“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)
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lunes, 4 de julio de 2016

"Debe"

Los discursos son la forma en que las ideas se materializan en nuestro plano de existencia provenientes desde el mundo ideal, pues por el Verbo fue creado el mundo. Y nosotros somos copartícipes de ese poder creador. Nuestras palabras tienen el poder de crear, recrear y destruir todo nuestro contexto.

Confieso que en un primer momento, las declaraciones de Su Santidad después de su viaje a Armenia respecto a que la Iglesia debe pedir perdón a los gays, a los pobres, a las mujeres explotadas, a los niños explotados en el trabajo, por haber bendecido muchas armas, por no haberse comportado muchas veces, me causaron mucha alegría. 

Pero en un segundo momento me causaron confusión. Sé que esta declaración viene como consecuencia de una previa que hizo el cardenal Marx respecto a que la Iglesia debe ofrecer disculpas a los gays por habernos marginado de forma escandalosa y terrible. También sé que en más de un cuarto de siglo, Francisco es el primer Papa que ha puesto la colegialidad de los obispos sobre la Infabilidad Papal.

Es aquí en donde surge mi duda, pues a pesar de las acertadas declaraciones, no parece haber un conjunto de acciones específicas para habilitar una pastoral dirigida al sector lésbico gay de la Iglesia Universal y del que formamos parte. Todavía no hay unidad en el camino de la Iglesia en ese sentido

Mientras que el catecismo obliga a no discriminar a los homosexuales, sino que a tratarnos con respeto, en muchos lugares del mundo, hoy mismo, después de las declaraciones del Papa, hay obispos que olvidan este punto de catequesis y están en discordancia con los dichos de  Marx y Su Santidad, no se diga la comunidad católica de a pie. Tampoco ha habido un enérgico llamado al orden desde el Vaticano para calmar la ola de homofobia que se ha desatado en el mundo tras la masacre de Orlando y que en gran medida tiene su origen en los púlpitos y los altares.

¿A qué me refiero? Lo aclaro.

 Escribo pensando en que es muy fácil dar este tipo de declaraciones desde la cabina de un avión, y son palabras que se agradecen, por cierto. Pero hace mucha falta complementarlas con acciones específicas que empiecen, primero, por recordar a la feligresía que la discriminación por cualquier causa es pecado, por que es excluir de la familia del Padre a un hijo de Dios. Y posteriormente a trabajar en conjunto para asegurar que todas las personas homosexuales que quieran encontrar refugio espiritual en la Iglesia, puedan hacerlo sin temer ser atacadas física o psicológicamente, porque el temor no es un fruto del Espíritu Santo y por tanto, no debería emanar de las acciones de la Iglesia.

Sí. Está claro. La Iglesia debe pedir perdón a los gays por habernos marginado y seguir marginándonos. ¿Cuándo será esto? No sé. Ejemplifico con el caso de los hermanos judíos, a quienes la Iglesia pidió perdón más de treinta años después del concilio Vaticano II y más de cincuenta años después de que terminó la Segunda Guerra Mundial. Signo claro de que no hay prisa para ejecutar acciones tan importantes.

Sin embargo, ahí están dos declaraciones emitidas por un Sumo Pontífice que ha sido instrumento de los nuevos vientos del Espíritu Santo en el Siglo XXI. Las cimientos de algo renovado se están construyendo y seguramente Dios Misericordia tiene algo muy bueno preparado para nosotros dentro de la Iglesia y en nuestra vida personal. Oro por que así sea.

domingo, 3 de julio de 2016

XIV Domingo Ordinario



Is. 66, 10-14c
Sal. 65 1-3a. 4-5, 16 y 20
Gal 6, 14-18
Lc. 10, 1-12. 17-20

Jesús los mandó a predicar, eran 72 a quienes se les dio autoridad similar a la de los Apóstoles y actuaron de la misma manera en que se les encomendó a los 12. Sin nada. Sin talega, alforja ni sandalias, sin comida ni un lugar en donde descansar. Incluso, sin el orgullo de poder expulsar a los demonios. 

Pero con dos cosas muy importantes:

1. La paz: Ésta es un estado de tranquilidad y de quietud que se otorga a quienes están en constante comunicación con nuestro Dios que es Padre y Madre, y que se manifiesta en el cumplimiento de sus Leyes. La promesa que nos ha hecho está cumplida, la de encontrar esa Jerusalén Celestial que nos amamanta y nos protege, que nos enriquece y consuela. Es verdad que no siempre cumplimos las Leyes del Señor, porque nuestra naturaleza es pecadora. Pero la promesa no termina ahí, es en nuestra lucha diaria por alcanzar la Virtud que dicha promesa se hace patente, solo debemos estar atentos y encontraremos ese remanso que nos da la paz. Desde nuestra humanidad no es tan importante el destino, sino lo que se nos queda a lo largo del camino.

2. La alegría. En los últimos años he creído que la tristeza nos aleja de Dios. La vida está compuesta de dos momentos: los de triunfo y los de enseñanza. Muchas de estas pruebas terminan dándonos momentos de enojo y frustración, pero siempre debemos considerarlos de enseñanza. Los que tenemos la doble fortuna de ser homosexuales y haber aceptado la Fe católica, pasaremos constantemente por una serie de pruebas sui generis, pero si tenemos el sentido de Santo Abandono en Dios que nos enseña la Iglesia, solo nos queda confiar en que son para darnos enseñanza y aumentar nuestra fortaleza.

Como hijos de Dios somos capaces de expulsar demonios en su Nombre. Es por eso que constantemente somos atacados por ellos, fuimos mandados como corderos en medio de lobos. Esas bestias que buscan robar nuestro equilibrio emocional y nuestra paz mental, que a veces se manifiestan incluso en los integrantes de nuestra familia o mejores amigos. Pero, con ese sentido de fe al que nos invita la liturgia de hoy hemos de confiar en que incluso ellos son nuestros maestros, y que una vez que hayamos aprendido que su negatividad no afecta nuestras vidas nunca más nos volverán a atacar. Es en ese momento en el que se renueva la promesa de llegar a habitar esa Jerusalén Celestial que ya está en nosotros, que no es algo que se viva en el futuro, sino una lucha que hemos de ganar cada día: Vencer a los demonios internos que nos atacan para poder conquistar la Santa Ciudad en la que encontraremos la Paz.

viernes, 26 de agosto de 2011

Hay que convencer, no vencer

De Ignacio Simal Camps

Es un hecho incontestable que en la mayoría de las iglesias se discrimina al colectivo LGTB. El Diccionario de la Lengua Española [RAE] define la acción discriminatoria como el hecho de «seleccionar excluyendo o dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc». Y evidentemente, a las minorías sexuales se las excluye de la comunión integral de la vida de las iglesias por el hecho de ser y hacer en concordancia con su orientación sexual. Y esa exclusión obedece, entre otras cuestiones, a cuatro elementos: el imaginario social patriarcal que las iglesias comparten con la sociedad, la comprensión que éstas tienen de la naturaleza de sus textos sagrados, la tradición eclesial recibida y la valoración moral que éstas hacen de la homosexualidad y su práctica.

Con las minorías sexuales ocurre como antaño -en algunos espacios eclesiales todavía hoy- ocurrió con las mujeres: se las excluía de la formación teológica en los seminarios, de los ministerios pastorales, de la enseñanza a la comunidad de fe, de la oración púbica, etc. Cambiar un imaginario social y religioso tan arraigado entre las iglesias fue, y sigue siendo, una tarea harto complicada. De ahí que crea que debemos tener un claro objetivo a compartir entre los que somos partidarios de la inclusión integral del colectivo cristiano LGTB: convencer. Y eso sólo se logra haciendo pedagogía positiva entre las iglesias.

Por ello, en primer lugar, se hace necesario que los cristianos y cristianas heterosexuales escuchen de viva voz los testimonios de fe, fidelidad y compromiso con el seguimiento de Jesús de las personas LGTB.

En segundo lugar debemos emprender talleres de lectura de los textos bíblicos y de las argumentaciones teológico-morales que se utilizan para la exclusión de las personas con orientación sexual diferente en las iglesias cristianas.

En tercer lugar, debemos utilizar los medios de comunicación cristianos a nuestro alcance para hacer ver la riqueza social que adquiere el reconocimiento de la diversidad sexual y desdemonizar a las personas LGTB.

En cuarto lugar, debemos -sobre todo los pastores y pastoras- emprender la ardua tarea de abrir nuestras comunidades a los cristianos y cristianas homosexuales a fin de que a través de la convivencia y la comunión mutua se rompan los estereotipos gaifóbicos, lesbofóbicos y transfóbicos que pululan en nuestros ambientes locales.

Por último, y en quinto lugar, debemos evitar en nuestros planteamientos toda beligerancia descalificadora del que interpreta la Biblia y la sexualidad humana de manera diferente a la nuestra. Como escribieran Arland Hultgren y Walter Taylor:
«la diferencia entre quienes hacen la interpretación [de los textos bíblicos] no se debe entender como un conflicto entre quienes buscan ser 'fieles a las Escrituras' y quienes buscan 'adaptar la Biblia' a sus gustos personales. Los desencuentros son genuinos» [Nota 25 en línea 706 del documento “Sexualidad humana: dignidad y confianza” de la Iglesia Evangélica Luterana de América].
Si perseveramos contra viento y marea en llevar a cabo una pedagogía positiva en la línea que apunto lograremos el cambio de mentalidad anhelado por muchos de nosotros. El objetivo no es vencer, sino convencer.

lunes, 15 de agosto de 2011

Carta abierta de un homosexual católico al Papa

Querido Padre:

Dentro de unos días estará en mi país encontrándose con jóvenes católicos de todo el mundo. Su venida no me deja indiferente. Yo, como cristiano católico reconozco en su persona “el fundamento perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión” (L. G. 18). Por eso, para mí como creyente y español, su venida es un motivo de gozo y de afianzamiento en la fe que hemos recibido de los apóstoles y que sigue anunciándose a todos los hombres a través de su Iglesia.

Perdone el atrevimiento en mis palabras, al querer hablarle con sinceridad y franqueza. Creo firmemente como dice el Concilio que “es función de la jerarquía eclesiástica apacentar al pueblo de Dios y llevarlo a los mejores pastos” (L. G. 45) y que, “es deber de los fieles, acoger con prontitud lo que los sagrados pastores, representantes de Cristo, decidan como maestros y jefes en la Iglesia” (L. G. 37). Pero de la misma manera no olvido otro párrafo que dice que los laicos “hemos de manifestarles nuestras necesidades y deseos con la libertad y confianza que deben tener los hijos de Dios y hermanos en Cristo… tienen el derecho e incluso algunas veces el deber de expresar sus opiniones en lo que se refiere al bien de la Iglesia… siempre con sinceridad, con valentía y prudencia, con respeto y amor, a aquellos que por su función sagrada representan a Cristo” (L. G. 37).

Querido padre, yo soy homosexual, se lo digo con franqueza pero sin vergüenza. Desde hace unos años, ningún debate después de los debates de la esclavitud en el siglo XIX se ha visto la Iglesia en una cuestión tan problemática, candente y divisoria como la orientación sexual. Usted mismo no ha cesado de pronunciarse siempre que tiene ocasión contra nuestros derechos, convirtiendo este tema, según muestras sus palabras en una de las preocupaciones más importantes de su pontificado. Yo he escuchado con dolor sus palabras y por eso voy a hablarle con sinceridad y valentía, porque me perece que en sus manifestaciones está representado todo el miedo eclesial hacia un cambio social, cultural casi me atrevería decir, al que la Iglesia actual no sabe como hacer frente. Durante siglos la Iglesia ha sido la principal institución que ha legitimado la discriminación contra las lesbianas, los gays y las personas bisexuales en la cultura occidental. Pero al mismo tiempo la Iglesia ha representado a través de la vida clerical y de la vida religiosa la alternativa “oficial” al matrimonio heterosexual impuesto como normativo y exclusivo en Occidente.

Usted, es un intelectual, y yo, que soy un aficionado, un creyente, que busca la voluntad de Dios quiero compartir algunos puntos de vista distintos. Creo que no me negará que las fuentes principales de la Revelación cristiana son la Escritura, la Tradición, la razón y la experiencia.

Respecto a la Biblia sólo hay que decir que la Biblia no podía conocer la orientación homosexual, sino simplemente los actos homosexuales, pues la orientación sexual es algo que se empieza a descubrir en el siglo XIX.

Pero la Escritura va más allá del ofrecimiento de normas de conducta específica, sino que nos empuja hacia la transformación de nuestras vidas sexuales de forma que respondan a la irrupción del Reino del Dios de la Gracia. Respóndame, padre, como teólogo, como papa, y como cristiano, ¿es pecado amar? ¿Porque entonces se me condena cuando no llevado por la lujuria, sino como respuesta a mi naturaleza que me lleva a buscar la complementariedad afectiva en un semejante, me abro a un amor puro, generoso y también fecundo? Sí, fecundo, porque la fecundidad no sólo está en la “producción”, sino también en los frutos espirituales del amor, pues el amor es siempre fecundo.

La tradición de la Iglesia, que supuestamente siempre nos ha condenado, ha de ser revisada desde una valoración positiva de la sexualidad. Los que no son célibes, saben muy bien, que la procreación no encierra la plenitud ni agota el significado cristiano del sexo genital. Eso sucede en los animales, pero no en la sexualidad humana, que es mucho más rica por deseo expreso del mismo Creador. Cuando se ve en el sexo tantas sospechas, el sexo no procreador se convierte en la cumbre de un instinto pecaminoso. Piensan los que así ven el sexo, entre ellos, usted, padre, que el sexo de los homosexuales es el incumplimiento deliberado del orden natural que, a su vez, socava la sociedad. Pero esto no es más que la expresión del miedo que los heterosexuales y la ética patriarcal, de la que la Iglesia es la mayor garante y la más beneficiada, tienen hacia las relaciones homosexuales, que son puramente gratuitas, basadas en el amor, y la entrega mutua, en la que dos varones o dos mujeres pueden entregarse sin los estereotipos de dominación- sumisión, sino como reciprocidad gratuita. Los nuevos conocimientos sobre la sexualidad humana, y concretamente sobre la orientación homosexual invitan a una revisión de los antiguos principios, a un mayor esfuerzo de coherencia en su aplicación y a un recurso más frecuente y creativo, a la virtud de la prudencia. A fin de cuentas, esta virtud moral ha de considerar los matices aplicables al juicio concreto de discernimiento sobre los valores que entran en conflicto en cada situación.

Usted es de la opinión que somos enfermos, personas que no han llegado a una madurez plena de su personalidad. Pero las ciencias humanas han clarificado de un modo significativo la naturaleza compleja de la orientación sexual. Llamarnos enfermos hoy día, es como seguir creyendo que la tierra no es redonda o que el sol gira alrededor de la Tierra, aunque la Biblia haga entenderlo así, y la Iglesia así lo defendió para ser, según creía, aunque erróneamente, fiel a la Palabra de Dios.

Mi propia experiencia personal me ha llevado a sentirme y saberme amado y querido por Dios en mi condición sexual. Y por otro lado, he tenido la suerte de acompañar a muchos hermanos míos, que después de haber durante años intentado vivir según la doctrina de la Iglesia en esta materia, han terminado destruidos, profundamente heridos, cuando no, aborreciendo de Dios e incluso intentado acabar con su propia vida. Seguir a Jesucristo siempre es fuente de vida, pero cuando un homosexual quiere vivir de acuerdo a la doctrina de la Iglesia termina en la muerte, la desesperación y el resentimiento. Esto, padre, no puede venir de Dios. Gracias a Dios, cada día más homosexuales católicos, pasan de la experiencia del infierno a la vida, cuando se descubren amados por Dios, y bendecidos por la Él en la realización de sus vidas como creyentes homosexuales y experimentan el poder amar a otra persona de su mismo sexo, sin remordimientos y sin angustias.

Yo soy hijo de la Iglesia, pero no puedo dejar de decirle esto. Le anuncio lo que he visto y oído, lo que he vivido. Soy homosexual, es mi natural, y estoy absolutamente feliz de serlo. Soy católico y sufro sus palabras, y creo que también sus equivocaciones. No nos tenga miedo, padre, con nosotros, viviendo nuestra sexualidad como un don de Dios puede entrar en la Iglesia un sano escepticismo frente a una interpretación rígida de la naturaleza y a favor del valor del sentimiento frente a esas mentes cuadriculadas que sólo ven al hombre de un color, secándoseles así el corazón, incapaces de reconocer la diversidad y la diferencia como un don del Dios Trinidad y diverso. NO siga, padre, cerrando la Iglesia a la maravillosa creatividad de Dios, Padre de todo lo que existe, también de nosotros, los homosexuales. Voy a ser duro, pero muchas veces el amor sano y puro, que Dios pone en el corazón de dos hombres y dos mujeres, es emponzoñado, ensuciado, y convertido en impuro por sus palabras. A cuantos jóvenes homosexuales, he tenido que anunciar el amor de Dios en sus vidas, y a cuantos he visto salir de la muerte cuando han podido amar a Dios y a sus parejas, sin sentirse culpables, sucios, manchados. No siga, Padre, manchando el amor; llamando pecado a lo que es don de Dios; extendiendo el miedo a los que quieren ser libres para amar.

Quiero ser hijo de la Iglesia; en ella he nacido y en ella quiero morir. En la carta que nos escribió a los jóvenes con motivo de la JMJ, nos dice algo muy bello: “Cuando comenzamos a tener una relación personal con ÉL (Jesucristo), nos revela nuestra identidad, y con su amistad la vida crece y se realiza en plenitud”. Así lo he vivo yo como homosexual. Cristo ha iluminad mi vida, me ha revelado mi identidad como un don de su amor, y va creciendo a su plenitud”. Seguir la doctrina de la Iglesia, la que usted nos propone, muchas veces es un camino más fácil; así no tenemos que sufrir las incomprensiones sociales, la discriminación ni el rechazo, ni soportar el dolor de nuestras familias, y así se cumplen sus mismas palabras cuando dice: “os presentarán caminos más fáciles, pero vosotros mismo os daréis cuenta de que se revelan como engañosos, no dan serenidad ni alegría”. Pues eso es lo que pasa, cuando un homosexual quiere vivir según la doctrina de la Iglesia. Su vida se convierte en un infierno, y Dios en un juez terrible que ha condenado a una persona a vivir siempre sola, sin amor, y sin realizar su vida al lado de otra, en una complementariedad auténtica de donación mutua.

Santo Padre, usted vive fascinado por el mundo de las ideas platónicas, de las esencias de un mundo ilusorio creado para evadirnos de nuestra propia realidad. Es hora de que baje de ahí y así pueda bajar la Iglesia dejando así de tener miedo a la modernidad. Podría así ayudar a evitar tantos prejuicios que se han ido acumulando en la religión cristiana acerca del hombre considerando en él sólo lo que la cultura o la religión han definido como su esencia, un hombre teórico, ideal, en vez de comprender al hombre natural, completo, con todas sus complejidades.

No es mi intención ofenderle, sino expresarle con respeto y confianza lo que siento. Y manifestarle desde la realidad que es muy fácil creer que hacemos el bien, cuando lo que hacemos es hacernos cooperadores del mal y enemigos del Reino de Dios. Así lo hicieron en su día los Sumos sacerdotes, auténticos ministros de Dios, que llevaron a la muerte al Hijo de Dios, creyendo que así cumplían y hacían cumplir la Ley del mismo Dios.

Los homosexuales católicos necesitamos y queremos seguir viviendo nuestra fe en la Iglesia. Queremos que sus pastores nos propongan un camino de vida, en la que viviendo nuestra realidad podamos llegar a la plenitud en Cristo. La experiencia, padre, nos ha enseñado que el camino propuesto hasta ahora, de renunciar a vivir el amor, en una castidad para la que muchos no son llamados, sólo engendra muerte, pero no sólo muerte espiritual, sino también el suicido o el sinsentido que a veces es peor. Necesitamos que la Iglesia nos proponga un camino de realización cristiana que nos lleve a una vida plena.

Beso su mano, santidad, y pido por los frutos espirituales de estos días, sin dejar también de pensar en tantos hermanos nuestros, que en África están viviendo una situación de muerte. Espero de corazón, que así como se compromete por activa y por pasiva en la negación de nuestros derechos, se comprometa de la misma forma en clamar contra esta injusticia que está sucediendo ante la pasividad de no sólo de tantos gobiernos, sino también de tantos cristianos.

martes, 9 de agosto de 2011

Hacia una "pastoral homosexual"

Por Tomás Ojeda.

Quien pretenda encontrar respuestas al problema del origen, discutir sobre el concepto de normalidad y profundizar en las enseñanzas del Magisterio, se equivoca al leer esta columna: nuestro punto de referencia será la humanidad que subyace a la condición homosexual, la vivencia de personas, hombres y mujeres, con una historia y contexto que los hace únicos e irrepetibles. Esta columna pretende aportar al discernimiento de un modo cristiano de acogida y acompañamiento, que nos desafíe a dar pasos de mayor integración, apertura y encuentro con el otro.

Lo primero que habría que advertir son las resistencias personales que se activan frente al tema, los cuestionamientos a la propia sexualidad y los temores que surgen frente a conceptos y valores que quisiéramos proteger [matrimonio - familia]. Este primer ejercicio resulta fundamental, ya que las discusiones actuales sobre el matrimonio igualitario y el estatus social del homosexual, parecieran ser reactivas a temores que muchas veces no se transparentan, y terminan convirtiéndose en verdades sólidamente argumentadas. Así es la cuestión en contextos de Iglesia, más o menos conservadores, y con sensibilidades diversas según el tipo de carisma y/o movimiento. Muchas veces se piensa que la Jerarquía eclesial sería el principal obstáculo, sin embargo, dentro del laicado la situación pareciera ser aún desconocida, poco tematizada y relegada a segundo plano. En este estado de cosas, la homosexualidad pareciera ser incompatible con la experiencia de fe, y, de ser posible, estaría limitada a las exigencias del Magisterio.
 
¿Por qué esta situación no nos escandaliza de igual forma que las causas que asumimos al luchar por la justicia, la pobreza y la desigualdad?. ¿Por qué se le priva al homosexual del derecho a vivir su condición de manera digna, humana y plena?. ¿Por qué suponemos que Dios no celebra la existencia de hombres y mujeres que se reconocen como homosexuales?
 
Mucho se ha escrito sobre discriminación, derechos e igualdad; se discute sobre amor, sexo y matrimonio; se interpreta la Biblia y se proclaman grandes verdades sobre la naturaleza, el pecado y la voluntad de Dios. ¿Quiénes se pronuncian al respecto?. Por lo general, académicos, expertos en teología, ética y moral, políticos, psicólogos, Obispos y una extensa documentación estadística que se ajusta a hipótesis más o menos concluyentes con respecto a lo que se pretende demostrar. Limitando el asunto a lo que vivimos como Iglesia en nuestras parroquias, movimientos y comunidades, pareciera ser evidente que sólo se hable de homosexualidad desde el punto de vista del Magisterio, sin embargo, no ponderamos el hecho que, con ello, reproducimos un discurso que excluye y enjuicia la experiencia de Dios que pueda tener un sujeto que se reconoce como homosexual. El clero se encuentra en una posición incómoda respecto a lo anterior, y el laicado pareciera no reflexionar sobre la situación más allá de la "moral sexual".
 
Con todo, pareciera ser que la homosexualidad es una realidad invisibilizada y relegada al ámbito de lo privado: el catolicismo no tiene aún resuelta la cuestión en términos del trabajo pastoral que debe realizar con dichas personas. Si bien existen Encíclicas y Documentos Pastorales respecto a esto último, la acogida y el reconocimiento de la condición homosexual sigue siendo una dimensión que muchos/as calificarían como apostólica y de frontera, siendo que, en definitiva, lo que hace que el tema sea fronterizo es la misma Doctrina, la confrontación de la norma y la estructura con aquello que, en términos teológicos, se entiende como "signos de los tiempos". Mientras esto se discute, aumentan las distancias entre unos y otros, las odiosidades y "expatriaciones", aun cuando la experiencia de fe mantiene su viveza en medio de una "religiosidad" mal entendida.
 
En la medida en que nuestra experiencia de Dios se sostenga de estructuras dogmáticas rígidas y autosuficientes, la novedad y la diferencia que el otro represente, serán experimentadas como amenazas a un estado de cosas que me resulta cómodo y que me protege de todo cuestionamiento. Una fe que legitima el deseo y la inquietud, permite dialogar con lo doctrinal y sostener sus fundamentos en una experiencia genuina de encuentro personal con Jesús. Los homosexuales quieren vivir su condición en plenitud y de manera humana, con verdad y honestidad. Muchos/as puede que se sientan invitados/as a vivir su sexualidad en abstinencia, conforme al Magisterio. Sin embargo hay otros/as que no sienten dicho llamado, y aspiran a que la "Comunidad cristiana" les reconozca su condición de prójimos y hermanos. La homosexualidad no pone en duda nuestra fe ni atenta contra los valores que Dios también quiere para ellos. Si no reconocemos nuestras torpezas y temores, el otro siempre será un enemigo, una amenaza y un otro de segunda categoría.

miércoles, 27 de julio de 2011

La Iglesia y la homosexualidad: un nuevo "caso Galileo"

Con mucho gusto y agrado hemos recibido esta colaboración con la autoría de Juan Sánchez Núñez a través de nuestro hermano Víctor Eremita, administrador del blog "Católico libre". Muy ad hoc con una serie de correos electrónicos que hemos recibido y que poco vale la pena mencionar aquí. Un artículo de corte ecuménico, definitivamente, mas recordemos que uno solo es el Cristo, y una sola es su Iglesia, por lo que una sola es nuestra fe. Y no olvidemos que el Rin desembocó en el Tíber, y lo sigue haciendo.

Llevo mucho tiempo pensando en escribir este artículo, pero ha sido el extraordinario testimonio de una madre cristiana evangélica la que me ha terminado de convencer [Pág. 8 de Cristianismo Protestante Nº 55, Enero-Marzo 2010]. Su sufrimiento y, sobre todo, su esfuerzo por comprender y aceptar a su hijo, son extraordinarios, y nos muestran de lo que es capaz el amor.
 
Una madre de tres hijos, a los que ha educado en la misma fe, en los mismos valores, con el mismo amor, y que descubre asombrada el sufrimiento que durante años ha padecido uno de ellos por reconocerse y aceptarse homosexual. Exclama esa madre angustiada: evidentemente mi hijo no ha elegido ser homosexual, nadie elige el sufrimiento, nadie elige ser rechazado, despreciado, acusado de pecador, denigrado por ser un pervertido; nadie elige esta marginación y esta humillación.
 
Y tiene razón esta hermana nuestra. Nadie elige vivir siendo constantemente denigrado y despreciado; pero es más, querida hermana, y creo que esto es fundamental: nadie elige su condición sexual, ni el homosexual ni el heterosexual. Y esta afirmación es la que me gustaría desarrollar en este artículo, porque creo es clave para definirse en un sentido o en otro. Creo que el rechazo de esta afirmación es el que está haciendo que muchas iglesias sean miradas por gran parte de nuestra sociedad como atrasadas y sectarias, y consideradas como grupos de personas que ignoran los avances fundamentales de la ciencia.
 
Sí, y por ello he titulado así mi artículo, porque creo que lo que nos divide tan profundamente a las iglesias evangélicas en España en cuanto a la evaluación de la homosexualidad, no es lo que dice la Biblia, sino lo que dice la ciencia. Y en el fondo, nuestra postura a favor o en contra se define más por nuestro conocimiento científico que por nuestro conocimiento bíblico. De ahí que estemos, como indico en el título, ante un nuevo "caso Galileo".
 
Hoy en día nadie piensa que la tierra sea el centro del universo, y que el sol, los planetas y el resto de las estrellas giren a su alrededor. Quien afirma esto, simplemente es considerado un ignorante o un chalado. Y sin embargo, llegar hasta aquí ha costado muchísimo sufrimiento. Galileo fue condenado, no sólo por la inquisición de la iglesia católico-romana, sino también por las iglesias de la reforma, pues nadie estaba dispuesto a aceptar que la Biblia pudiera equivocarse, era la ciencia la que estaba en el error.
 
Ese conflicto nos ayudó a interpretar mejor la Biblia y a no ver en la ciencia a un enemigo de nuestra fe. Hoy en día nadie duda de que la tierra gira alrededor del sol; y nadie hace una lectura literal de los textos bíblicos que afirman lo contrario; se tiene en cuenta el género literario de los mismos y la naturaleza del lenguaje teológico, y se distingue muy bien el tipo de verdad que nos comunican, que es una verdad de salvación y no una verdad científica: no es cierto que el sol se detuviera [Josué 10, 13] para que Israel venciera a sus enemigos [en todo caso se tendría que haber detenido el movimiento de rotación de la tierra sobre su eje, cosa que ignoraba el autor del texto]; pero sí es cierto que Dios ha salvado a Israel y ha estado a su lado de manera extraordinaria en todas las circunstancias adversas de su historia.
 
Los Testigos de Jehová tienen otro "caso Galileo" con las transfusiones de sangre. Algunos hacen una lectura literal de los textos bíblicos referentes a la importancia de la sangre para la vida humana, en clara contradicción con lo que dice la ciencia actual: que la vida humana no está en ningún fluido corporal, sino en todo el cuerpo humano; una vida humana que es más que materia, es también y fundamentalmente espíritu. Y es que cuando se escribieron esos textos bíblicos, no se sabía que la sangre circulaba por el cuerpo, no se supo hasta muchos siglos después, y mucho menos se imaginaban los autores que podrían realizase transfusiones de sangre. Cuando salta a la sociedad una noticia en la que esa creencia ha puesto en riesgo alguna vida humana, genera un rechazo frontal y absoluto, y los testigos de Jehová son vistos como personas retrógradas, ignorantes y sectarias, con una visión de la vida totalmente desfasada y peligrosa.
 
Creo que con la homosexualidad estamos ante otro "caso Galileo". Y me explico. Hoy en día la ciencia médica, biológica, psiquiátrica, etc, nos dice que la homosexualidad es una condición sexual y no una opción sexual. Y esta distinción es fundamental. La homosexualidad no es una orientación sexual elegida por una persona, sino recibida por la misma, exactamente igual que la heterosexualidad. Hoy la ciencia nos dice que en la orientación sexual de una persona han intervenido factores genéticos, ambientales, sociales, educativos, etc. y que cuando esta orientación ha madurado, debe ser plenamente aceptada, sin ninguna reserva, para que sea posible un desarrollo equilibrado de la personalidad.
 
Esta visión de la homosexualidad es la que está detrás de las Leyes que distintos Estados han aprobado reconociendo igualdad de derechos a los homosexuales y permitiéndoles incluso el matrimonio. Leyes que ponen fin a una discriminación y a una persecución y desprecio que los homosexuales han soportado durante siglos. Hoy en día el homosexual es visto en nuestra sociedad como una persona, no como alguien que padece una enfermedad o ha hecho una opción sexual pervertida. Pensar así sólo es posible si ignoramos todo lo que la ciencia actual nos ha ayudado a entender de la homosexualidad.
 
La homosexualidad empieza a ser estudiada por la ciencia médica a finales del siglo XIX, y claro está, es vista como una patología, como una enfermedad, como una opción del individuo en contra de su naturaleza [Permitidme abrir un paréntesis. Hoy en día la ciencia nos dice que la homosexualidad es tan natural como la heterosexualidad, y que no sólo se da entre humanos, sino entre una gran diversidad de animales: delfines, ciervos, chimpancés, elefantes, aves, insectos, etc.].
 
Pues bien, la ciencia empezó estudiando la homosexualidad como una enfermedad, y han sido necesarios muchos estudios a favor y en contra, mucho debate científico, con amplia participación de todos los agentes sociales, de las iglesias, de distintas organizaciones de todo tipo, etc. para que cambiara radicalmente el modo de evaluar la homosexualidad. La primera asociación científica que eliminó a la homosexualidad de la lista de enfermedades, fue la prestigiosa Asociación de Psiquiatría Americana [APA]en 1974, y en su seno comenzó una "guerra" el sector minoritario para que volviera a incluirse en la lista de trastornos, patologías o enfermedades. No lo consiguió, al contrario, en 1986 fue ratificada esa decisión aprobada en 1974 por la mayoría de sus miembros.
 
A partir de los últimos años del siglo XX hemos asistido a declaraciones similares de diversas organizaciones científicas. La Organización Mundial de la Salud eliminó en 1990 a la homosexualidad de su lista de Enfermedades y otros Problemas de Salud; la Asociación Médica Norteamericana, la Asociación de Psicología Norteamericana, etc. han actuado de la misma manera. Pero no sólo los profesionales de la ciencia, sino que las leyes y los gobiernos de los países de nuestro entorno social y cultural, corroboran esta visión de la homosexualidad y adoptan las mismas medidas que la Organización Mundial de la Salud. Así lo hizo el Reino Unido en 1994, o la Sociedad China de Psiquiatría en 2001, etc.
 
En nuestra sociedad la homosexualidad es vista como una condición sexual, no como una opción sexual; y por lo tanto el homosexual tiene los mismos derechos y deberes que el heterosexual a la hora de vivir su sexualidad de una manera plena y enriquecedora. La condición sexual del homosexual no puede ser objeto de discriminación ni de menosprecio de ningún tipo, pues sería como discriminar o despreciar a alguien por el color de su piel o por su etnia. Creo que nuestra sociedad está horrorizada con la discriminación y la persecución que han sufrido los negros, los judíos, etc. por su condición étnica; al igual que todavía, en muchas sociedades, son menospreciados y marginados los homosexuales por su condición sexual.
 
Y ahora viene "la gran pregunta" de nuestras iglesias: ¿Y qué dice la Biblia?.
 
Y la respuesta es clara y rotunda: nada, absolutamente nada; la Biblia no dice nada de la homosexualidad, pues cuando se escribió desconocía que existiera. La Biblia no dice nada de la condición homosexual, como tampoco dice nada de la circulación de la sangre, ni dice que el sol gire alrededor de la tierra, a no ser en un lenguaje coloquial y no científico.
 
La Biblia no habla de la homosexualidad, la Biblia habla sólo de actos homosexuales, y además actos homosexuales vistos como manifestación y expresión de una actitud profunda del corazón, actos homosexuales que son fruto de la codicia y la lascivia del ser humano, no manifestación del amor y de la ternura entre dos personas. Cuando fueron escritos esos textos, ni siquiera podían imaginar sus autores que los actos homosexuales fueran, al igual que los heterosexuales, manifestación del amor y del compromiso entre dos personas.
 
Esto se ve claramente cuando los leemos en su contexto histórico; podemos comprobar entonces que en ellos se habla de los actos homosexuales, o bien como actos que transgreden las leyes de pureza del pueblo [Cf. Lv 15, 16-20 y Lv 20, 18 antes de leer Lv 20, 13, en donde se dicta pena de muerte, tanto al que tiene relaciones sexuales con mujer que tenga el periodo, como al que lo hace con otro hombre; la razón en el primer texto que cito, en el que se nos habla de la impureza del semen y de la sangre]; o bien como actos realizados en un contexto de egoísmo y autosuficiencia humana, de búsqueda de placeres extremos y de experiencias orgiásticas, de situaciones en las que los seres humanos desean transgredir todos los límites e ir más allá de lo conocido en una carrera desenfrenada tras el placer y la autosatisfacción.
 
Y este contexto bíblico hay que tenerlo muy presente a la hora de leer esos textos, pues resulta una gran injusticia utilizarlos para condenar los actos homosexuales de una pareja homosexual que se ama y se respeta; esa utilización sería equivalente a la de aquel que utilizara la condena bíblica de la promiscuidad y la prostitución para condenar los actos sexuales de una pareja heterosexual. Y no debe ser así, la Biblia tiene en gran estima los actos sexuales de aquellos que se aman y se respetan.
 
Me gustaría exponer brevemente lo que he dicho anteriormente, analizando el que considero más conocido, y el que de manera más amplia nos habla de los actos homosexuales en la sociedad greco-romana del siglo I, el texto de la carta de Pablo a los Romanos, en su capítulo 1.
 
Es claro el contexto en el que Pablo habla de estos actos: son manifestación de la arrogancia de los seres humanos, que en su rechazo del Creador han caído en la idolatría de sí mismos y en la adoración de sus propias obras, de sus cuerpos…, y «Dios los ha dejado a merced de sus bajos instintos, de modo que ellos se degradan a sí mismos. Este es el fruto de haber preferido la mentira a la verdad de Dios, de haber adorado a la criatura en vez de al Creador» [Vs. 24-25].
 
Los destinatarios de la carta sabían muy bien de qué hablaba Pablo. Tanto en Corinto, desde donde escribe Pablo, como en Roma, habían adquirido mucha fama los cultos de Mitra, Afrodita, Cibeles, etc. Contaban con muchos santuarios y un gran número de fieles que participaban en ritos orgiásticos con los sacerdotes y sacerdotisas de los mismos. En los actos de culto de estos santuarios era habitual mantener relaciones sexuales con los prostitutos sagrados y participar en actos tanto heterosexuales como homosexuales; es más, incluso era habitual que las sacerdotisas utilizaran elementos "fálicos" para penetrar a otras mujeres. Es este contexto el que tiene en mente Pablo cuando describe los actos homosexuales de sus contemporáneos.
 
Son manifestación de la idolatría, de un corazón entenebrecido que no ha reconocido a su Creador y «profesando ser sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» [Vs. 22-23]. Sí, los templos de estas divinidades estaban llenos de imágenes de dioses, diosas, gatos, chacales, cocodrilos, serpientes, Isis, Osiris, Anubis, etc.
 
Pablo está haciendo referencia a algo muy conocido en su medio ambiente, la polémica judía contra la idolatría y sus consecuencias. Algo que describe de manera muy similar el libro de Sabiduría en sus capítulos 13 y 14, libro que no está en las biblias protestantes pero si en las católicas, escrito unos siglos antes que la carta de Pablo y cuyo uso era habitual en aquella época.
 
Pues bien, es la idolatría la que genera todo tipo de perversiones humanas, dirá Pablo:
«Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes; porque sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza; y de la misma manera también los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lujuria unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos el castigo correspondiente a su extravío» [Vs. 26-27].
Y no puedo dejar de mencionar algo que pone claramente de manifiesto las ideas preconcebidas con las que leemos los textos bíblicos. Estoy convencido que muchos de nosotros, cuando leemos la primera parte del texto que he citado anteriormente, pensamos que Pablo se está refiriendo al lesbianismo. Si leemos que «sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza», inmediatamente pensamos que está condenando actos homosexuales entre mujeres. Pues bien, parece que no es así. Al menos durante los primeros cuatro siglos del cristianismo, los que comentan este pasaje no lo interpretan así. Todos los comentarios que tenemos de este texto, de Clemente, de Orígenes, de Agustín, etc, dicen que Pablo no está hablando de lesbianismo, sino de mujeres que tienen relaciones anales con personas del sexo opuesto.
 
Es imprescindible para interpretar los textos bíblicos tener en cuenta la sociedad en la que están escritos, sus costumbres sexuales, sus ritos sagrados. Era habitual en la sociedad greco-romana que muchos hombres tuvieran relaciones sexuales con varones jóvenes y esbeltos que estaban al servicio de la casa, y descuidaran a sus esposas; algo tan incomprensible para nuestra sociedad como esos actos de prostitución sagrada de los que hemos hablado. Es imprescindible tener en cuenta todo esto para no hacer un uso injusto de los mismos y condenar a inocentes.
 
Hermanos, la Biblia no dice nada de la condición homosexual, pero sí tiene mucho que decir a las personas homosexuales, lo mismo que a las heterosexuales: que vivan plenamente su sexualidad, pues es un don divino al servicio de la comunicación humana en el amor, el compromiso y el cuidado mutuo.
 
Cuando en nuestra sociedad los homosexuales ocupan puestos de responsabilidad en la Administración de Justicia, en el Gobierno, en los ayuntamientos, etc. Cuando destacados artistas, actores, cantantes, etc. viven su condición homosexual con toda naturalidad y sin ninguna discriminación. Cuando nuestros gobiernos aprueban leyes para que incluso en el ejército sea reconocida la condición homosexual… Cuando todo esto sucede en nuestra sociedad, no podemos nosotros en las iglesias seguir hablando de opción homosexual y de perversión homosexual, en contra de lo que afirma la ciencia, y reconoce la mayoría de nuestra sociedad.
 
Y es que si nuestra sociedad actúa así, si nuestros políticos aprueban estas leyes, no es porque sean unos inmorales que no tienen en cuenta lo que es bueno y justo; sino porque han aceptado lo que la ciencia dice acerca de la homosexualidad y buscan superar la discriminación y la marginación que han sufrido durante siglos nuestros hermanos homosexuales.
 
Creo que también nosotros en las iglesias debemos aceptar lo que dice la ciencia sobre la homosexualidad; y más cuando, como hemos visto, la Biblia no dice absolutamente nada de ello. Bueno sí, nos anima a respetar y amar a todo aquel que es despreciado y marginado. Pero, por favor hermanos, no incluyamos a los homosexuales en el conjunto de los "pecadores" que debemos amar, NO; tal y como creo haber expuesto en este artículo, el homosexual es un ser humano que ha recibido de Dios su condición sexual y está llamado a aceptarla y vivirla en el amor, con sus riesgos y sus grandezas, exactamente igual que el heterosexual.
 
¿Cuánto tiempo le llevará a la iglesia reconocer lo que la ciencia nos dice acerca de la homosexualidad?. ¿Cuántos "Galileos" tendrán que arder en las hogueras de nuestras inquisiciones?. ¿Cuánto dolor nos llevará aceptar que la Biblia no puede ser utilizada como un arma arrojadiza, como un Código Penal?. Espero que no sea tanto como para que nuestra sociedad termine por considerarnos una secta, y no sea capaz de escuchar de nosotros el mensaje de vida plena que sólo la fe de Jesucristo hace posible.

jueves, 14 de julio de 2011

Aniversario San Ælrededo

Una invitación para los católicos gays y lesbianas que viven en Saltillo, México y sus alrededores.

DESDE LOS ANTIGUOS ERMITAÑOS QUE SE ESTABLECIERON EN EL MONTE CARMELO, LOS CARMELITAS HAN SIDO CONOCIDOS POR SU PROFUNDA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN. ELLOS INTERPRETARON LA NUBE DE LA VISIÓN DE ELÍAS (1 REYES 18, 44) COMO UN SÍMBOLO DE LA VIRGEN MARÍA INMACULADA. YA EN EL SIGLO XIII, CINCO SIGLOS ANTES DE LA PROCLAMACIÓN DEL DOGMA, EL MISAL CARMELITA CONTENÍA UNA MISA PARA LA INMACULADA CONCEPCIÓN.

ORIGEN EL ESCAPULARIO "ESTE DEBE SER UN SIGNO Y PRIVILEGIO PARA TI Y PARA TODOS LOS CARMELITAS: QUIEN MUERA USANDO EL ESCAPULARIO NO SUFRIRÁ EL FUEGO ETERNO" AUNQUE EL ESCAPULARIO FUE DADO A LOS CARMELITAS, MUCHOS LAICOS CON EL TIEMPO FUERON SINTIENDO EL LLAMADO DE VIVIR UNA VIDA MAS COMPROMETIDA CON LA ESPIRITUALIDAD CARMELITA Y ASÍ SE COMENZÓ LA COFRADÍA DEL ESCAPULARIO, DONDE SE AGREGABAN MUCHOS LAICOS POR MEDIO DE LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN Y AL USO DEL ESCAPULARIO. LA IGLESIA HA EXTENDIDO EL PRIVILEGIO DEL ESCAPULARIO A LOS LAICOS.


MISA DE ANIVERSARIO ESTE DOMINGO 17 DE JULIO EN PUNTO DE LAS 2:30 DE LA TARDE EN LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, QUE SE ENCUENTRA UBICADA EN LA CALLE DE EMILIO CARRANZA CASI ESQUINA CON CORONA (UNA CUADRA ARRIBA DE COOPEL Y BODEGA AURRERA QUE ESTAN EN PRESIDENTE CÁRDENAS)

FRAY VÍCTOR VERA (ORDEN DE LOS CARMELITAS) NOS INVITA A QUE CELEBREMOS LA MISA EN SU TEMPLO PARA QUE JUNTOS PODAMOS FESTEJAR POR PARTIDA DOBLE NUESTRO ANIVERSARIO Y LA FIESTA PATRONAL, ADEMAS DE QUE PODREMOS DISFRUTAR DE UNA TARDE DE BUENA DIVERSIÓN CON LOS JUEGOS Y COMER RICOS ANTOJITOS MEXICANOS QUE TENDRÁN EN EL LUGAR, LOS ESPERAMOS A TODOS Y TODAS PARA QUE NOS ACOMPAÑEN.

lunes, 27 de junio de 2011

Orgullo y Dignidad LGBT

En el entorno del día del orgullo gay, las cristianas y los cristianos LGBT del mundo queremos reivindicar la palabra dignidad. Cualquiera de nosotras y de nosotros nos sentimos naturalmente orgullosos de nuestra identidad. Como creyentes en Jesucristo, vivimos nuestra realidad convencidos de que Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, prueba evidente de la riqueza de matices de su creación. Por tanto, el orgullo nos es dado y nada ni nadie puede arrebatárnoslo.

Sin embargo, manifestamos que parte de la sociedad mantiene abierta de forma premeditada la herida de la dignidad, robándonosla y rompiéndola hasta el punto de que siguen dándose numerosos casos de homofobia, pese a que los Derechos Humanos y la igualdad son inalienables para todo ser humano.

Un año más pedimos, exigimos, que nadie dude de que somos dignas y dignos de ejercer los mismos derechos y deberes que cualquier ciudadano. Manifestamos que somos dignos de expresar nuestra identidad, nuestros sentimientos, nuestra afectividad.

Como creyentes, rogamos a Dios que nos haga personas valientes. De nuevo, pedimos al Padre que nos envíe sacerdotes capaces de hacernos sentir hijas e hijos de una Iglesia que sea amor, donde nuestra dignidad no sea matizada.

miércoles, 1 de junio de 2011

La Cuestión Gay

Puesto que James Alison es el teólogo católico que estableció el marco teórico para que yo me atreviera a crear este blog, es motivo de emoción e intensa alegría compartir con ustedes esta reflexión que él mismo realiza acerca del descubrimiento de la naturalidad de la cuestión gay y como viene esto a revolucionar totalmente nuestra forma de ver al mundo, comparándola solamente con los cambios que se dieron cuando los europeos descubrieron América.

Quiero compartirles una perspectiva de júbilo. Creo que ser católico es divertidísimo. Un gran paseo en la montaña rusa de la realidad que Dios, quien nos resguarda, impulsa; un viaje gestado por la amorosa entrega de Nuestro Señor en su crucifixión, sonrientemente observado por su Santa Madre; creo que ser católico es como la interpretación de la desconocida obra maestra de un virtuoso, traída a la sinfonía del Ser por la intrépida seducción del Espíritu Santo.

Hoy por hoy una de las mejores perspectivas para observar lo divertida que es esta aventura es mirar la incidencia de la cuestión gay en la vida de la Iglesia.

Me gustaría compartirles una aproximación coherente sobre este asunto. Empezaré por enfatizar que estamos en presencia de un descubrimiento. Luego, quiero dirigir la mirada a la manera en que hoy nos relacionamos con el mapamundi que existía antes que el descubrimiento se hiciera. Porque los descubrimientos se convierten en fulcros,1 fulcros que nos permiten entender el tránsito de la forma en que solíamos mirar las cosas hacia la forma en que las vemos ahora. Con ello quiero identificar y ponderar la forma del vacío que nos revela este descubrimiento, el hueco del que nada sabían quienes confeccionaron el mapamundi previo, y lo que esto nos enseña. Después, quiero empezar a sugerir, brevemente, algunas dimensiones de la vida católica en la tensión entre este descubrimiento y ese vacío.

Descubrimiento

En los últimos más o menos 50 años hemos sido testigos de un genuino descubrimiento humano, uno de los que como humanidad no hacemos a menudo. Se trata de un auténtico descubrimiento antropológico cuya naturaleza no pertenece a la moda o al capricho ni es el resultado de una decadencia de la moral o del colapso de los valores familiares. Ahora sabemos algo objetivamente verdadero sobre los seres humanos, algo que no sabíamos antes: que existe una variante minoritaria de la condición humana cuya aparición es constante, no patológica e independiente de la cultura, el entorno, la religión, la educación o las costumbres, una variante que ahora designamos con la expresión “ser gay”. Esta variante minoritaria se vive, sin embargo, desde las condiciones de una cultura, un entorno, una religión, una educación y ciertas costumbres determinadas, es decir: de una manera que está por completo cargada de cultura. Por ello, en el pasado fue tan fácil tomarla, equivocadamente, por una mera variable de la cultura, la psicología, la religión o la moral y creer que la homosexualidad era algo que debía escandalizarnos y no algo que simplemente estaba ahí.

Todavía nos queda mucho por aprender sobre esta variante minoritaria de la condición humana, cuya existencia es constante. Comoquiera, sabemos de ella lo suficiente como para entender que al hablar de la homosexualidad –o de la heterosexualidad– se utilizan categorías erróneas como si habláramos de alternativas del deseo. Parece más acertado hablar de ellas en términos de configuraciones particulares del deseo humano –una configuración mayoritaria y otra minoritaria–. Sólo desde allí tiene sentido hablar de distintas formas de vivir, de relacionarse y de amar que pueden o no ser saludables o patológicas. Sólo desde allí también la cuestión ética se coloca en otro plano: no en el de la configuración, sino, por un lado, en el de “cómo” vivirla y, por otro, en el de los desafíos que toda minoría, al enfrentar la incomprensión, la indiferencia y la hostilidad de la mayoría, asume para realizar plenamente su potencial.

Nos parece fácil concebir el descubrimiento de continentes desconocidos o especies animales de las que no sabíamos nada. Más difícil es concebir un descubrimiento de orden antropológico, ya que las cosas que pertenecen a esta esfera se nos manifiestan a través y desde patrones de convivencia humana preexistentes. Esto, sin embargo, no hace que tal descubrimiento sea menos real ni sus consecuencias menos sorprendentes.
No obstante, ¿han observado lo difícil que es ser coherente con la verdad cuando se ha descubierto? Permítanme reflexionar un momento sobre esto y llamar su atención sobre lo sorprendente de esta situación. Parece, ante todo, que tendemos a relacionarnos con nuestros descubrimientos en términos utilitarios, aprovechándonos de ellos en el corto plazo y confiados, en cierta forma, en que con el tiempo acabarán imponiendo su verdad y su significado.

Pondré tres ejemplos. En 2009, el “bloguero” Mike Rogers hizo público que el vicegobernador de Carolina del Sur, André Brauer, era homosexual. Al parecer, Brauer es un político (¡uno de tantos!) que hace adeptos atacando públicamente lo que ama en privado. Al margen del impresionante rango de acierto que Rogers suele tener en este terreno, al margen también de que Brauer no haya rechazado del todo la acusación, zafándose con una “negación por la no negación”,2 lo que asombra es la rapidez con la que la discusión se deslizó de la pregunta “¿es verdad lo que dice Rogers?” a la pregunta “¿cómo podemos sacarle provecho a esta polémica?”. En efecto, muy pronto el asunto derivó en una acusación contra los seguidores del controvertido gobernador Stanford –quien también había tenido que enfrentar un escándalo a consecuencia de su “escalada a los Apalaches”–.3 Se alegaba que quienes esperaban la reelección del gobernador se habían rebajado a desprestigiar a su potencial contendiente. El razonamiento de todo este embrollo era el siguiente: ¡qué más da si Brauer es homosexual: lo que importa es que en ello hay algo que puede usarse en una disputa preexistente!

El siguiente ejemplo tiene consecuencias más graves. Sabemos bastante sobre las reuniones que tuvieron lugar en la Casa Blanca inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, como para darnos cuenta de la asombrosa velocidad con la que las prioridades se movieron de la pregunta “¿qué ha pasado y por qué?” a la pregunta “¿cómo podemos usar lo que sucedió en favor de nuestros planes de guerra contra Irak?”. Allí, en un asunto cuyo significado quedaría claro con el tiempo, volvió a surgir esa inmediata habilidad para obtener ventajas de lo que se sabe.

El tercer ejemplo es más rico. Piensen en lo que sucedió cuando los europeos desembarcaron en América a finales del siglo xv. Tomó décadas, incluso siglos asumir la ilimitada alteridad de lo que habían encontrado al buscar una vía comercial rápida hacia Oriente. A la luz de la presencia geológica, antropológica, botánica, zoológica y cultural de algo que, por supuesto, había estado ahí desde siempre, pero de lo que los europeos no tenían ningún conocimiento previo, cada aspecto del modo en que ellos se concebían sufrió un radical cambio de perspectiva. Pero si ese cambio tomó siglos, lo que sucedió inmediatamente fue: “¿Dónde está el oro? ¿Cómo podemos usar este descubrimiento para el provecho de los intereses de la Corona Española, de la fe católica, de nuestras familias y amigos?”.

No quiero decir que, al margen del habitual “¿cómo podemos sacarle partido?”, no existieran algunos intentos por averiguar “¿qué había allí?”. Hubo, en medio del utilitarismo, un matiz autocrítico en la conquista española de América. Bartolomé de las Casas, Bernardino de Sahagún y algunos otros, menos célebres, llevaron a cabo lo que para las investigaciones modernas fue un recuento notablemente atinado, comprensivo y realista de las culturas que estaban desapareciendo a causa de la llegada de los españoles. Estos hombres tomaron el partido de los vulnerables contra la depredación de sus compatriotas. Semejantes elementos de autocrítica –ejercicios de genuino aprendizaje de una experiencia nueva– soportan la prueba del tiempo en su carácter de raros momentos de gloria en la historia del colonialismo europeo. Sin embargo, y a pesar de ello, en el abordaje de lo novedoso, verdadero y real que representó el descubrimiento de América, primaron los intereses y la capacidad de sacarle provecho a la oportunidad que se presentaba.

Lo mismo ocurre con la verdad antropológica de “la cuestión gay”. Para que asumamos sus verdaderas dimensiones y el estupor que provoca en nosotros, es preciso el paso del tiempo. Y, como siempre sucede con los descubrimientos, nuestras primeras reacciones se dirigen a sacarle provecho. Para algunos, el surgimiento del fenómeno gay es una maravillosa oportunidad para recaudar fondos a favor de las causas conservadoras, difundiendo miedo y manteniendo viva la interminable cultura de la guerra. Para otros, es una oportunidad de tener relaciones sexuales más fácilmente y más a menudo. Para otros más, de asegurarse votos cautivos y relativamente poco exigentes. Hay quienes encuentran en ello un buen pretexto para atacar a la religión organizada. Y así podríamos seguir indefinidamente con el elenco de aproximaciones utilitarias al descubrimiento de lo gay.

Haciendo de lado nuestra habitual tendencia al oportunismo, me gustaría detenerme e intentar elaborar el boceto de la forma que tiene este descubrimiento. Ojalá pueda hacerles ver que éste –como cualquier otro relativo a la verdad sobre el ser humano– es una buena noticia para la humanidad. Luego, me gustaría mostrar por qué esa buena noticia es particularmente buena para quienes somos católicos.

No me extenderé demasiado exponiendo las evidentes razones por las que este descubrimiento es una buena noticia para quienes son gay y lesbianas. Baste decir que el descubrimiento de que la homosexualidad no es un error o una broma cruel, representa una enorme diferencia para la cordura de quienes lo son. Saberlo provoca un gran alivio en aquellos que están acostumbrados a escuchar que sus sentimientos son erróneos, enfermos, distorsionados; en aquellos que, cada vez que han intentado decir la verdad sobre su vida, se han encontrado con un sinfín de mentiras y desengaños. Hallar la verdad sobre ser gay trae un alivio que retrata muy bien el famoso cuento de Hans Christian Andersen, El patito feo y encontrará una honda resonancia con las siguientes palabras de la encíclica del Papa Benedicto XVI, Caritas in Veritate: “Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8, 32). Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad”.

Este descubrimiento también representa una buena noticia para los padres y las familias de quienes son gay o lesbianas, pues significa que pueden deshacerse de los falsos fardos de culpa que habían cargado. Su hijo no se volvió gay porque no se intervino cuando al pequeño le dio por jugar con una Barbie. No habría dejado de serlo si se le hubiera obligado a jugar, en cambio, con un muñeco que representara a Sandoval Iñiguez. No debería avergonzarnos que algún miembro de nuestra familia –hermano, hermana, madre o padre– sea gay. Descubrir que alguien de la familia –el hermano, la hermana, la madre o el padre–, es gay, no es algo de lo que tenemos que avergonzarnos, sino una oportunidad para descubrir en qué consiste la honra, en qué la forma de tu familia, etcétera.

He abordado algunas razones, más bien obvias, por las que esta cuestión es una buena noticia para quienes son gay o lesbianas y sus familias. Pero ahora quiero, más bien, atender a otra dimensión de esta buena noticia. Para ello, volvamos al ejemplo del descubrimiento de América. El encuentro entre Europa y América no sólo afectó a quienes hicieron el viaje y a los pobladores de la América prehispánica. Alteró también, y para siempre, todas las dimensiones de la vida de los que se quedaron en casa y de sus descendientes. Cambió la forma en que se concebían en el espacio, en el tiempo, en relación con otros seres humanos. Más allá de las plantas, los animales y los minerales que descubrieron, la existencia de un “afuera” previamente inimaginable para el mundo europeo significó que, a partir de ese instante, cada “desde” y cada “dentro” que los recibiera, serían vistos de manera distinta.

Del mismo modo, apenas ahora empezamos a entender algunas de las sorprendentes consecuencias de haber descubierto que lo que llamamos ser “buga”4 o “heterosexual” no es la condición humana normativa, sino una condición humana mayoritaria. Esto significa que si bien es cierto que la reproducción humana implica, intrínsecamente, a los dos sexos y que la vasta mayoría de los humanos tienen una orientación heterosexual, también es cierto que los humanos no son intrínsecamente heterosexuales. Esto tiene importantes consecuencias en la comprensión de la relación que existe entre la vida emocional, sexual y reproductiva de quienes son heterosexuales.

Porque la existencia de una minoría para la que, de forma no patológica y normal, las esferas sexual y emocional no están asociadas con la reproductiva, implica que la relación entre estas tres esferas, para quienes sí están ligadas a ellas, es muy distinta a la que habíamos imaginado. Lo que quiero decir es que surgió un continente que pertenece a la esfera de la libertad, de lo intencional y de lo deliberado al margen de lo mecánico y de lo que ocurre por necesidad y, en este sentido, cambió la relación entre lo que es meramente “biológico” y lo que es susceptible de ser humanizado.

En otras palabras, ser “buga” se volvió mucho más interesante, variado, arduo y fácil. Más interesante, porque los clichés y los estereotipos acostumbrados pueden ser depuestos de manera más fácil. Más variado, porque hace posible el florecimiento de todo un elenco de estilos personales y de formas de relacionarse con los demás sin temor a que se sospeche que se es “uno de ellos” –ser gay se volvió algo que simplemente se es o no se es, y, en cualquier caso, cualquier estilo está perfectamente bien–. Más arduo, porque dejó de haber una forma natural de ser, de cortejar, de casarse, de tener hijos; es decir, dejó de haber una forma que constituye “el modo de ser de las cosas”, algo que todos deban simplemente seguir. Las cosas que creíamos “naturales” –supuestas por un mundo en el que la heterosexualidad se asumió como normativa–, ahora tienen que ser aprendidas, negociadas, y eso exige el desarrollo de ciertos hábitos y habilidades. La humanización del deseo es una tarea ardua de la que nadie está exento. Por último, ser “buga” se volvió más fácil porque la variedad de formas del amor entre personas del mismo sexo –una parte muy significativa de la vida de todo mundo–, dejó de ser una esfera de miedo y suspicacia. Hay, como suelen manifestarlo con mayor facilidad las mujeres, todo un rango de formas saludables y apasionadas de amor, cariño, amistad y trato físico entre personas del mismo sexo, independientes de la orientación sexual. Un “buga” que siente una infatuación por otro hombre no está, por ello, a punto de convertirse en gay. Simplemente es un hombre infatuado por otro hombre. Los afectos hacia personas del mismo sexo son bloques constitutivos de la convivencia humana normal. Incluso alguien podría sufrir una infatuación por una persona que sí es gay: ambas partes pueden estar al tanto, serenamente, de que eso no implica connotaciones eróticas. Estas dimensiones del amor requieren de cierta vigilancia para no derivar en la omertá5 o en dinámicas ideológicas y, por supuesto, en el peligro de los celos y de la rivalidad que siempre están al asecho en cualquier relación amorosa. Se trata de cosas que no tienen que ver exclusivamente con ser gay, y tranquiliza mucho que puedan ser expresadas y analizadas sin miedo a malas interpretaciones.

Como puede verse, nos encontramos en las primeras etapas del descubrimiento de las impactantes consecuencias que nuestro nuevo conocimiento tendrá y no pretendo predecir mucho más. Quiero dirigirme ahora a otra cuestión verdaderamente interesante: cómo este descubrimiento está afectando y afectará a la Iglesia. Veamos qué modificaciones está produciendo en el mapamundi.

Mapamundi

Había una vez en Roma, en un pasado no muy lejano, fuertes voces que le decían a la gente como nosotros que la única discusión aceptable y cualquier trabajo pastoral posible con quienes somos gay debían permanecer en estricto acuerdo con una verdad que ya estaba propiamente dispuesta en las enseñanzas de la Curia Romana, es decir, que “la particular inclinación de la persona homosexual, aunque no es en sí un pecado, constituye, sin embargo, una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe considerarse como objetivamente desordenada”.6

Si fuéramos relativistas, gente que no creyera en la existencia de una verdad auténtica, sino sólo en cosas que son “verdaderas” para cada persona, podríamos dejar las cosas así. Podríamos decir: “Muy bien, la definición actual de la Curia Romana es la verdad de la Iglesia. Si no te gusta, adhiérete a una Iglesia cuya verdad te siente mejor”. Pero, curiosamente, la misma Iglesia enseña en esta materia –con mucha fuerza, por cierto– que el relativismo es falso, que existe algo verdadero y que la verdad se nos impone por sí misma. En otras palabras, las mismas autoridades que nos dijeron que debemos seguir sus enseñanzas sobre las inclinaciones homosexuales, porque son verdaderas, son también, gracias a Dios, las que insisten en que la verdad sobre esta cuestión no depende de ellas y que sus enseñanzas están abiertas a descubrimientos objetivamente verdaderos, surjan de donde surjan.

Si fuéramos relativistas, entonces podríamos tomar la definición de la Curia Romana como una floritura retórica, es decir, podríamos decir que cuando define “la inclinación [homosexual] [...] como objetivamente desordenada”, la Curia no pretende postular una verdad capaz de incidir, aunque sea un poco, en lo que ahora sabemos sobre lo gay. Si fuéramos relativistas, dicha definición no podría ser falseada por ningún conocimiento científico sobre la naturaleza no-desordenada de la inclinación homosexual. Sería una mera anotación “filosófica”, una forma de subrayar tres veces con un marcador indeleble lo que en verdad desea hacer: denunciar todo comportamiento homosexual como intrínsecamente malvado.

Pero si somos fieles a las enseñanzas de la Iglesia y rechazamos el relativismo, entonces debemos leer la definición como si fuera objetivamente verdadera, como si sus pretensiones de verdad fueran tales que suscitaran la defensa de cierto orden subyacente. Después de todo, la pretensión de que algo es objetivamente desordenado sugiere que hay algo objetivamente ordenado que nos permite detectar un desorden. La pretendida verdad que subyace a esta definición es que todos los seres humanos, por el mero hecho de serlo, son intrínsecamente heterosexuales y que existe una única expresión propia del amor sexual: el matrimonio abierto a la posibilidad de la procreación. Sólo desde el supuesto de la heterosexualidad intrínseca de todos los seres humanos y la correspondiente bondad del amor sexual marital, puede deducirse propiamente que las inclinaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, que son heterosexualidades malogradas y que cualquier relación sexual entre personas homosexuales debe juzgarse como una realidad que se queda corta frente a las que mantienen personas heterosexuales casadas.

Lo que, sin embargo, se ha mostrado, más o menos a lo largo de los últimos 20 años, es que la pretensión que subyace a las enseñanzas de la Curia Romana en materia sexual, es falsa. No es verdad que todos los seres humanos sean intrínsecamente heterosexuales y que quienes son homosexuales sean, de hecho, heterosexuales malogrados. No existe evidencia científica de ninguna clase –psicológica, biológica, genética, médica o neurológica– que respalde esta pretensión. El descubrimiento del que he hablado antes, respaldado con abundantes evidencias, es que en todas las culturas hay una proporción pequeña, pero regular, de seres humanos –algo así como tres o cuatro por ciento– cuya condición estable es ser atraídos, principalmente, por miembros de su propio sexo. Aun más: no existe ninguna patología, psicológica, física u otra cualquiera, invariablemente asociada con esa determinación. No es un vicio ni una enfermedad. Es, simplemente, una variante regular, minoritaria, de la especie humana.

Para hacerle justicia a la Curia Romana es preciso decir que, al elaborar la definición que les referí, no hacían sino sancionar un estado de cosas con el que la vasta mayoría de las fuentes de la sabiduría humana a lo largo de los siglos estaba de acuerdo. Su definición no era más sorprendente que un mapamundi europeo elaborado en 1491 que mostrara el globo terráqueo sin nada más que algunas ballenas y monstruos marinos entre los confines más orientales de Europa y las orillas más extremas de Asia; un mapamundi que ignoraba la existencia de América y cuyos cartógrafos habrían acaso oído antiguos relatos de ciertos europeos del Norte que, ya fuera en barcazas o barcos vikingos, habían navegado hasta lo que hoy llamamos Canadá, mismos relatos que habrían descartado tomándolos por fanfarronadas de taberna imposibles de verificar.

Sin embargo, en 1526 –año en que la Corona Española fundó universidades en las ciudades de México y Lima–, un mapa donde América no apareciera habría sido extravagante: un signo de que alguien no se había enterado de lo ocurrido en los 35 años anteriores o de que alguien era lo bastante obstinado como para negar la realidad y privilegiar una privada. Las generaciones venideras estarán mejor situadas que nosotros para discernir si la definición de la Curia Romana que cité antes, escrita en 1986, se parece más a la concienzuda edición tardía de un mapa de 1941 o al intento mendaz de pretender que América no estaba ahí en 1526. Comoquiera, hoy, en 2011, tenemos bastante claridad: la vieja definición estaba equivocada. Intentar mantener vivo un error, mucho tiempo después de que se demostró su falsedad, es un signo de engaño o de mendacidad.

Si después de 1526 se hubiese creído seriamente que valía la pena navegar con un mapa de 1491, se habrían perdido muchas transformaciones en lo relativo a barcos, velas, corrientes, vientos, estrellas, distancias y demás, al grado de que hubiese sido mejor no alejarse demasiado de la orilla. Si entonces se hubiesen seguido mapas de 1491, los avances tecnológicos habrían hecho la navegación más peligrosa, ya que los barcos podían ir más lejos y los navegantes se hubiesen expuesto a las consecuencias de su ignorancia deliberada. No quiero decir con ello que a la luz de un mapa de 1526 haya que acusar a los cartógrafos de 1491 de ser mentirosos, estafadores o estúpidos. Digo simplemente que gracias al nuevo descubrimiento, el marco de referencias de lo que en ese momento existía y le era posible hacer a la gente, cambió por completo. El descubrimiento de algo nuevo trajo nuevas exigencias y se convirtió en un fulcro que puso en evidencia la insuficiencia de una serie de conocimientos. Se volvió posible el aprendizaje autocrítico de la navegación y de la cartografía, para fortalecimiento de ambas disciplinas.

El fulcro y el vacío

El nuevo descubrimiento de orden antropológico se ha convertido para nosotros en un fulcro que posibilita un aprendizaje enriquecedor en el ámbito de la fe. Nos permite profundizar en el conocimiento de cuáles son los elementos constitutivos de la identidad católica, porque nos permite describir un vacío en el mapamundi anterior.

Permítanme explicar este vacío.

Ya que todas las definiciones de la Iglesia católica en esta esfera se deducen de sus enseñanzas relativas al matrimonio –enseñanzas que se fundan, a su vez, en el supuesto de la heterosexualidad intrínseca de todos los seres humanos–, es bastante preciso el siguiente aserto: la Iglesia no tiene absolutamente nada que decir sobre una realidad que sus maestros ignoraban por completo. Estrictamente hablando, y en contra de lo que parece, la Iglesia católica no tiene ninguna enseñanza relativa a la homosexualidad.

Si esto parece improbable, permítanme ofrecerles una analogía que me ayudará a explicarme mejor: supongamos que los zoólogos del Norte saben, desde hace mucho, de la existencia de los caballos; saben también de su importancia y del valor de protegerlos. Supongamos que a sus oídos llegan ciertos relatos africanos sobre unos animales escurridizos muy semejantes a los caballos, pero con un cuerno en la frente. Su existencia, que parece mítica, los hace pronunciarse en contra de ellos y proclamar que los unicornios no existen y que cualquier animal que esté tentado a creerse unicornio deberá sobreponerse a semejante engaño y comportarse como un caballo. Supongamos que más tarde ciertos intrépidos exploradores descubren un gran mamífero de cuatro patas con un cuerno en la frente, es decir, descubren al rinoceronte. Los zoólogos que vivieron antes de que se hiciera este descubrimiento no tenían ninguna enseñanza relativa a los rinocerontes. Intentar meter a un rinoceronte en la categoría de los caballos a causa del unicornio, es poco menos impreciso que colocar en un mapamundi de 1491 monstruos marinos donde ahora está América.

Vean ahora lo divertido de todo esto: nos encontramos en los inicios del siglo xxi, y bien puede ser que, como lo apuntó el Papa Benedicto XVI al comienzo de su pontificado, nos encontremos todavía en las primeras etapas de la historia de la Iglesia y que el cristianismo sea todavía una religión joven. Sin embargo, en los mares de la antropología se descubrió un continente entero, inexplorado y desconocido para la Iglesia. Las enseñanzas sobre los unicornios que se derivan de la tradición de los caballos, por sólidas que puedan ser, nada nos dicen sobre los rinocerontes. Pero gracias al descubrimiento antropológico se nos ofrece una oportunidad espléndida y maravillosa de conocerlos. Podemos, entonces decir: “¡Yúju!, ¡a tiempo!”. Justo en el momento en que la visión oficial de la Iglesia sobre el ser humano ha entrado en crisis aparece un fulcro objetivo (y por objetivo quiero decir algo que simplemente está ahí, que es real, y que, una vez descubierto y difundido, no puede desecharse) que nos permite darnos a la tarea de averiguar en qué consista ser católico. Para ello, no podemos echar mano del método descendente de la teología que, para volver a nuestro ejemplo de la navegación, significaría, por ejemplo, el desarrollo paulatino de un equipo de navegación cada vez mejor, que permitiera a los marineros portugueses del siglo xv navegar con mayor seguridad más allá de las costas del Noreste africano, mientras permanecían en un universo sin América.

No, en lugar de eso, debemos enfrentarnos con el descubrimiento de algo objetivamente verdadero sobre el ser humano, algo que nos exige reescribir nuestros mapas de la misma forma en que el descubrimiento de América exigió nuevas explicaciones para las corrientes y los patrones climáticos de las costas atlánticas de África y Europa.

Lo divertido de todo esto reside en el reto que representa el descubrimiento que ha hecho la catolicidad a lo largo de este proceso de aprendizaje desde dentro. Más que imaginar a Dios como el creador de algo pequeño sobre cuyo caparazón, cada vez más frágil, debemos sostenernos si queremos beneficiarnos de Él, hay que confiarnos al descubrimiento de que en realidad Dios hizo y continúa haciendo algo enorme sobre cuyas olas, que continúan fluyendo de su creatividad, surfea.

Lo mejor de todo esto es que a pesar de que intentemos transformar ese descubrimiento en una zona de disputas, esa zona, en última instancia, está libre de rivalidad. Ninguna oposición hará la más mínima diferencia. No importa cuántas riñas ideológicas, movimientos estratégicos y enmiendas constitucionales orquesten los políticos mitrados que navegan en los mares políticos; no importa cuántos mapas de 1491 utilicen para salvar el matrimonio equino de la amenaza de los unicornios desobedientes, las cosas son como son y no conseguirán cambiarlas.

Quiero enfatizar con mucha firmeza lo siguiente: las posturas ideológicas –que a final de cuentas tratan de la autoridad y del prestigio de quien habla en favor de ellas– exigen que te involucres en debates y rivalidades para conseguir que prevalezca una u otra postura. Sin embargo, independientemente del prestigio o de la autoridad de quienes las esgrimen, la verdad, que no depende de nosotros y es maravillosamente liberadora, pone en evidencia que no vale la pena que entremos en rivalidades por ella.

Si no hubiéramos descubierto el carácter normal y no patológico de la homosexualidad, la oposición a la doctrina de las autoridades religiosas en relación con los matrimonios gay se reduciría a una disputa contra la autoridad de quienes la pronuncian. Pero ya que hemos descubierto que la homosexualidad sólo es una condición minoritaria y no inmoral, y que la verdad de este descubrimiento no depende de quién o cuándo la diga, podemos relacionarnos con la pretendida autoridad de ciertos púlpitos intimidantes de modo muy distinto. Esa verdad, en la claridad y libertad que nos otorga, nos libera de enzarzarnos en ciertas disputas. Quien se vale de su autoridad para enseñar algo falso o algo que está fundado en una falsedad, más que vulnerar a los otros se destruye a sí mismo y destruye su propia autoridad. Cada vez es más evidente para todos que la Curia se está comportando como si poseyera los derechos del Atlas Mundial de 1491: a la vez que intenta persuadirnos desesperadamente de algo que sólo promueve su propio prestigio, siente cómo ese prestigio decae desde que la gente descubrió que esos mapas ya no son adecuados. Si se atrevieran a afrontar la verdad, la única pregunta importante que deberían formularse sería: “Si vamos a ser fieles a nuestro mandato de hablar con autoridad y desde la verdad, ¿cómo vamos a ajustar nuestra posición con lo que se nos está manifestando como verdadero?”. Nadie enseña con autoridad si no ha sido capaz, él mismo, de dar testimonio de haber atravesado un proceso semejante.

Por ello, no debemos rivalizar con las autoridades eclesiásticas, sino mirarlas como personas que, frente a una verdad emergente, tienen un duro trabajo que realizar y ser comprensivos con ellas, sin seguir en sus falsedades. Después de todo, su vacío es muy real. Carecen de un mecanismo prefabricado para lidiar con un descubrimiento de esta clase, uno que altera su mundo y el nuestro. No poseen –y esto es bastante genuino– ninguna tradición firme de discusión o de enseñanza católica en torno al amor humano y a la pareja que no derive del supuesto de que la heterosexualidad y la bondad del matrimonio son universales. Habría, por lo tanto, que prestar atención a cualquier autoridad eclesiástica que decidiera abordar la cuestión gay reconociendo la bondad que puede emanar de ella, porque lo haría sin ningún soporte de las fuentes usuales –textos patrísticos, decretos conciliares, respaldo de obispos, pronunciamientos papales–. No hay precedente obvio. El fulcro de lo nuevo realmente revela el vacío de lo viejo.

La tensión

Nos enfrentamos, en consecuencia, a una situación para la que nuestras autoridades eclesiásticas no tienen precedentes ni categorías preconcebidas. Si podemos evitar la tentación de rivalizar con ellas y, más bien, las ayudamos, podremos entonces atender a lo divertido de ser católico. Es decir, atender a la advertencia de que serlo no consiste tanto –como nuestros representantes más asustados proclaman– en adherirse, contra viento y marea, a una serie de definiciones, cuanto en aprender una manera específicamente católica de navegar creativamente y explorar un mundo muy cambiante. El catolicismo es mucho más el “cómo” que el “qué”, una afirmación que la enseñanza del Papa Benedicto ha enfatizado recientemente en formas más o menos sutiles. Cuando, por ejemplo, en su encíclica Caritas in Veritate afirma la relación entre verdad y caridad,7 comprendemos que algo que pretende ser verdadero pero no es caritativo, no es realmente verdadero. Al mismo tiempo, algo que pretende ser amante, pero se funda en la falsedad, no es realmente amor. Así, el catolicismo se encuentra en la tensión entre la verdad y el amor, una tensión que nos conduce al descubrimiento simultáneo de lo que realmente es verdad y de lo que realmente es amar, una tensión que nos arrastra a convertirnos en algo más grande y más humano que nosotros mismos.

Otro aspecto de ese singular y específicamente católico “cómo” que Benedicto enfatiza con insistencia al hablar de la manera en que fe y razón se purifican una a otra implica que la fe, lejos de imponernos una lista de cosas que deben sostenerse como verdaderas, al margen de la realidad, nos permite evitar el miedo de haber sido traídos a un mundo más grande del que habíamos imaginado. La fe nos desafía a ejercitar nuestra razón porque nos permite confiar en que, con el tiempo, y a través del su uso, Dios nos mostrará la bondad que hay en la verdad. De hecho, Benedicto –más allá de lo que sus defensores y detractores permiten ver– parece estar silenciosamente persuadido de que su trabajo consiste en recordar a la gente que el catolicismo estriba en el estilo característico con que sobrellevamos juntos los cambios.

Este, creo, es el reto que tenemos ahora, un reto que, como a menudo digo, me parece divertido: ¿nos atreveremos a ser católicos, sin rivalizar con nuestras autoridades, agradecidos de que estén ahí, pendientes de sus limitaciones y a la vez encantados de que comiencen a hacerse cargo del nuevo descubrimiento que acompaña al término “gay”? ¿Nos daremos permiso de ponernos en condiciones de descubrir formas en las que Dios es mucho más para nosotros de lo que habíamos imaginado, de reconocer que Dios quiere que seamos realmente libres y felices, y que nos regocijemos en la verdad, mientras nos situamos entre los más débiles y los más vulnerables de nuestros hermanos y hermanas dondequiera que los encontremos? ¿Nos permitiremos descubrir, para el catolicismo, el potencial de riqueza que reluce en la pequeña palabra “gay”?

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1 Punto que sirve de apoyo a una palanca para transmitir una fuerza y un desplazamiento. [N. del T.].
2 La expresión non-denial denial se acuñó para el escándalo de Watergate. Se refiere a una negación equívoca y se utiliza para designar la declaración oficial de un político que rechaza el reportaje de un periodista de tal forma que deja abierta la posibilidad de que el contenido del reportaje sea verdadero.
3 El gobernador de Carolina del Sur, Mark Sanford, desapareció durante cinco días a finales de junio de 2009. El caso era singular porque ni siquiera su esposa sabía dónde estaba. Su gabinete difundió que la ausencia del gobernador se debía a que había ido a practicar senderismo en los montes Apalaches. El propio gobernador, a su regreso, confesó haber hecho algo “más exótico”: había ido a visitar a su amante argentina en Buenos Aires. La “escalada de los Apalaches” le costó la presidencia de la Asociación de Gobernadores Republicanos.
4 Así se llama a las personas heterosexuales en el argot gay.
5 La ley del silencio o el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre delitos considerados asuntos que incumben a las personas implicadas. [N. del T.].
6 Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales. Homosexualitatis problema, Congregación para la Doctrina de la Fe, 1 de octubre de 1986, parágrafo n. 3.
7 Caritas in veritate, Benedicto XVI, § 2-4.
Por James Alison
Traducción de Juan Manuel Escamilla