las iglesias deben aprender a propugnar de forma más eficaz la plena aplicación de los derechos culturales, sociales y económicos como fundamento de las “economías de vida”.

Es un escándalo que se gasten enormes cantidades de dinero en presupuestos militares y en proporcionar armas a los aliados así como al comercio de armas, cuando se necesitan fondos urgentemente para erradicar la pobreza en todas las partes del mundo, y financiar una reorientación ecológica y socialmente responsable de la economía mundial. Exhortamos a los gobiernos de este mundo a que actúen sin demora para canalizar sus recursos financieros hacia programas que promuevan la vida y no la muerte. Estimulamos a las iglesias a que adopten estrategias comunes que favorezcan la trasformación de las economías. Las iglesias deben hacer frente de forma más eficaz a la irresponsable concentración de poder y de riqueza, así como a la enfermedad de la corrupción. Entre las medidas en pro de economías justas y sostenibles cabe señalar la regulación más eficaz del mercado financiero, la introducción de impuestos sobre las transacciones financieras y las relaciones comerciales justas.
Paz entre los pueblos

La historia, especialmente gracias al testimonio de las iglesias tradicionalmente pacifistas, nos recuerda que la violencia es contraria a la voluntad de Dios y que nunca puede resolver conflictos. De ahí que decidamos ir más allá de la doctrina de la guerra justa orientándonos hacia el compromiso con la paz justa. Esta actitud requiere que abandonemos la concepción excluyente de la seguridad nacional propugnando la seguridad para todos. Esto incluye la responsabilidad diaria de impedir la violencia atacando sus raíces. Es necesario examinar, discernir y elaborar muchos aspectos concretos de la noción de paz justa. Continuamos debatiéndonos para saber cómo proteger a la gente inocente de la injusticia, la guerra y la violencia. En este sentido, nos esforzamos por entender la noción de “responsabilidad de proteger”y evitar que se utilice indebidamente. Pedimos urgentemente al CMI y a los organismos relacionados con el mismo que definan con mayor claridad su posición por lo que respecta a esa política.

Abogamos por el desarme nuclear total y el control de la proliferación de armas pequeñas.

Nosotros, en nuestra calidad de iglesias, tenemos la posibilidad, si osamos hacerlo, de enseñar la no-violencia a los poderosos, porque somos seguidores de aquél que vino como un niño indefenso, murió en la Cruz, nos dijo que dejemos de lado nuestras espadas, nos enseñó a amar a nuestros enemigos, y resucitó de entre los muertos.

En nuestro camino hacia la paz justa, es sumamente urgente un nuevo programa internacional para hacer frente a la magnitud de los peligros que nos rodean. Instamos a todo el Movimiento Ecuménico y, en particular, a los encargados de la planificación de la Asamblea del CMI en 2013 en Busan (Corea) que tendrá como tema “Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz”, a que den la máxima prioridad a la consecución de la paz justa en todas sus dimensiones. Documentos como Un llamamiento ecuménico a la paz justa y el Manual de la paz justa pueden servir de referencia y apoyo para la preparación de la Asamblea en Busan.

Nuestro agradecimiento y alabanza a ti, Dios Trino y Uno: Gloria a ti, y paz a tu pueblo en la tierra. Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz. Amén.

viernes, 21 de enero de 2011

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Desde el pasado martes nos encontramos en plena oración por la unidad de los cristianos de todos los ritos y todas las denominaciones. Ya estamos unidos por Cristo, pero aún hay muchas asperezas que limar aquí abajo en la tierra para que desaparezcan los odios y pretensiones a gobernar a los cristianos. Para quien lo desee, puede tomar los materiales para la oración por la Unidad de los Cristianos, que además contienen una breve explicación sobre el espíritu de esta semana.

En cuanto a los LGBT cristianos, creo que somos uno de los sectores más ecuménicos de las iglesias, pues ponemos un énfasis muy grande en la Unidad, la Oración, la lectura del Evangelio y el Testimonio. Tal vez existan más cosas, pero en nuestras pequeñas comunidades existen personas de todas las denominaciones, y por supuesto los católicos estamos presentes. Sin embargo, es nuestro deseo poder participar en el marco de todas las celebraciones de la Iglesia y ser tratados sin recelos por nuestra condición.

Que toda la Iglesia sepa que los LGBT exisitimos, y que deseamos la Unidad de los Cristianos bajo un solo pastor, que es Cristo.