“Esta fue la culpa de su hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, exceso de comida y próspera tranquilidad, pero no ayudaron al pobre y al necesitado”. (Ez 16, 48-49)

domingo, 27 de septiembre de 2015

El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

TE HAS DE ENCONTRAR


Tarde o temprano
te has de encontrar.
No sigas siendo un extraño
en tu heredad.

Vuélcate sobre ti mismo,
abierto de par en par.

Sólo el que sabe enfrentarse
descubrirá la verdad.

Solamente el que se acepta
acogerá a los demás.

Sólo encuentra al Dios oculto
el que se sabe buscar.


*
Pedro Casaldáliga

sábado, 26 de septiembre de 2015

EL PERDON



El perdón es un misterio. Atrae y estremece, cautiva y asusta, desvela la vulnerabilidad y hace fuerte, todo al mismo tiempo. La oración de la Iglesia dice que Dios muestra con él su poder y los gurús, sabios y terapeutas de todos los tiempos y tradiciones han puesto sobre ese modo de misericordia una de las piedras esenciales de la vida.

Perdonar y ser perdonado, dar y acoger perdón. Descubrir la salud que hay en ese camino de acceso a la verdad personal profunda, camino también a la solidaridad más grande, la que Jesús ofrece con su vida y su palabra.

Teresa de Jesús entendió que en el perdón se hace verdad el seguimiento de Jesús. En la luminosa experiencia de quien ha recibido un: «vete en paz, quedas curado», al acercarse a Jesús y que ha entendido, a la vez: «haz tú lo mismo». Eso le sucedió a ella.

Importa no ser melindrosos ni infantiles, para avanzar en este camino. Teresa decía, con ironía, que hay «unas cositas que llaman agravios, que parece hacemos casas de pajitas, como los niños». Y aún añade: «Vendremos después a pensar que hemos hecho mucho si perdonamos una cosita de estas».
Puede parecer que Teresa es exigente en este terreno. Lo es, pero no como quien pide un esfuerzo superior ni porque crea que el perdón se alcanza por voluntarismo o «a fuerza de brazos». Es exigente porque sabe que sin esta experiencia no se acaba de entrar en el camino de Jesús, en el camino de la verdad y la libertad que llevan a la plenitud.

Por eso, pide poner en Él la mirada. Recuerda «aquella carne divina y sin pecado» que, en el huerto de los Olivos, sufría y escribe: «¿Cómo queremos la nuestra tan fuerte que no sienta la persecución que le puede venir y los trabajos?». El mal que se sufre, se siente. Teresa, siempre humana, sabe lo necesaria que es la paciencia: «Dejad hacer su oficio a la carne». Ni violentar ni perder el paso, se trata de ir haciendo camino.

El Papa Francisco llamaba «coleccionistas de injusticias» a quienes se pasan la vida llevando cuentas del mal que les hacen y recordaba el consejo que da Teresa: «Huya mil leguas de “razón tuve”, “hiciéronme sinrazón”, “no tuvo razón quien esto hizo conmigo”». Los dos apelan al seguimiento de un hombre que fue crucificado, a quien no dieron «una cruz muy puesta en razón», sino que sufrió la mayor sinrazón.

Teresa remite a la experiencia profunda: «No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió».
Cerca de la misericordia se descubre la verdad propia. Y se comprende, «imprimido en las entrañas», que la paciencia de Dios lo ha alcanzado todo y a todos, que su misericordia envuelve la vida y el mundo. Y ahí se entienden las palabras de Teresa: «¿Por ventura podéis pasar tanto que no debáis más?».

La facilidad para perdonar de la que habla Teresa no es la de la espontaneidad. Por eso, dice también: «No penséis que no ha de costar algo y que os lo habéis de hallar hecho».

El perdón es un don que se adquiere, sin que haya contradicción en ello. Es un regalo, pero cada quien tiene que recorrer por sí el camino hasta el don. Teresa sabía que el miedo puede retener: «No osamos pasar adelante, como si pudiésemos nosotras llegar a estas moradas y que otros anduviesen el camino». Por eso, siempre Jesús, que ha recorrido el camino primero, «que se puso en lo primero en el padecer».

Con sabiduría, Benedicto XVI apuntaba que «perdonar no es ignorar sino transformar». Y pedía oponer al océano del mal un océano de bondad, permaneciendo en la gratuidad: «Nada puede mejorar el mundo si el mal no es superado. Y el mal solo pude ser superado con el perdón… un perdón eficaz; perdón que solo nos lo puede dar el Señor».

Transformar el mal desde el perdón, elegir devolver bien, adelantarse en la gratuidad… todo eso hace –como decía Etty Hillesum– encontrar asomos de eternidad en las tareas cotidianas más pequeñas y, en definitiva, unirse al Jesús vivo que da vida.

Las palabras de Teresa, madre de espirituales, maestra de oración en la Iglesia, no dejan resquicio de duda. Lo único que sirve e importa a Dios es el amor; es lo único que une a Él, pero también, lo único que da verdadera felicidad:
«¡Qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras, y decir: perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia, o porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por Vos y os amamos mucho; y no dijo porque perderíamos la vida por Vos, y, como digo, otras cosas que pudiera decir, sino solo porque perdonamos».


“El perdón”, por Gema Juan, OCD
De su blog Juntos Andemos.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Religión y diversidad sexual

Los invito a que vean este video que es muy divertido y tiene grabada la postura de uno de nuestros sacerdotes. Sin duda alguna, los vientos nuevos del Espíritu Santo soplan sobre nuestras cabezas.


jueves, 20 de agosto de 2015

“Excomulgados” 1. Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa...




Mientras llega el Sínodo 2 Sobre la Familia (Octubre 2015) sigue en altas esferas la batalla sobre los que deben ser admitidos a la comunión (no excomulgados). En las “bajas” esferas, parroquias e iglesias que conozco (a nos ser en algunas muy “cualificadas”) nadie pregunta al que comulga si es homosexual y si “practica”, o si está divorciado y tiene una nueva relación. El problema no es ese, el problema es si cree y si quiere creer, si está dispuesto a crear comunidad con otros seguidores de Jesús.
La cuestión se ha planteado porque el Papa Francisco ha dicho que los divorciados no son excomulgados (y que por tanto pueden comulgar), y que lo mismo piensa de los homosexuales. La cuestión, según el Papa, es si los que comulgan se identifican con el proyecto y camino de Jesús, desde la situación en que se encuentran
En ese contexto quiero empezar evocando un texto clave de la liturgia, la respuesta de los “fieles” al ofrecimiento e invitación del celebrante que dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…”. Desde el siglo XI en ciertos lugares y desde el XVI en todas las iglesias, los que van a comulgar responden: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma quedará sana” (cf. J. Jungmann, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1953, 1060-1066).
Significativamente, esa son unas palabras que provienen de la “confesión y súplica” de un centurión pagano, de dudosa conducta, al que Jesús le dice “iré a tu casa/cuartel y curaré a tu amante/siervo enfermo”. El centurión tiene miedo de “dañar” la imagen de Jesús y le responde:
Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa (bajo mi techo),
pero di sólo una palabra y mi amante/siervo quedará sano (Mt 8, 8).
-- En el caso de centurión, Jesús cura a su siervo en cuerpo y alma, pues ambos son dignos de su Reino.
-- En caso del comulgante que suplica, Jesús cura “su alma”, le cura y sana, al ofrecerle su propia vida en comunión.

Pienso que no podían haberse escogido palabras mas adecuadas para indicar la “idoneidad” de aquel que quiere comulgar: No es mi dignidad la que me hace digno, sino la de Jesús que cura al "AMIGO" del centurión y que puede sanar también y perdonar a los comulgantes.
Ciertamente, hay diferencias en el gesto:
Desde ese fondo quiero ofrece una reflexión litúrgica y otra bíblica. Imágenes del Veronese: Domine, non sum dignus...
1. Reflexión litúrgica: El deseo de centurión pagano, la palabra de Jesús
La historia del centurión (Mt 8, 5-13), de la que he tratado alguna otra vez en este blog, es una historia de fe.
‒ Recordemos que el centurión es un ciudadano romano: un gentil, es decir, alguien que estaba excluido de las promesas que Dios había hecho a Israel, su pueblo escogido. Aun así, el centurión tenía fe en que Jesús podía sanar a su amigo/siervo.
‒ Jesús quiere ir a casa del centurión, a pesar de que, con los criterios judíos, esta acción le dejaría impuro. Pese a ello, Jesús quiere ir a su casa… y aunque al fin no va físicamente (por respeto a la súplica del centurión) va en realidad, le acompaña y cura a su siervo/amigo.
‒ La iglesia ha querido poner en labios de los comulgantes esta confesión (¡soy pecador!) y esta súplica (¡puedes sanar a mi amigo, me puedes sanar!) al comienzo de la comunión, pues, el celebrante retoma la palabra de Jn 1, 29 y dice, al ofrecer la eucaristía: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”.
‒ Ésta es una palabra central, que Jesús mismo asume y reinterpreta en el mismo evangelio de Mateo diciendo: “No he hallado una fe semejante en Israel (¡en la buena Iglesia!); por eso les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos “ (Mt 8,11-13).
‒ De esa manera, la liturgia nos invita a tener la misma fe, la misma convicción que el centurión romano tuvo en el poder sanador de Jesús…, una fe que muchos hoy, en la Iglesia del siglo XXI, que va quedando vacía de fieles antiguos no tienen (o no tenemos). En realidad, ninguno de nosotros somos dignos de la Eucaristía, pero el gesto del centurión homosexual romano y la respuesta de Jesús nos invitan a compartir la Cena del Señor, iniciando así un camino de transformación y reconciliación mesiánica
(He retomado y recreado parcialmente, introduciendo motivos nuevos que quizá el autor, D. Todd Williamson, no aprobaría del todo:http://www.pastoralliturgy.org/resources/1201ReproRsrcSP.pdf)
2. Reflexión bíblica. El centurión de Cafarnaúm y su siervo/amante (8, 5-13)
He presentado alguna vez este pasaje en mi blog, pero repito el tema de nuevo, para aquellos que quizá no lo haya leído. El centurión del puesto militara de Cafarnaúm tiene un siervo/amante enfermo (paralítico) y con grandes dolores, encerrado en “la casa/cuarten” (Mt 8,6)) y pide a Jesús que le cure. Viene el mismo centurión, porque su siervo/amante no puede venir, viene como autoridad “militar”, pero reconoce el poder “superior” (humano, religioso) de Jesús.
Es un pagano (como indicará el texto que sigue) y además, no se siente digno de que Jesús entre en su “casa” (bajo mi techo, 8, 8), porque es un militar de “ocupación” y porque su conducta “moral” no parece clara; es como el leproso, al que no se “debía” tocar, porque manchaba (en el milagro anterior: Mt 8, 1-4). Desde ese fondo se entiende esta escena que ha sido elaborada por la tradición en un contexto de apertura eclesial a los paganos, aunque en su fondo hay un relato antiguo (transmitido al menos por el Q; cf. Lc 7, 1-10; Jn 4, 46b-54).
Este centurión no se considera digno de que Jesús entre en su “cuartel”, no por un tipo de humildad intimista, sino por un realismo fuerte y consecuente de soldado, que puede conquistar el mundo con las armas, pero que sufre por la enfermedad de su siervo/amante, y no quiere crear problemas a Jesús, haciéndole entrar en su casa (pues ello le enfrentaría con los puristas judíos de la zona).
Pues bien, este Jesús de Mateo no ha satanizado a los soldados, ni ha querido combatirlos con las armas, sino que ha descubierto en ellos un tipo de fe que no se expresa en la victoria militar, sino en la curación del amigo enfermo. Está dispuesto a entrar en su casa, pero entiende y atiende la razón del centurión y no lo hace, curando al “enfermo” desde lejos:
Mt 8,5 Cuando él (Jesús) entraba en Cafarnaúm, salió a su encuentro un centurión, que le rogaba diciendo: «Señor, mi siervo/amante (pais) está postrado en casa, paralítico, gravemente afligido». 6Jesús le dijo:«Iré yo mismo, y le curaré».
7Pero el centurión le dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi siervo sanará, 8pues también yo soy hombre de autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este "ve" y va y al otro "ven" y viene; y a mi siervo "haz esto", y lo hace».
10Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. 11Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes». 13Entonces Jesús dijo al centurión: «Vete, y que se haga según tu fe». Y su amante quedó sano en aquella misma hora (Mt 8, 5-13).
Es un soldado con problemas, un profesional del orden y obediencia, en el plano civil y militar, un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Es capaz de dirigir en la batalla a los soldados, decidiendo así sobre la vida y la muerte de los hombres. Pero, en otro nivel, es un muy vulnerable, y así padece mucho por la enfermedad de su siervo/amante, y es muy respetuoso, pues no quiere crear problemas a Jesús haciéndole que entre en su casa, cosa que estaba más vista entre judíos, pues era la casa de hombres impuros.
Desde ese fondo es preciso que nos detengamos y preguntemos sobre la identidad del siervo/amante del centurión, a quien el texto griego llama país mou (8, 6). En principio, esa palabra (pais) puede tener tres sentidos: siervo, hijo y también amante (casi siempre joven), y en ese último sentido ella puede resultar escandalosa.
‒ El texto paralelo de Jn 4, 46b evita el escándalo y pone huios (hijo), en vez de pais; pero con ello tiene que cambiar toda la escena, porque los soldados no solían vivir con la familia ni cuidar sus hijos hasta después de licenciarse; por eso, convierte al centurión en miembro de la corte real de Herodes (un basilikós).
‒ También Lc 7, 2 quiere eludir las complicaciones y presenta a ese pais de Mateo como doulos, es decir, como un simple criado, al servicio de centurión. Con eso ha resuelto un problema, pero ha creado otro: ¿Es verosímil que un soldado quiera tanto a su criado?
‒ Por su parte, el texto de Mateo distingue cuidadosamente los matices, en este mismo pasaje: al enfermo amigo del centurión le llama país (8, 5-8), mientras al criado o soldado subordinado estrictamente dicho le llama doulos (8,9).
Por eso preferimos mantener la traducción más obvia de pais dentro de su contexto militar. En principio, el centurión podría ser judío, pues está al servicio de Herodes, en el puesto de frontera de su reino o tetrarquía (Cafarnaúm). Pero el conjunto del texto le presenta como un pagano que cree en el poder sanador de Jesús, sin necesidad de convertirse al judaísmo (o cristianismo), y Jesús le pone después como ejemplo de todos los paganos que vendrán a compartir el Reino de Dios, mientras los israelitas quedarán fuera (8, 11-12).
Pues bien, como era costumbre en los cuarteles de aquel tiempo (donde los soldados no podían convivir con una esposa, ni tener familia propia), este pasaje supone que aquel oficial (centurión) tenía un criado-amante, presumiblemente más joven, que le servía de asistente y pareja sexual. Este es el sentido más verosímil de la palabra pais de Mt 8,6 en el contexto de la escena, pues no se trata, como he dicho, de un doulos/siervo (palabra que aparece en sentido propio en 8, 9). Ciertamente, en teoría, podría ser un hijo (Jn 4, 46) o criado (7, 2) del centurión, pero es mucho más verosímil suponer que ha sido un amante homosexual (como han sentido Jn y Lc cambiando la palabra país).
En ese contexto, Mateo no presenta a Jesús como alguien que está preocupado por problemas morales de este tipo, sino como un mesías capaz de comprender las debilidades y enfermedades de los hombres, empezando por los soldados de ocupación, que con frecuencia eran homosexuales (al menos durante el servicio en un cuartal o campamento). De esa forma sabe él escuchar al soldado que le pide por su amante y se dispone a venir hasta su casa-cuartel (¡bajo su techo!), para ayudarle. Así lo supone Mateo, pero el oficial no quiere que se arriesgue, pues ello podría causarle problemas: no estaba bien visto entrar bajo el techo del cuartel/campamento de un ejército, no sólo porque era un lugar odiado, sino porque se pensaba que era escenario de una conducta moral “escandalosa”.
Por eso, el centurión pide a Jesús que no entre en su casa: le basta con que diga una palabra, pues él sabe lo que vale la palabra de un hombre de “poder”, como es él mismo, que manda a sus soldados y siervos, o como es Jesús que es capaz de mandar sobre la enfermedad desde la distancia, sin necesidad de tocar al enfermo, como en el caso del leproso (8, 3). Jesús respeta las razones del soldado, acepta su fe y le ofrece su palabra, al servicio de su país homosexual, penetrando de esa forma en la intimidad afectiva de un soldado homosexual, a quien admira por su fe y a quien ayuda a creer (8, 8-10).
Este es un milagro que nos introduce en la profundidad del mundo pagano, con su gran fractura interna, situándonos así ante un centurión con su siervo/amante enfermo. Más adelante encontraremos otro milagro semejante, el de la madre cananea/pagana, con su hija enferma (15, 21-28). En ambos casos destaca Mateo la “la fe”, que vincula a judíos con paganos, hombres y/o mujeres, en una línea de Pablo ha explorado con gran profundidad, en otro contexto (especialmente en Gal y Rom).
La fe del centurión comienza siendo una confianza en el poder de Jesús que hace milagros, tomándole así como una especie un santón judío. Pero, mirada en su radicalidad, esta es una fe que se muestra como expresión y anciticpo del reino que se acerca. «No he encontrado en Israel fe semejante» (8, 10)… Por eso de oriente y occidente, vendrán de todas partes a sentarse en el banquete de las bodas, mientras los hijos (los judíos) quedarán fuera, en las tinieblas exteriores.
Tal es el sentido del milagro del centurión y de su amante enfermo. Lo importante no es el hecho externo, certificar que el siervo (amante) del centurión quedó curado, sino lo que ese hecho significa, lo que transmite desde su trasfondo. En el espejo de este hecho se refleja el gran misterio de Dios que por su Cristo llama a todos, y lo hace de tal forma que su misma llamada a los gentiles (¡que vengan todos!) es de algún modo la razón o causa de que algunos judíos “prefieran” quedar fuera.
Esta fe del centurión homosexual, signo de la Roma pagana, aparece así como principio de salvación (¡vete, que se haga cómo has creído! 8, 13) de manera que la curación de su siervo/amante viene a presentarse como signo y garantía de la llegada del reino. Ésta es una curación/perdón en el doble sentido del término. (a) Es una curación doble (la fe del centurión “cura” a su amante, de manera que ambos puedan recorrer un camino de vida en ámbito de Reino). (b) Es una curación integral, que ha de entenderse en la línea de todo el evangelio, de manera que sólo puede interpretarse a la luz del despliegue de conjunto de Mateo, que culmina en el envío de los discípulos de Jesús a todas las naciones (28, 16-20).
Fiel a su estilo narrativo, Mateo no ha sacado las “conclusiones lógicas” de este relato en clave eclesial o jurídica, sino que deja que el mismo texto hable, abriendo un espacio de fe y curación para los gentiles de oriente y occidente (no sólo de oriente, como los magos de 2,1). De esa manera, este mismo centurión que es signo del poder romano (aunque puede estar al servicio inmediato de Herodes Antipas), puede interpretarse como un compendio de todos los males del Imperio (violencia militar, homosexualidad…), siendo, al mismo tiempo, un testimonio de mayor impotencia (enfermedad del país, siervo homosexual).
En contra de lo que piensan algunos en este tiempo (año 2015), este centurión homosexual es para Jesús un hombre, un hombre capaz de “comulgar”, como seguiré destacando en nuevas postales. 

Extraído de http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php con fecha 15.08.2015


domingo, 5 de julio de 2015

“No despreciar al Profeta”

Domingo, 5 de julio de 2015

El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Tampoco lo presentan a los enfermos de la aldea para que los cure.

Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría. Tampoco se explican de dónde proviene la fuerza curadora de sus manos. Lo único que saben es que Jesús es un trabajador nacido en una familia de su aldea. Todo lo demás «les resulta escandaloso».
Jesús se siente «despreciado»: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Al mismo tiempo, Jesús «se extraña de su falta de fe». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, solo curó a algunos enfermos».

Marcos no narra este episodio para satisfacer la curiosidad de sus lectores, sino para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.

  • ¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»?
  • En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial?
  • ¿No vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje?
  • ¿No es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora?
  • ¿No tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?
  • Esta era la preocupación de Pablo de Tarso: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de Profecía. Revisadlo todo y quedaos solo con lo bueno» (1 Tes 5,19-21). ¿No necesitamos algo de esto los cristianos de nuestros días?

Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es más “espectacular” mirar un testimonio allá en Calcuta… que uno de los cientos de miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la vida. Es más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es más fácil esperar y escapar hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar de largo?.

Por José Antonio Pagola


Sin pretender ser un «profeta» admirado, sí que debo ser, como mínimo un profeta anónimo, un cristiano ordinario que se toma en serio su ordinario deber profético: decir la verdad, vivir la verdad, denunciar la mentira que me encuentre, ser incorruptible, combatir la corrupción que me salga al paso…
¿Estoy captando la nueva hora de esperanza, el deseo popular de superación del neoliberalismo, a la búsqueda del «otro mundo posible»?.

Dios, Padre nuestro, que continuamente nos invitas a la conversión con llamamientos que con frecuencia nos pasan desapercibidos; te pedimos abras nuestros oídos y nuestros corazones para que estemos siempre atentos a acoger tu Palabra, sea cual sea el ropaje con el que venga envuelta, para que nos dejemos transformar por ella y la llevemos a la práctica con entusiasmo. Por Jesucristo N.S. 

 Por Hnos López Vigil


sábado, 27 de junio de 2015

Para descubrir por donde se nos está escapando la vida.

Texto de J. Delorme -citado por Dolores Aleixandre RSCJ, en su libro: Contar a Jesús-

Los Evangelios no separan nunca la historia de la curación de la hemorroísa  de la  resurrección de la hija de Jairo, como si los vieran unido por un  vínculo secreto.

La mujer  carece de nombre, está sola y arruinada y detrás de ella no se adivinan parientes ni amigos. Su pérdida de sangre, además de hacerla estéril, la encamina hacia la no-vida y la sitúa en el mundo de la impureza, la vergüenza y el deshonor, por eso no se atreve a hacer su petición en público. Un abismo separa a Jesús de esta mujer: si ella le toca, él quedará impuro.  Llega movida por lo que ha oído sobre Jesús y en su gesto de tocarle aparece su deseo de alcanzar la fuente de un don que sólo puede ser recibido gratuitamente, en contraste con la fortuna gastada inútilmente en médicos. Su contacto con él se reduce a algo mínimo, como en las fronteras de su persona. En medio de la multitud tanto ella como él aparecen vinculados por un  “saber” que los demás no tienen: Jesús sabe que ha salido una fuerza de él y la mujer sabe que se ha secado la fuente de su enfermedad.

Pero a Jesús no la basta con sanarla y no se queda satisfecho hasta que puede entablar con ella un diálogo interpersonal en el que ella le dice “toda la verdad”. La sanación recibida abarca ahora no solamente su cuerpo, sino también su espíritu, sus temores, su vergüenza que desaparecen en la confianza del diálogo y en la experiencia de ser reconocida, escuchada y comprendida .

Ella esperaba ser salvada en pasiva, pero Jesús emplea el verbo en activa y sitúa en ella el poder que la ha salvado: la mujer se marcha no sólo curada, sino habiendo escuchado una alabanza por su fe y recibido el nombre de "hija", un título familiar raro en los evangelios. Alguien se ha convertido en su valedor, como Jairo lo es de su hija y la declara incluida en la familia del Padre, lejos de cualquier exclusión. La mujer, por su fe, ha sintonizado con el universo del Reino y ha entrado en él. 

 ...como Palabra para nuestro  hoy...

El texto nos propone hacer nuestra la experiencia de la mujer: 
  1. Tomar conciencia, en primer lugar, de por dónde “se nos está escapando la vida”...
  2. Caer en la cuenta de nuestras “pérdidas”, de aquellos aspectos de nuestra existencia que nos hacen sentirnos estériles. 
  3. Descubrir como  nos adentra en la paradoja de la fe invitándonos a creer que nuestro poder reside precisamente en nuestros límites e impotencias reconocidos y asumidos. Estamos llamados también a dejar atrás nuestros miedos, a ir más allá de nuestras expectativas, a confiar de una manera distinta de la prevista. 
  4. Y a esperar una salvación que acontece en el encuentro interpersonal con Jesús, en la acogida a su invitación de “entrar en su familia” como verdaderos hijos.

sábado, 4 de abril de 2015

FELICES PASCUAS DE RESURRECCION


El equipo de Católico y Gay les desea una ¡ Feliz Pascua de Resurrección !


¡ Que la paz esté con ustedes !